Era lunes por la mañana, y el aula del tercer piso estaba ocupada por un pequeño grupo de estudiantes sentados en semicírculo, laptops abiertas, cafés a medio tomar y varias hojas desordenadas con apuntes. Lucía, con el cabello recogido en una coleta improvisada, se inclinaba sobre la mesa revisando el índice de un trabajo final de psicología que presentaban en grupo. Mauro estaba a su lado, con el ceño levemente fruncido mientras escribía en su cuaderno. Romina y Ximena conversaban animadamente.
—Oigan, ¿ya vieron al chico nuevo de cuarto año? —preguntó Romina, moviendo las cejas de forma cómplice—. Está como para terapia intensiva.
—El de barba y tatuajes, ¿no? —agregó Ximena—. ¡Es un pecado andando!
Lucía levantó la mirada por reflejo, apenas interesada.
—Ah, sí... creo que lo vi —respondió distraída, sin dejar de mirar la pantalla de su laptop—. Tiene ojos claros, ¿no?
Fue un comentario al pasar, casi sin emoción. Pero Mauro detuvo su escritura. Alzó los ojos hacia ella con una expresión entre incrédula y molesta.
—¿Tú lo viste? ¿Y no dijiste nada? —preguntó, con un tono más punzante de lo que pretendía.
Lucía lo miró, algo sorprendida.
—¿Decir qué? Solo lo vi de lejos, no me pareció tan impresionante como dicen —se encogió de hombros.
Romina soltó una risa corta, pero notó cómo Mauro se quedaba callado, su mirada perdiéndose por un momento en la ventana. Desde la noche del karaoke, Lucía no había mencionado nada sobre lo que hablaron. No tocó el tema. No pareció afectada. Y eso, por alguna razón, le dolía más que si lo hubiera enfrentado con rabia.
Un par de horas más tarde, los estudiantes se acomodaban para la clase de Historia del pensamiento contemporáneo. Lucía se sentó en la tercera fila, sin saber por qué tan adelante. Tal vez porque Amanda ya estaba allí, escribiendo algo en la pizarra, su figura elegante proyectada bajo la luz del proyector.
La falda negra de corte lápiz se ajustaba con sutileza a sus caderas, y la blusa beige sin mangas dejaba ver sus brazos torneados y la ligera curva del busto. Amanda caminaba con ese ritmo suave y firme, mientras explicaba con soltura el tema de los grupos de poder.
Lucía intentó concentrarse, pero sus ojos traicionaban su intención. Se deslizaban sin permiso por las líneas del cuerpo de la profesora, observaban cómo el tejido de la falda se estiraba justo cuando ella se inclinaba a ajustar el cable del portátil. Era como ver una escena prohibida en medio del aula.
Y cuando Amanda giraba la cabeza y sus miradas se cruzaban fugazmente, Lucía bajaba la vista de inmediato, sintiendo un cosquilleo en la nuca. ¿La había notado? ¿Se habría dado cuenta de que la estaba mirando? El corazón le latía más rápido.
Al finalizar la clase, los alumnos comenzaron a salir. Amanda recogía sus cosas, pero antes de que Lucía pudiera levantarse, escuchó su voz:
—Lucía, ¿puedes venir un momento a mi oficina?
Lucía se quedó paralizada. La sangre subió como un torrente a sus mejillas. Tragó saliva, asintió con timidez y guardó sus cosas torpemente. Mientras caminaba por el pasillo, pensaba en mil cosas.
"¿Me notó? ¿Me va a regañar? ¿Y si lo hice obvio? ¿Qué voy a decirle?"
Sus amigos ya estaban en la cafetería. Camila le escribió por mensaje: "¡Apúrate que hoy hay lasaña y se va volando!" Lucía solo respondió con un emoji de pánico.
Cuando llegó a la oficina, Amanda ya estaba adentro. La puerta entreabierta mostraba el interior iluminado con luz cálida. Lucía golpeó suavemente.
—¿Puedo...?
Amanda la miró desde su escritorio. Su rostro tenía un leve rubor, como si ella también hubiera estado pensando más de la cuenta. Se acomodó un mechón de cabello tras la oreja y sonrió, pero había algo diferente en su tono.
—Pasa, Lucía...
—Sí, profesora.
Amanda se levantó con calma, se acercó a una pequeña repisa detrás del escritorio y sacó algo que no alcanzaba a verse bien desde la puerta. Luego, con una sonrisa apenas contenida, se volvió hacia Lucía y dijo:
—Tengo justo lo que quieres...
Lucía se quedó congelada en el umbral. No sabía si su rostro ardía por los nervios, el deseo o el miedo. Pero algo en esa frase, en ese leve sonrojo en la piel de Amanda... le hizo sentir que nada volvería a ser igual.

Comments (0)
See all