Recuerdo cuando me uní a la academia, tenía ideales. Ideales que pensaba que me guiarían el resto de mi vida… o al menos, eso creía.
En la teoría, defendíamos el orden, la patria, la paz. En la práctica… bueno, había simulaciones que te mostraban otra cara de todo eso.
Aquel día, el ejercicio se desarrollaba en una réplica destruida del centro de la ciudad. Ruinas, humo, cenizas. Avanzábamos en formación, eliminando enemigos virtuales con precisión casi coreografiada. Pero justo cuando pensábamos que todo estaba bajo control, un misil impactó a pocos metros. El estruendo fue ensordecedor.
El edificio contiguo colapsó sobre nosotros.
Quedé atrapado entre los escombros. Me dolía el cuerpo, pero logré arrastrarme fuera. A mi alrededor, otros compañeros gritaban, heridos. Intenté ayudarlos, pero las estructuras eran demasiado pesadas. No podía hacer nada.
Entonces escuché disparos en la distancia. Provenían de la vieja plaza central. Sin pensarlo, corrí hacia allí.
Y los vi.
Tres enemigos esperaban en silencio entre las llamas y la niebla. Uno de ellos alzó su espada. Los otros lo imitaron, señalándome con sus hojas metálicas. Me reí entre jadeos.
—Bueno… ¿mano a mano? Aunque ustedes son tres.
Sonreí, crucé los brazos, y grité:
—¡Comencemos!
Se lanzaron sobre mí. Apenas tenía tiempo para bloquear sus ataques. Las espadas chocaban con violencia, soltando chispas como relámpagos metálicos. Me costaba seguir sus movimientos. Eran veloces, letales.
Una fracción de segundo. Uno atacó primero. Lo esquivé, pero otro intentó atravesarme por la espalda. Bloqueé justo a tiempo y logré desarmarlo. Intenté contraatacar, pero era escurridizo. Al final, lo alcancé. Mi espada se hundió en su pecho. Cayó de rodillas… y sonrió.
Con su último aliento, me lanzó un puñado de polvo a los ojos.
—¡Mis ojos! ¡Eres un tramposo! —grité, cegado por segundos.
Ciego y furioso, le corté la cabeza. Pero ahora quedaban dos… y yo estaba herido, cansado y prácticamente sin visión.
No podía ganar así. Mi única opción era convertir mi debilidad en un señuelo. Bajé la guardia en el torso. Uno lo notó, atacó directo… pero fingió. Iba por mi cabeza. Logré esquivarlo, aunque su espada cortó mi mejilla. Sentí el metal ardiendo en mi piel.
Retrocedí, jadeando. Mis movimientos eran lentos, torpes. Estaba por caer.
Entonces llegaron refuerzos. Cuatro soldados.
Uno gritó:
—¡ ¡Apuntan!
Los demás levantaron sus armas.
—¡Fuego!
El primer enemigo cayó hecho trizas. Solo quedaba uno. El escuadrón apuntó otra vez. Dispararon sin piedad, pero el objetivo avanzó corriendo, esquivando, recibiendo impactos. Se lanzó sobre un soldado y lo partió en dos. Iba por el siguiente.
Intervenir.
Clavé mi espada en su espalda con todas mis fuerzas. Atravesé su pecho… pero aún así, alcanzó a cortar al soldado frente a él antes de morir.
Me quedé paralizado. El cuerpo del enemigo seguía de pie un instante… luego cayó.
Respirando con dificultad, me dejé caer.
Uno de los soldados gritó:
—¡Sigue respirando!
Otro respondió entre risas:
—Este imbécil no lo matan ni las bombas.
El herido murmuró:
—No pienso morir antes de acostarme con tu hermana…
Las risas rompieron la tensión por un segundo.
Hasta que lo vimos.
Uno de los cuerpos se movió. El enemigo caído se levantó, sacó una jeringa con líquido raro y se la inyectó en el brazo.
—¿Qué carajo…?
Corrí a atacarlo, pero empezó a retorcerse y gritar. Su piel se desgarraba. Su cuerpo crecía. Las venas reventaban. Sangre y carne colgaban de sus huesos.
Se transformaba.
Lo que emergió ya no era humano. Era el doble de alto que yo. Monstruoso. Un mutante.
Disparamos. No sirvió de nada.
La bestia nos miró y se lanzó contra nosotros. Agarró a dos soldados… y les rompió la cabeza como si fueran frutas podridas.
Vomité del asco. Grité:
—¿¡Qué mierda es eso!?
El monstruo me vio. Se lanzó hacia mí. Levanté mi espada y recé:
—Dios santo… dame fuerza para acabar con este engendro ¡de mierda!.
Me embistió. Me lanzó por los aires.
Caí contra una pared. El mundo giraba. A duras penas levanté mi espada, aún tumbado.
