Elizabeth fue despertando lentamente. Sentía el cuerpo adormecido, los brazos adoloridos por estar colgados. Cuando abrió los ojos, frente a ella se alzaba la figura de un hombre alto, de mirada seria y penetrante. Estaba rodeado de sujetos armados con fusiles militares, vestidos con indumentaria propia de grupos terroristas.
El hombre se acercó con paso firme y una sonrisa apenas dibujada.
—Al fin te conozco, Elizabeth —dijo con un acento marcado—. Mi nombre es Sahir Al-Malekh. Y tú vas a desarrollar esta tecnología... pero para mí.
Elizabeth intentó moverse, pero estaba completamente inmovilizada. Alzó la voz, tensa.
—¿Por qué me capturaste? ¡Yo estaba trabajando por una buena causa!
Sahir soltó una carcajada breve, seca.
—Tu amigo descubrió la verdad sobre nuestras verdaderas intenciones —replicó—. Así que decidimos adelantarnos. A él también lo obligaremos a trabajar para nosotros. Y tú... si te rehúsas, mataremos a toda tu familia.
Elizabeth quedó helada. Su corazón se aceleró. Las palabras resonaban en su mente como martillazos. No respondió. El silencio era su única defensa en ese momento.
—Y si eso no te motiva —continuó Sahir, con una sonrisa psicópata—, mataremos también a tu amigo. Él es brillante, sí, domina la inteligencia artificial a un nivel superior, pero hay otros como él. En este momento estoy enviando a mi gente a buscarlo. Pronto lo tendré de rodillas frente a mí.
Se giró para retirarse, pero antes lanzó una última frase con arrogancia:
—Ah, casi lo olvido. El traje ahora está bajo mi control. ¡Jajajajaja! El mal siempre gana ante los ingenuos como ustedes. ¿O acaso crees que la riqueza se consigue siendo justo?
Las pisadas del líder terrorista se desvanecieron en la oscuridad del pasillo. Elizabeth quedó sola, atada a un par de argollas metálicas que colgaban del techo, sus manos elevadas como crucificada. Los pies apenas tocaban el suelo. Sin embargo, mantenía la mente fría. Tenía un plan.
Lo que Sahir ignoraba era que Elizabeth llevaba en su muñeca un dispositivo camuflado como reloj: un prototipo láser que había desarrollado como respaldo de seguridad en caso de que la armadura fallara. Iba a presentarlo después, pero ahora se convertiría en su única esperanza.
Observó con atención: no había cámaras de seguridad visibles en la habitación. Respiró hondo y accionó el láser en su muñeca. El rayo comenzó a cortar la argolla de su mano derecha. Una vez libre de una, le resultó sencillo soltarse por completo.
Caminó sigilosamente hacia la puerta. Era tecnológica. Conectó su reloj al panel digital. Lo había diseñado para sincronizarse con el sistema de la armadura, y ahora lo reprogramaba a contrarreloj. Tecleaba frenéticamente, intentando contactar a Einstein, la inteligencia artificial.
—Vamos... vamos... —susurraba, nerviosa.
Finalmente, una luz parpadeó. Una voz surgió del reloj:
—¿Qué ocurrió? ¿Dónde estoy?
—¡Einstein! —exclamó Elizabeth en voz baja—. Estuviste bajo el control de otra persona. Necesito que localices mis coordenadas y vengas a rescatarme.
—Enseguida.
Elizabeth desconectó el reloj del panel. Restauró la cerradura para no dejar rastros y se volvió a colocar las argollas con cuidado, fingiendo estar aún prisionera. Justo a tiempo. Un guardia pasó, la observó brevemente, creyendo que dormía, y siguió su camino sin sospechar nada.
Quince minutos después, un sonido agudo retumbó en el techo. Un círculo brillante se dibujó, y un trozo del techo cayó con estruendo. De aquel agujero descendió la armadura, guiada por Einstein.
—Ya era hora —dijo Elizabeth con una sonrisa de alivio, mientras la armadura se acoplaba a su cuerpo.
Frente a sus ojos, la pantalla interna se encendió y Einstein la saludó con voz firme.
—Todo listo. ¿Cuál es la orden?
—Vamos a rescatar a Chris. Él está en peligro... y luego, planearemos cómo detener a estos terroristas para siempre.

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