Amanda probó el pastelito con la delicadeza de quien teme romper algo hermoso. El merengue se deshacía en su lengua, la fresa tenía ese punto exacto entre dulzura y acidez, y la masa era suave, esponjosa, perfectamente horneada.
Suspiró. No solo por el sabor, sino por lo que ese pastelito significaba: alguien pensó en ella. No en la profesora. No en la esposa. En ella.
Justo entonces, la puerta se abrió sin previo aviso.
—Ah, Amanda, casi se me olvida —dijo Clara, entrando con sus tacones resonando contra el piso—. La reunión con el decano se pospuso. Será después de las cinco.
Amanda se apresuró a dejar el pastel sobre el escritorio, pero Clara ya lo había visto.
—¿Qué estás comiendo? —preguntó con un tono entre burla y condescendencia—. ¿Un pastelito de fresa? ¿Estás loca? A tu edad eso te va a las caderas y te deja gorda... más de lo que ya estás. Deberías cuidarte de las calorías, querida.
Amanda forzó una sonrisa.
—Solo es un bocado.
—Ajá... en fin, que no se te olvide la junta —dijo Clara con una sonrisita venenosa antes de cerrar la puerta tras de sí.
El silencio volvió. Pero Amanda ya no sentía el mismo sabor en la boca. Tocó la cajita blanca, aún abierta, y la cerró lentamente. Miró su reflejo en el monitor apagado. Tocó su vientre. ¿De verdad se estaba dejando ir? ¿Era cierto lo que dijo Clara?
No. Ese pastelito no era solo azúcar. Era ternura. Era el primer detalle sincero que alguien había tenido con ella en años. Y eso dolía. Porque le recordaba cuánto tiempo llevaba olvidándose a sí misma.
Mientras tanto, en el otro edificio, Lucía subía las escaleras de la biblioteca. Había dejado a Romina y Ximena afuera, camino al centro comercial.
—¿Van a venir? —había preguntado ella.
—¡Después! Nos falta ropa para el finde —respondió Ximena con una risa—. Tú anda adelantando la tarea, ñoña.
—Yo no puedo, tengo partido —dijo Mauro, pasándole una sonrisa rápida antes de irse en dirección opuesta.
Lucía no se sintió sola. De hecho, disfrutaba de esos momentos de calma. Buscó en el catálogo un par de textos sobre corrientes filosóficas del siglo XX, y subió al piso de arriba para encontrar uno en particular.
Mientras revisaba los estantes, un libro rojo llamó su atención. No era lo que buscaba, pero el título la atrapó:
"El erotismo del fruto".
Lo sacó. La portada era sobria, sin imágenes, pero con una textura que invitaba a tocarla. Lo hojeó sin pensar, solo por curiosidad. Se sentó en una mesa lateral, rodeada de silencio, y abrió una página al azar.
"Sus dedos se deslizaron por la piel de la fruta como si acariciaran un cuerpo deseado. Mordió la pulpa jugosa y sintió el estallido del sabor, como si cada gota llevara una promesa. Él la miraba, y ella sabía que estaba devorándola sin tocarla..."
Lucía tragó saliva. No sabía por qué seguía leyendo. Pero lo hizo. Página tras página, frases encendidas, pasajes húmedos de deseo contenido.
Por un instante, Amanda apareció en su mente. No como profesora, sino como en aquella oficina. Viéndola. Observando cómo lamía el pastelito. En su fantasía, Amanda se acercaba desde atrás, la tocaba suavemente el cuello, la guiaba con sus manos.
Lucía cerró el libro de golpe.
Respiró hondo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué pensaba en una mujer? Ella siempre había salido con chicos. Siempre le habían gustado los hombres.
Se quedó mirando el libro un momento, el título brillando bajo la luz del foco. Lo tomó y lo llevó al mostrador. Lo prestó con su credencial estudiantil y bajó las escaleras como si algo dentro de ella hubiera cambiado.
Afuera, el viento era fresco. Su mochila se sentía más pesada. Y su corazón también.

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