—Traytro…
—Traytros…
—¡Traytros, despierta! Es hora de irnos.
Es el año 2030.
12 de julio, día de las elecciones.
Me he preparado para este momento. Los RANGERS, la unidad militar más fuerte de la región, me han ascendido al rango de soldado de segunda clase (A1). En esta ocasión, me han asignado como guardaespaldas del comandante.
A pesar de que, según los informes, hemos erradicado cualquier tipo de amenaza y mantenido la paz… no me confío.
Sin embargo, hay preguntas que siguen rondando mi cabeza.
Simplemente hacemos lo correcto… ¿pero por qué hacer lo correcto se siente mal?
Siempre nos dijeron que erradicar era proteger. Pero cada vez que veo a alguien rogar por su vida, algo dentro de mí se retuerce.
¿Qué es realmente proteger?
Es increíble que un presidente sea electo tantas veces… diez años, para ser exactos. Pero no puedo cuestionarlo. El pueblo ha aprobado todos los cambios a la constitución. Han ofrecido igualdad a todos.
En mi familia, por ejemplo... cuando mi padre murió heroicamente por el gobierno, como muestra de su sacrificio nos ofrecieron una vida mejor: una casa en una zona lujosa reservada solo para familias militares, educación en las mejores escuelas... y la protección de alguien como el Capitán Frederick, quien siempre me ha visto como a un hijo.
Una vez que terminé la secundaria, él se acercó a mí y me ofreció un lugar en la Academia Militar.
Defender el honor de mi padre. Forjar mi propio futuro. ¿Cómo rechazarlo?
Me perdí por unos segundos en esos recuerdos, hasta que Thomas me habló:
—¡Hey! ¿En qué tanto piensas? ¿No me digas que tienes miedo?
—No… solo estaba recordando.
Era momento de enfocarse. Hoy era importante.
Nos dirigimos a la sala de votación.
La tensión era apenas perceptible, como una cuerda estirada al límite.
Periodistas, cámaras, seguidores del gobierno... todo parecía normal.
Demasiado normal.
Una calma que no encajaba con la magnitud del evento.
Aun así, estábamos alerta.
La medianoche llegó.
Era la hora de anunciar los resultados.
La canciller subió al podio, tomó el micrófono con esa firmeza ensayada que siempre muestra en cadena nacional. Pronunció unas palabras sobre la importancia de la voluntad popular, y luego procedió a leer los números.
—Con un total de 1.681.043 votos, equivalentes al 3.36 %, para el Partido de la Oposición Conservadora, representado por Deison Frong...
Hizo una pausa. Luego, su voz se endureció:
—Y con un total de 48.318.570 votos, equivalentes al 96.64 %, el Partido Obrero para la Nación, representado por Vlodwick Groid, es declarado ganador de estas elecciones presidenciales.
Frente al Palacio de la Revolución Obrera, miles esperaban el resultado.
Pero cuando se anunció al ganador… solo un pequeño grupo —las primeras filas— celebró.
Más atrás, comenzaron los abucheos.
Voces alzadas gritaban:
—¡Fraude!
—¡Corrupción!
—¡Farsa!
El presidente debía subir al podio para hablar.
Era el protocolo.
Primero subieron dos guardias.
Después, el presidente, flanqueado por Thomas y por mí.
Ascendimos los escalones del escenario. Desde allí pude ver la imágen completa… y me congelé por un instante.
La diferencia era brutal.
Los pocos que celebraban estaban iluminados, enfocados por las cámaras.
Detrás de ellos… sombras. Rostros tensos. Puños cerrados. Silencio contenido.
La plaza olía a metal caliente y sudor.
Más allá de los focos, apenas visibles, me observaban los rostros de quienes no celebraban. Era imposible ocultar el rechazo.
Me posicioné en mi lugar, justo detrás del presidente, a su izquierda. Thomas se ubicó a su derecha.
Volví a mirar las cámaras. Todas apuntaban a los rostros sonrientes del frente.
Ninguna enfocaba el resto.
Era extraño.
Siempre que veía las elecciones por televisión, la gente celebraba en masa.
Con banderas, cantos, lágrimas de alegría...
¿Esto era nuevo? ¿O siempre fue así, y simplemente nunca lo mostraron?
Me empecé a cuestionar si esto era normal.
¿Nos están ocultando algo?
El presidente comenzó su discurso, agradeciendo el apoyo del pueblo.
Proclamó que este era el camino correcto para fortalecer la nación.
