Amanda cerró la puerta con suavidad. La casa estaba en silencio, apenas iluminada por la luz tenue del televisor encendido. Julián estaba en el sillón, medio dormido, con una manta sobre las piernas y la mirada cansada.
—¿Ya llegaste? —murmuró al verla pasar.
—Sí —respondió ella, dejando sus cosas en la mesita del recibidor.
Julián se estiró, como sacudiéndose el letargo.
—¿Cómo te fue?
—Bien. Todo salió como esperábamos. Mucha gente. Felicitaciones de los directivos...
—Me alegro —dijo él, acercándose a besarle la frente—. Te lo merecías. Hacía tiempo que no te veía tan involucrada con algo.
Amanda asintió, pero su sonrisa fue débil, apenas una línea en su rostro. Julián pareció notarlo, pero no insistió. Sólo dijo:
—¿Subimos?
Ella asintió otra vez. En la habitación, cada uno se cambió en silencio. Julián se acostó primero. Amanda se sentó al borde de la cama, mirando el suelo unos segundos antes de meterse entre las sábanas.
No hubo caricias. No hubo palabras dulces. Solo la cercanía de dos cuerpos que dormían juntos por costumbre, no por amor.
En la madrugada, Amanda se levantó sin hacer ruido. Bajó a la sala y encendió una lámpara de luz cálida. Fue hasta la estantería donde guardaba sus libros preferidos. Buscaba algunos títulos que había prometido prestarle a Lucía. Textos sobre erotismo literario, autoras mujeres, miradas transgresoras del deseo.
Tocó los lomos con los dedos, como quien acaricia viejos recuerdos. Separó tres. Luego los colocó sobre la mesa y los observó largo rato.
En otra parte de la ciudad, el grupo salía entre risas del karaoke. Las luces de neón aún parpadeaban sobre sus cabezas.
—¡Fue el mejor viernes en meses! —gritó Romina, haciendo una pose exagerada.
—Y eso que no viste a Lucía cantando como si le rompieran el corazón —dijo Ximena riendo—. Nos debes esa canción.
—Ya, no exageren —respondió Lucía, fingiendo fastidio, pero sonriendo de verdad.
Mauro caminaba a su lado, en silencio. Miraba cómo Lucía recogía su cabello en una coleta improvisada.
—¿Todo bien? —le preguntó ella.
—Sí. Sólo que... no sé, me gusta verte así. Feliz —dijo él.
Lucía lo miró unos segundos. Quiso decir algo, pero no encontró las palabras. Solo le apretó suavemente el brazo.
—Nos vemos el lunes, ¿va? —se despidió.
Mauro se quedó mirándola hasta que desapareció tras la esquina.
Lucía entró a su casa descalzándose al cruzar la puerta. En la cocina, su madre tomaba un té caliente. El aroma a hierbabuena flotaba en el aire.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella, sin dejar de remover la taza.
—Bien... muy bien, en realidad —dijo Lucía sentándose frente a ella—.
La presentación fue un éxito. Amanda —la profesora, corrigió rápido— me felicitó. Los directivos también. Fue agotador... pero hermoso.
Su madre sonrió.
—Te lo mereces. Has trabajado mucho.
Lucía asintió, mirando sus propias manos. Aún tenía tinta en los dedos. Pequeños rastros de un día importante.
Suspiró, y apoyó la cabeza sobre sus brazos.
—Fue un buen día, mamá... de esos que uno quiere guardar para cuando venga el caos.
La mujer se acercó a besarle la cabeza.
—Me alegro amor, duerme que mañana vendrán otros.
Lucía sonrió, cerrando los ojos. Y en su mente, sin quererlo, apareció la imagen de Amanda. Seria. Elegante.
Pero con una sonrisa suave cuando nadie la miraba.

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