El karaoke estaba repleto de voces desafinadas y risas. Entre luces de colores y micrófonos baratos, el grupo de Lucía ocupaba una mesa en el rincón derecho, con cervezas frías, nachos grasientos y el entusiasmo de una noche libre.
Romina y Ximena, entre gritos y coreografías improvisadas, cantaban un clásico pop a todo pulmón, desafinando con descaro.
—¡Esto es un crimen auditivo! —gritó Lucía, riendo con la cabeza entre las manos.
Mauro se acercó más a ella, con su cerveza en mano. La música era fuerte, pero el murmullo de la conversación flotaba entre canción y canción.
—Estás muy linda esta noche —dijo él, con tono suave pero directo.
Lucía lo miró, sorprendida. Bajó la vista a su vaso de soda.
—Gracias...
—No lo digo solo por hoy. Lo pienso desde hace tiempo. Me gustas, Lu. Eres divertida, sensible, distinta... y bueno, todo el esfuerzo que pusiste en ese proyecto... te juro que no pude dejar de admirarte.
Lucía parpadeó, descolocada. Sabía que Mauro era amable, que a veces la miraba de más... pero no esperaba ese momento, no ahora, no así.
—Mauro... yo...
Él la miró, con esa sonrisa tímida que no era arrogante, pero sí esperanzada.
Lucía quiso decir algo más, pero la voz de Romina resonó desde el escenario:
—¡Te toca, pastelera! ¡Dale, que quiero grabar esto!
Lucía se levantó casi agradecida por la interrupción.
—Después seguimos hablando, ¿sí?
Y subió al escenario, con el corazón latiéndole un poco más rápido. Tomó el micrófono, respiró hondo, y eligió una canción de amor suave, una de esas que no gritan, pero que duelen si las escuchas con el corazón abierto.
Mientras cantaba, no miraba a Mauro. Ni a sus amigas.
Miraba hacia adentro.
Y allí estaba Amanda.

Comments (0)
See all