La clase de Historia del Pensamiento Contemporáneo transcurría con normalidad. Amanda, frente al aula, se movía con seguridad entre conceptos, teorías y nombres clave del siglo XX. Sus alumnos tomaban notas, algunos más atentos que otros. Lucía, como siempre, se sentaba derecha, con los ojos fijos en su profesora, aunque esta apenas la miraba.
—Para la próxima clase, quiero que reflexionen sobre la paradoja entre libertad individual y control social. Y entreguen estos ensayos a más tardar hoy antes de las 15:00 p.m —dijo Amanda, entregando los papeles en mano.
Cuando terminó la clase, Amanda se acercó discretamente a Lucía.
—¿Podrías llevar los trabajos a mi oficina, por favor? Necesito ordenarlos antes de la reunión con el decano.
—Sí, claro —respondió Lucía, mientras empezaba a recoger las carpetas.
Mauro se levantó con una sonrisa para ayudarla, pero justo entonces apareció la profesora Sol que se dirigió a Romina:
—Romina, ¿te olvidaste de lo que prometiste? Dijiste que llevarías los folletos a la cafetería hoy.
Romina abrió los ojos, llevándose la mano a la frente.
—¡Ay, cierto! Se me había olvidado. Los veo después, chicos.
—Yo voy al baño, cosas de chicas —dijo Ximena, encogiéndose de hombros.
Lucía sonrió divertida, resignada. Solo Mauro se quedó con ella.
—¿Listos? —dijo él, tomando parte de los ensayos.
Caminaron juntos hasta el edificio administrativo. Antes de entrar, Lucía se detuvo frente a la puerta de la oficina de Amanda.
—Por cierto —dijo, abriendo su mochila—. Aqui están los pastelitos. Toma el tuyo, y el de Romina y Ximena. Pero no te los comas todos, ¿eh?
Mauro tomó tres de los pequeños envueltos en servilletas rosadas.
—¿Y el tuyo?
—El mío me lo guardo para después —respondió ella con una sonrisa dulce.
—Te veo luego, pastelera —bromeó él, y se alejó por el pasillo.
Lucía golpeó la puerta.
—Pase —dijo Amanda desde dentro.
La joven entró con los trabajos en brazos. Amanda estaba de nuevo con sus gafas, luchando con la computadora que parecía no responderle del todo.
—¿Tiene otra clase ahora? —preguntó Amanda sin mirarla, sus dedos apretando teclas sin efecto.
—No, tengo una hora libre.
—¿Podrías ayudarme con estos archivos? El sistema está lento y necesito al menos ordenar estas copias en físico —dijo, señalando una pila de documentos sobre la mesa.
Lucía asintió de inmediato y se sentó en la mesa auxiliar, separando papeles con eficiencia. Pasaron varios minutos en un silencio cómodo, roto solo por el golpeteo ocasional de teclas.
Cuando terminó de clasificar los últimos documentos, Lucía sacó de su mochila el pastelito que se había reservado. Era de fresa, cubierto de merengue suave. Lo desenvolvió lentamente y le dio una lamida delicada al borde, donde una gota de merengue se había derramado.
Amanda levantó la vista un segundo... y se quedó observando.
Lucía, sin darse cuenta de la atención que había captado, llevó el pastelito a su boca. Su lengua lamió el merengue con lentitud, saboreando, y luego mordió con suavidad. Un poco de crema se le quedó en el labio inferior. Lo lamió, inconsciente, con un movimiento lento y sensual.
Amanda tragó saliva. No lo esperaba. Ese gesto tan simple... tan cargado de algo que no sabía si era inocencia o provocación. Sus piernas se tensaron bajo el escritorio. Una especie de calor suave le subió por el pecho, y sintió algo que no sentía desde hacía años: deseo repentino, imprevisto, visceral.
Lucía terminó de comer, se limpió los dedos con una servilleta y acomodó los papeles.
—Ya está todo, profesora —dijo con una sonrisa natural, como si nada hubiera pasado.
Amanda la miró, aún con una leve tensión en la mandíbula, pero rápidamente recompuso su gesto. Se puso de pie y se acercó al escritorio.
—Gracias, Lucía. Te lo agradezco mucho.
—De nada. Nos vemos más tarde —respondió la joven, y salió sin más.
Amanda se quedó sola en el despacho, mirando el papel que había dejado Lucía arriba del todo. Y por un instante, se llevó los dedos a los labios, como si el sabor del merengue hubiera quedado flotando en el aire.

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