Ya habían terminado. Las listas estaban impresas, los carteles colgados, los correos enviados. El aula 2B se sentía vacía después de tanta actividad, pero el reloj marcaba más de las 9:00 p.m., y la universidad comenzaba a quedarse en silencio.
Amanda se estiró en su silla, con los hombros tensos.
—Está demasiado tarde. No quiero que te vayas sola —dijo, con ese tono entre profesional y cuidadoso que Lucía ya había empezado a reconocer.
—Estoy acostumbrada —respondió ella, recogiendo sus cosas—. Pero si no es molestia...
—Vamos —dijo Amanda, tomando su bolso—. Te llevo.
Salieron del aula juntas, bajaron por los pasillos en penumbra, cerraron la puerta tras de sí y se dirigieron al estacionamiento. Lucía sentía un cosquilleo en el pecho. No era miedo. Era esa emoción contenida que se parece a los nervios del primer día de clases... o de una cita.
Subieron al auto. Amanda puso música suave, algo instrumental. Conducía tranquila, pero concentrada. Lucía miraba por la ventana, aunque de vez en cuando giraba el rostro para verla a ella, su perfil recortado por la luz del tablero.
—Quiero decirle algo —dijo finalmente Lucía—. Es una excelente maestra. De verdad. Y no solo porque sabe tanto, sino porque me inspira. Admiro la forma en que habla, en que se mantiene firme... me encanta... quiero decir, me encanta su materia.
Lucía se ruborizo un poco apenada, pero era cierto cada una de sus palabras.
Amanda sonrió con cierta nostalgia.
—Gracias... no sabes lo que significa eso. A veces siento que solo hablo al vacío.
—Yo la escucho —dijo Lucía, casi en un susurro.
El silencio se llenó de algo más que la música.
De pronto, el celular de Amanda vibró sobre el asiento. Ella lo miró. Era Julián.
—¿Sí? —contestó, sin entusiasmo.
La voz al otro lado sonaba lejana, pero Lucía alcanzó a oír:
—¿Puedes traer algo de cenar? No cociné.
Amanda apretó los labios. —Sí. Ahora paso por algo —dijo, antes de colgar. Suspiró largo. Con el cuerpo vencido.
Lucía la miró con cuidado. —¿Todo bien?
—Sí... —dijo Amanda, pero el tono tenía filo—. Solo cansa. A veces una necesita que alguien también piense en mí. Pero bueno.
Lucía no respondió. No sabía si debía, pero entendía esa soledad.
Al llegar frente a la casa de Lucía, Amanda frenó suavemente. Se giró hacia ella.
—Gracias por todo hoy. No lo hubiera logrado sin tú ayuda, fuiste muy amable al comprometerte en un trabajo que me correspondía a mí... bueno que me tocó cubrir.
Lucía asintió con una sonrisa tímida.
—Espere un segundo —dijo, bajando del auto rápidamente.
Amanda la vio desaparecer tras la puerta de rejas, correr al interior de la pastelería aún iluminada. Un par de minutos después, Lucía volvió, con una caja de pastelitos envuelta con una cinta rosa pálido.
—Así no tiene que comprar la cena —dijo, entregándola a través de la ventanilla—. Son para usted y... su esposo.
Amanda la tomó, algo aturdida. Miró la caja. Luego a Lucía.
—Gracias, Lucía... Es hermoso. Eres hermosa —se le escapó en voz baja.
Lucía bajó la mirada, sonrojada.
—Buenas noches, profesora.
Amanda se quedó mirando cómo entraba a su casa. Solo cuando la puerta se cerró, arrancó lentamente. Llevaba una caja en el asiento... y una emoción difícil de nombrar apretándole el pecho.

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