El aula 2B había sido improvisada como centro de operaciones para la charla académica que la facultad organizaba esa semana. Papeles, listas, carteles y termos de café llenaban las mesas. El reloj marcaba las 7:14 p.m. y el cansancio pesaba como si el aire mismo se hubiese vuelto más denso.
Lucía, sentada frente a una notebook prestada, terminaba de redactar un correo para confirmar a un expositor de último momento. Tecleaba con velocidad, pero con los ojos ya rojos de tanto mirar la pantalla.
Amanda entró en ese momento, con dos cafés humeantes y una bolsita de papel.
—Rescate de emergencia —dijo, dejando todo sobre la mesa—. Café y sándwiches de la cafetería. No es haute cuisine, pero nos mantiene vivas.
Lucía sonrió agradecida, estirando los brazos.
—Dios... creo que no siento los dedos.
—Estás haciendo un gran trabajo —dijo Amanda, sentándose frente a ella, quitándose las gafas y masajeándose el puente de la nariz—. En serio. No cualquiera se ofrece para esto, y menos con esa energía.
—Gracias... aunque no me queda mucha —respondió Lucía con una risita suave mientras tomaba el café.
Comieron en silencio unos minutos, disfrutando de ese raro lujo que es detenerse. Amanda la observó un instante, con curiosidad discreta.
—¿Te puedo hacer una pregunta un poco personal?
—Claro.
—¿Por qué empezaste la universidad a los 24? Digo... tienes el perfil de alguien que habría entrado a los 18. Eres aplicada, inteligente, comprometida...
Lucía bajó la mirada al vaso de cartón.
—Mi papá murió cuando yo tenía 16. Fue muy rápido... infarto fulminante. Mi mamá se vino abajo. Y, bueno... alguien tenía que sacar adelante la pastelería familiar. Yo cocinaba desde los 13, pero de golpe me tocó ser adulta.
Amanda escuchaba sin interrumpir, con los codos sobre la mesa, totalmente enfocada.
—Tengo un hermano mayor es un soldado, pero... está en Europa. Le ofrecieron un puesto allá y, sinceramente, creo que le vino bien salir del país. Cada vez que viene, parece más distinto, es un buen hombre, nos manda dinero... pero, él tampoco pudo superar la muerte de nuestro padre...
Lucía se encogió de hombros, mientras sus dedos jugaban con el anillo de su mano.
—Así que esperé. Y cuando mamá empezó a estar mejor, cuando el negocio ya podía sostenerse un poco solo, decidí estudiar. Me gusta aprender. Pensar. Sentir que algo en mí sigue creciendo.
Amanda asintió con lentitud. No con lástima, sino con respeto.
—Eres fuerte —dijo, con un tono que no usaba con nadie más.
Lucía sonrió tímidamente.
—No siempre. Hay días que quiero salir corriendo. Pero después cocino algo dulce... y se me pasa.
Amanda rio. Fue una risa auténtica, de esas que desarman tensiones. Se reclinó en la silla, relajada por primera vez en horas.
—Sabes... el otro día vi que seguías leyendo ese libro... "El erotismo del fruto", ¿no?
Lucía se puso roja. —Sí... no pensé que me atraparía tanto. Tiene algo... provocador, pero elegante.
Amanda arqueó una ceja, divertida. —Buena elección. Aunque si ese libro te atrapó, hay otros que podrían interesarte más.
Lucía la miró, curiosa. —¿Me los recomendarías?
—Claro. Te hago una lista. Pero solo si no me culpas después por tus sueños raros.
Ambas rieron, y en ese pequeño eco de complicidad, algo se formó entre ellas: no era deseo aún, ni amor. Era confianza. Una hebra fina, invisible, que empezaba a tensarse entre sus almas.
La noche siguió cayendo, y el aula 2B, por unos minutos, se sintió como un refugio.

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