—Ven… acércate… —murmuré.
La bestia se acercó. No tenía fuerzas para moverme. Todo se volvió borroso.
Entonces, escuché un silbido. El sonido limpio de una espada.
El monstruo se detuvo.
Cayó de rodillas.
Detrás de él, una figura se acercaba. Su silueta era familiar.
Era Thomas.
Lo último que vi fue su rostro con una sonrisa burlona… y luego, oscuridad.
[EXPLOSION REPENTINA]
La explosión me devolvió a la realidad. En ese momento me di cuenta de que había perdido el paso del grupo. Tenía que alcanzarlos, así que comencé a correr.
Tras unos minutos, logré encontrarlos.
Al llegar, un guardia me dijo:
—Vaya, parece que los soldados de segunda clase no están acostumbrados a los disturbios.
Yo, callado, simplemente decidí ignorarlo y pasé de largo. Me dirigí al presidente. Le pregunté cómo se encontraba, a lo que me respondió:
—Estoy bien gracias a Thomas. Él sí sigue las reglas y me ha ¡escoltado!
Estaba consciente de que estaba muy desconcentrado. Por eso, Thomas se acercó a mí para recordármelo:
—Oye, Traytros, sé que esto no estaba planeado, pero, siéndote sincero, debes estar concentrado. Te pueden matar por un descuido.
Tenía razón. Debía estar aquí, presente. En vez de demostrar mis habilidades ante el presidente, estaba empeorando las cosas. En ese momento, Thomas dijo que siguiéramos avanzando.
Mientras caminábamos, le pregunté qué seguía. Me respondió que se planeaba que un helicóptero viniera a buscar al presidente, pero primero debíamos asegurar la zona.
—¿Pero solo al presidente? ¿Y los demás? —le pregunté sobre la canciller, y me respondió:
—La canciller está muerta. Murió durante el atentado. Los demás miembros del gobierno no son prioridad ahora. Solo el presidente.
¿Solo el presidente? Sé que es una figura importante, pero en situaciones así deberíamos ayudar a todos... Todos son humanos, al fin y al cabo.
No dije nada, pero mi cara no pudo ocultar mi reacción.
Seguimos caminando a través del palacio. En nuestro paso solo vimos desastre. No había nadie. Logramos llegar a la parte trasera, al jardín del palacio. Parecía una zona de guerra. Había cadáveres —enemigos y aliados por igual— tirados en el piso. Pero, afortunadamente, la situación estaba controlada.
Se nos acercó un grupo. Eran las Fuerzas de Operaciones Especiales. Hablaron con el presidente:
—Señor presidente, ¿cómo se encuentra? Acompáñenos. El helicóptero debe estar por llegar.
El presidente estaba ahora bajo su protección. Mientras se alejaban, Thomas y yo nos quedamos solos. Aproveché para preguntarle por qué no salvaban a los demás.
—¡Hey! ¿Por qué abandonamos a personas que aún podemos salvar?
—Traytros, los civiles están siendo rescatados. Los políticos... se están buscando.
—Pero... ¿por qué no vamos y ayudam...?
—“¡Hay cosas que no entiendes aún, Traytros! Este no es el momento para pensar. Solo haz lo que te dicen… o muere.” —me interrumpió, molesto.
Después de eso, se alejó caminando. Yo me quedé ahí, solo... pensando en todo lo que estaba pasando.
En ese momento, el helicóptero empezó a despegar, sobrevolando encima de mí. El viento que generaba me azotaba el rostro. Un foco de luz del mismo helicóptero me iluminó. Me quedé mirándolo, observando cómo el presidente se iba en él.
En realidad, ninguno de nosotros es importante. Ni la vida de mis compañeros…ni la mía… Simplemente somos peones. Nos utilizan para su conveniencia, sin importar las vidas que se pierdan con tal de ganar.
¿Esto quiere decir que también soy cómplice de este engaño?
¿O solo soy uno más al que han engañado?
[Sonido de respiración agitada]
Estaba en mi habitación, haciendo flexiones. El sudor caía al suelo, gota tras gota.
Recordar aquella simulación me hacía sentir igual de impotente que ahora, perdido entre ruinas…
“Ha pasado una semana desde el atentado. No he recibido ningún mensaje de Thomas. Tampoco he tenido acción. Las cosas han estado… tranquilas.”
Tranquilas. Pero esa palabra no me daba paz. Solo me hacía pensar que algo se estaba gestando.
Entonces, vibró mi teléfono.
Me detuve, apoyando las manos en el suelo por unos segundos antes de incorporarme. Me levanté lentamente, limpiándome el sudor con el antebrazo. Tomé el dispositivo.
Un nuevo mensaje.
Era de un número desconocido.
Solo decía:
“Esta noche, C189.”
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