La jornada terminó con cielos grises y una lluvia que caía con constancia, mojando los ventanales, los patios y las prisas de los alumnos. Lucía salió con su mochila colgada al hombro, mientras sus amigas, Romina y Ximena, se lamentaban a unos pasos de distancia.
—No puedo creer que haya sacado un cinco —dijo Ximena, haciendo puchero—. ¡Solo porque la profe de sociología me odia!
—No es odio, es karma por no estudiar —dijo Lucía con una sonrisa burlona. Romina resopló.
—Nos toca quedarnos para rehacer el trabajo. Un viernes, ¿te imaginas?
Lucía las abrazó antes de irse. —Ánimo. Me cuentan cómo les va.
En la entrada del edificio, Mauro la esperaba con su mochila y una sonrisa que se notaba incluso con la lluvia de fondo.
—¿Te acompaño al paradero? Está feo para que vayas sola.
—Gracias —dijo Lucía, acomodándose bajo su paraguas mientras caminaban juntos.
La calle estaba mojada, los autos pasaban dejando charcos atrás, y el aire tenía ese aroma a tierra húmeda que siempre traía recuerdos lejanos.
—¿Tienes planes esta noche? —preguntó Mauro, mientras pateaba suavemente una piedra del camino.
—Ayudar en casa. Hay mucho que hacer en el negocio —respondió ella, sincera—. Pero si algún día tengo un hueco, te aviso.
—¿Eso es un "sí", pero no ahora"? —bromeó él, con una sonrisa ladeada.
—Eso es un "quizás". No me presiones o me hago monja —dijo, dándole un codazo suave.
Mauro río. Luego, en un gesto suave, le apartó un mechón de cabello mojado de la mejilla. Lucía no dijo nada, solo lo miró un segundo... y sonrió.
Entonces el celular de Mauro vibró. Miró la pantalla y suspiró.
—Es del equipo. Tienen una sorpresa para mí en el gimnasio... probablemente otra de esas bromas. Pero si no voy, no me lo perdonan.
—Anda tranquilo —dijo ella—. Ya estoy grande para esperar sola.
—¿Estás segura?
—Segura.
Mauro le dio un pequeño apretón en el brazo y se alejó corriendo bajo la lluvia. Lucía se sentó en una de las bancas techadas cerca de la salida. El sonido del agua golpeando el techo era constante, casi hipnótico.
Sacó de su mochila el libro rojo. "El erotismo del fruto".
Abrió donde había dejado el marcador y empezó a leer.
"...Y mientras la tormenta caía afuera, sus cuerpos se buscaron sin palabras. Él la besó con hambre, con necesidad, y la empujó suavemente contra la pared. Las gotas de lluvia sonaban sobre el techo como si marcaran el ritmo de su entrega..."
Lucía se mordió el labio. El calor le subió por el cuello. El pecho le latía fuerte. Cada palabra le traía una imagen, un roce, un jadeo. Y en medio de ese torbellino, la figura de Amanda apareció en su mente. Su rostro serio, sus labios, su voz firme.
Entonces, una mano tocó su hombro. Lucía dio un respingo, y el libro se le cayó al suelo.
—Lo siento —dijo Amanda, inclinándose con ella para recogerlo.
Sus manos se rozaron. Amanda tomó el libro primero, y notó el título. Lo abrió por instinto, y leyó las primeras líneas del capítulo que Lucía tenía marcado. La miró con una ceja alzada, pero sin juicio.
—No sabía que las jovencitas de tu edad todavía leían... ¿estas exploraciones literarias?
Lucía, completamente roja, bajó la mirada. —Lo encontré por casualidad en la biblioteca... No pensé que me atraparía tanto.
Amanda cerró el libro y se lo entregó con una media sonrisa. Se sentó a su lado, mirando la lluvia caer frente a ellas.
—Gracias por el pastelito —dijo de pronto, sin mirarla—. Estuvo delicioso. Pero a esta altura de mi vida, esas cosas ya no me convienen. Estoy en guerra con la balanza —dijo con una ironía amarga.
Lucía la miró, con una mezcla de ternura y admiración. —¿De qué habla? Usted es bellísima. Me encanta su cuerpo. Es tan... curvilíneo. Femenino. Real.
Amanda giró lentamente el rostro hacia ella. Había algo en su mirada. Un brillo suave, inseguro. Como si no supiera si reír o abrazarla.
Ambas se ruborizaron. Amanda soltó una risa breve, tímida, como quien no se deja llevar del todo, pero lo disfruta.
—Qué cosas dices —murmuró, volviendo la vista a la lluvia.
Lucía la miró con atención. El contorno de su rostro, su cuello, la forma en que su blusa caía sobre su cintura. Cada detalle la atrapaba. Quiso decir algo más... pero Amanda se puso de pie de repente, retomando su aire habitual.
—Se hace tarde. Que tengas buen fin de semana, Lucía.
—Igualmente, profesora —respondió ella, aún sentada, aun contemplando esa silueta que se alejaba bajo la lluvia.

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