El aula estaba repleta. El profesor de Sociología Aplicada, un hombre alto, de barba recortada y una sonrisa irresistible, escribía en la pizarra con energía. Su voz grave llenaba el espacio, y varias miradas femeninas —y algunas masculinas— lo seguían con más atención de la habitual.
Lucía tomaba apuntes, seria, aunque sentía el murmullo de Romina y Ximena junto a ella, que no paraban de cuchichear.
—Te juro que si ese hombre me dice "pórtese bien", me porto mal a propósito — susurró Romina, ocultando una risita tras la mano.
—¿Viste cómo se le marcan los brazos con la camisa ajustada? ¡Por favor! —añadió Ximena—. Este sí me da clases de vida.
—¿Viste cómo se le marcan los brazos con la camisa ajustada? ¡Por favor! —añadió Ximena—. Este sí me da clases de vida.
Lucía sonrió, divertida por dentro, pero ajena al entusiasmo hormonal.
—Está bueno, sí —admitió con indiferencia—. Pero... no es para tanto.
Desde el otro extremo de la fila, Mauro observaba la escena con el ceño apenas fruncido. Jugaba con su bolígrafo, incómodo. No decía nada, pero sus ojos iban y venían entre Lucía y sus amigas, como si intentara descifrar qué pensaba ella realmente.
Lucía notó la mirada, y solo le sonrió con tranquilidad. En su mente, no estaba el profesor musculoso ni su voz seductora. Estaba Amanda, sentada detrás del escritorio, seria, con gafas... y con esa expresión inesperada que había tenido al verla comer el pastelito. Era extraño. Era inapropiado. Pero era ella a quien Lucía deseaba agradar.
Al terminar la clase, el grupo se levantó alborotado. Romina y Ximena hablaron de ir a la cafetería, de fotos para subir a rede sociales y de más fantasías con el profesor.
—¿Vienes, Lu? —preguntó Romina.
—Vayan ustedes. Las alcanzo luego —respondió Lucía, ajustándose la mochila.
Esperó a que se alejaran y caminó con cuidado hacia el edificio de administración. Dentro de su bolso llevaba una pequeña cajita blanca con lazo celeste. La había preparado esa mañana con dedicación: el mejor pastelito de fresa que podía hacer. Solo.
Frente a la puerta de la oficina, respiró hondo y golpeó con los nudillos.
—¿Quién es? —se oyó la voz de Amanda, algo seca.
—Lucía —dijo suavemente.
Amanda abrió la puerta con expresión cansada, el rostro serio, ojeras suaves marcadas por el largo día.
—¿Se te ofrece algo? —preguntó, con voz más defensiva que cordial.
Lucía sacó la cajita de su mochila y la extendió con ambas manos.
—Ayer noté que... quizás se quedó con ganas de uno. Así que le traje este. Es de fresa, con merengue casero. Lo preparé yo —dijo con una sonrisa pequeña, tímida, sincera.
Amanda la miró sorprendida. Hubo una pausa. No por el pastel en sí, sino por el gesto. Hacía tanto que nadie pensaba en ella... en sus gustos, en sus antojos... en ella como mujer.
—Gracias... no era necesario —dijo, tomándolo con suavidad.
—Mi mamá y yo hacemos pasteles en una pastelería familiar, por si un día quiere pasar. Estamos en la esquina de San Martin y Cristóbal.
Amanda asintió, aun procesando. Lucía, como si supiera que debía retirarse antes de romper algo más, se giró.
—Nos vemos, profesora —murmuró, y antes de salir, la miró con ternura, como quien deja un regalo sin esperar nada.
Amanda se quedó sola, con la cajita en la mano. Se sentó. Abrió lentamente. El pastelito estaba perfecto. Más que el sabor, era el gesto... y la manera en que Lucía la había mirado antes de irse. No como alumna. No como mujer joven.
Sino como alguien que la veía.

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