Sus palabras eran seguras. Sólidas. Ensayadas.
Hasta que ocurrió.
Una Explosión.
Sorda. Profunda. Brutal.
Retumbó desde el interior del palacio, detrás del escenario.
El suelo tembló. Salí despedido y caí con violencia.
El aire se llenó de humo, polvo y gritos. Todo se volvió confusión.
Aturdido, con los oídos zumbando y la vista nublada, traté de incorporarme.
A mi alrededor: caos.
Gente corriendo en todas direcciones.
Soldados gritando órdenes.
Periodistas huyendo con las cámaras a rastras.
Heridos arrastrándose.
Yo estaba bien… solo unos rasguños.
Nada que me detuviera.
Y entonces los vi.
Desde un flanco desprotegido, varios hombres saltaron las barreras de seguridad.
Estaban armados… pero no con rifles ni explosivos.
Machetes. Armas improvisadas.
Venían directo hacia el presidente.
Dos guardias corrieron a interceptarlos. Thomas se mantuvo firme, junto al mandatario.
Y yo… reaccioné.
Me lancé al frente, desenvainando mi sable real con decisión. La hoja brilló, cortando el humo mientras me colocaba entre los atacantes y el presidente.
No tenían armas de fuego. Eso me daba ventaja.
Me movía con rapidez. Con instinto. Para esto había entrenado.
Pero había algo más. Una emoción que me recorría por dentro.
¿Adrenalina? ¿Euforia? ¿Orgullo?
Quizás eso era.
Mi momento.
Mi oportunidad de demostrar que estaba listo para algo más.
Quería que me vieran. Que supieran que merecía ser parte de la élite: Un Soldado de Primera Clase.
Golpeé con precisión.
Cortes controlados.
Ataques diseñados para incapacitar, no para matar.
Uno tras otro, los agresores cayeron.
Algunos gritaban de dolor.
Otros simplemente quedaban inmóviles en el suelo.
Para mí, la pelea terminó tan rápido como empezó.
Pero entonces lo vi…
Los otros guardias estaban ejecutando a los atacantes.
Uno por uno.
Sin juicio.
Sin remordimiento.
Me acerqué indignado.
El último de los agresores yacía herido, a medio incorporarse, indefenso.
Cuando uno de los guardias alzó su arma para acabar con él, grité:
—¡ALTO! ¡Ya están vencidos! ¡No hay necesidad de matarlos!
—¿Qué te pasa, Traytros? ¿Te volviste loco? Son una amenaza. ¿O prefieres que uno de ellos se levante y nos mate?"
Sentí una oleada de rabia.
Apreté el puño. Tragué saliva.
Algo dentro de mí… se rompió.
Cuando el guardia alzó su arma para el golpe final, me interpuse.
Levanté mi sable, aún manchado. No para atacar. Para detenerlo.
—Dije que ya está derrotado.
Se hizo un silencio tenso.
Los guardias me miraron. Fríos. Sin entender… o tal vez sí.
Y por eso sus miradas eran tan vacías.
Entonces… en el cielo nocturno se lanzó una bengala, y con ello una segunda explosión.
Más cercana. Más violenta.
El estruendo sacudió el suelo una vez más.
La distracción fue suficiente.
El último atacante, herido pero con vida, huyó entre la multitud.
Se perdió entre las sombras y el caos.
Los guardias exclamaron
-¡SE ESCAPA, ATRÁPENLO!
Volví la mirada.
El presidente me clavó la mirada. No había gratitud. Tampoco preocupación. Solo una cólera contenida, como si mi acto hubiese traicionado algo más profundo que la misión: su poder.
Respiré hondo. Mi voz, aunque firme, se quebró un poco.
—Que escapara no era parte del plan… pero matar a un hombre desarmado va contra las leyes. Y contra la religión.
El presidente frunció el ceño. Dio un paso hacia mí.
Pero antes de que pudiera hablar, Thomas intervino:
—Señor presidente, debemos llevarlo a una zona segura. Acompáñeme.
El discurso quedó incompleto.
El enemigo escapó.
El pueblo gritaba.
Y yo…
Yo ya no sabía qué hacer.
¿Estoy haciendo lo correcto?
¿Es esto lo que quiero?
¿Es este el futuro que soñé… o solo estoy cumpliendo lo que otros decidieron por mí?
¿Qué se supone que deba hacer... cuando proteger ya no significa obedecer?
Quizás lo que llaman traición... sea la última forma de lealtad.
...
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