Amanda llegó a casa con el ceño fruncido y las llaves tintineando en la puerta. El día había sido largo y su cuerpo lo sentía. Entró a la cocina y vio que Julián estaba viendo televisión, como de costumbre.
La olla estaba vacía, el sartén sin tocar.
—¿No hiciste la cena? —preguntó, sin levantar la voz, pero dejando claro su fastidio.
—Pensé que ibas a llegar más tarde —respondió él, sin despegar los ojos del televisor.
Amanda apretó los labios. No dijo nada más. Se puso el delantal, cortó unas verduras, puso arroz a hervir, calentó algo de pollo. Movimientos mecánicos, como si cocinar fuera otra parte del trabajo.
La cena fue silenciosa. Masticaron sin mirarse mucho, hasta que Julián, quizás intentando suavizar las cosas, dijo:
—Tuviste un día duro, ¿no?
—Sí —respondió Amanda, sin añadir detalles.
—Puedo lavar los platos si quieres. Anda, date una ducha.
Amanda asintió. Subió al baño y se desvistió con lentitud. El agua tibia recorrió su cuerpo, deshaciendo nudos, pero no su tensión interior. Cerró los ojos. Entonces, como un relámpago, vino a su mente la imagen de Lucía comiéndose el pastelito.
Ese movimiento lento de su lengua. Esa forma de morder, tan inocente y a la vez provocadora.
El cuerpo de Amanda respondió antes de que pudiera detenerse. Sus pezones se endurecieron al contacto del agua. Llevó sus manos a sus pechos, los acarició con firmeza, sintiendo el peso, la sensibilidad latente.
Bajó una de sus manos hacia su vientre, luego más abajo, hasta su miembro erecto, ese que había aprendido a aceptar como parte de su identidad, aunque muchas veces la confundiera.
Se acarició con desesperación. Ya no era deseo difuso, era carne, era hambre. Imaginaba a Lucía frente a ella, arrodillada, su boca rosada aún con merengue. Imaginaba su risa tímida, su voz diciendo algo dulce, algo prohibido.
Jadeó. El placer subió con fuerza, y llegó al orgasmo con una exhalación ahogada, intensa. Apoyó la frente contra los azulejos, temblando levemente. Abrió los ojos. El vapor del agua empañaba el espejo del baño, pero su reflejo estaba allí, borroso, húmedo, vulnerable.
—¿Qué me pasa? —murmuró, tocándose el pecho—. ¿Por qué me puse así por una mujer?
Se miró con culpa y desconcierto.
—A mí me gustan los hombres... siempre me han gustado... ¿Estás en una crisis, Amanda?
Se envolvió en la toalla y salió en silencio, con la idea de que quizás solo fue un desahogo físico. Nada más. Nada serio... o eso se quería hacer creer.
Al entrar al cuarto, Julián ya estaba allí. Había bajado la luz. Amanda empezó a acomodar las sábanas cuando él se acercó por detrás y le besó el hombro.
—Ha pasado tiempo —susurró él—. Te necesito.
Amanda no respondió. No tenía fuerzas para decir que no. Dejó que la desvistiera, que la inclinara sobre la cama. No hubo caricias, ni miradas. Solo su cuerpo, dispuesto, resignado. Julián la penetró sin preámbulos, buscando su placer, como quien cumple una rutina. Él la embestía sin tacto disfrutando de su estreches. Amanda apretó los dientes. No dolía... pero tampoco se sentía bien. Era vacío.
Miró las sábanas, sintiendo cómo su cuerpo era usado, no con violencia... pero sí con indiferencia. Como si ya no fuera más que una obligación que ambos toleraban, pero años atrás los unía... ahora solo queda el vago recuerdo de ello.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, Lucía, en su cocina, decoraba con esmero un nuevo pastelito de fresa. Le puso más merengue que de costumbre y lo adornó con una pequeña flor de azúcar.
—Este es para usted, profesora Amanda —dijo en voz baja, con una sonrisa dulce.
No lo pensó como un acto cargado de deseo, sino como una forma de agradar, de regalar algo bonito. Pero en el fondo... algo se agitaba en ella también. Algo nuevo, suave, curioso.
Guardó el pastel en una cajita blanca, con un lazo. Como quien guarda una ilusión.

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