El auditorio de la facultad estaba lleno. Luces tenues, murmullo constante, el ir y venir de profesores, alumnos, panelistas. La presentación del proyecto académico había atraído más público del esperado. Carteles impresos, papelería ordenada, cronogramas en pantalla. Todo en su lugar.
Lucía, impecable con una blusa clara y jeans ajustados, coordinaba a último momento detalles del sonido. Romina y Ximena la miraban desde las primeras filas, tomando fotos y riéndose entre ellas.
—Eres una matada —le dijo Romina—. Literal. Te falta poner tu cara en los folletos.
—O que le cambien el nombre a la facultad: Universidad Lucía de los Pastelitos —añadió Ximena.
Lucía rio, sacudiendo la cabeza. En el fondo, le gustaba que sus amigas la molestaran. Era una forma de cariño.
—Hey —dijo Mauro acercándose, con una pequeña cajita envuelta en papel plateado—. Esto es por todo lo que hiciste. Y por salvarnos a todos del desastre.
Lucía la abrió. Dentro, una pulsera delgada con un dije en forma de libro. Simple, bonita, significativa.
—Mauro... ¡es preciosa!
—Me pareció que te iba a gustar.
Ella lo abrazó de forma breve, cálida.
—Gracias. Después de esto, te invito algo. Vamos al karaoke con las chicas, ¿Vienes?
—Obvio. Voy a hacer el ridículo con dignidad.
Mientras el público tomaba asiento, Amanda observaba desde el fondo del escenario. Llevaba un conjunto sobrio, elegante, pero su rostro no era el de una docente relajada.
Miraba a Lucía entre los demás... sonriendo, bromeando, celebrando. Y algo dentro de Amanda se revolvía: el proyecto había terminado. Ya no habría correos nocturnos. Ya no habría cafés compartidos. Ya no estaría más cerca.
Era absurdo, pero se sentía como una despedida.
La presentación comenzó. Amanda abrió con un discurso breve, claro, agradeciendo a los asistentes y destacando el esfuerzo de Lucía como parte clave del equipo. Hubo aplausos. Lucía habló después, con seguridad, y su voz resonó firme por el auditorio.
Al finalizar, la gente se acercó para felicitar, saludar, pedir folletos. Había fotos por todos lados. Mauro y las chicas posaban haciendo gestos ridículos. Lucía reía a carcajadas.
—¡Foto de las organizadoras! —gritó alguien.
Lucía se giró. Amanda estaba a un costado, con una carpeta en la mano.
—Profesora... ¿nos tomamos una foto juntas? Nos la van a pedir para el informe final — dijo Lucía con naturalidad, aunque sus mejillas se encendieron un poco.
Amanda dudó un segundo, pero asintió.
Ambas se pararon frente a una lona del evento, una al lado de la otra. Las cámaras apuntaron. Al principio, rígidas. Luego, tímidamente, sonrieron. Se notaba la conexión. El orgullo.
La satisfacción compartida. Un flash. Otro. Una risa nerviosa.
—Buen trabajo, Lucía —dijo Amanda en voz baja, solo para ella.
—El suyo también —respondió Lucía, sin dejar de mirar al frente.
Pero por dentro... ambas sabían que esa foto era algo más. Era un registro de algo que crecía silenciosamente. Un hilo invisible que ni la presentación más exitosa podía cortar.

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