La sala era oscura y circular, iluminada apenas por el resplandor parpadeante de docenas de pantallas. Científicos y soldados armados custodiaban cada rincón. En el centro, una plataforma sostenía tres anillos giratorios que rodeaban una cápsula metálica suspendida en el aire por campos magnéticos. Cables se extendían como raíces de un árbol tecnológico. En los monitores titilaban inscripciones en griego antiguo, junto con ecuaciones astronómicas y patrones de energía.
Un hombre de mirada firme, con un parche en el ojo y actitud de veterano curtido, caminó al centro de la sala. Su voz resonó con autoridad:
—Aquí... bajo esta instalación, yace atrapada una leyenda. Un héroe perdido en el tiempo. Hércules.
Uno de los científicos, joven, arrogante y con bata blanca, se adelantó entre los demás.
—Disculpe, pero... los mitos son solo eso. Metáforas primitivas. Los dioses griegos no existieron. Y menos aún Hércules.
El hombre del parche lo interrumpió con dureza:
—¿De verdad crees que estamos solos en este universo? Los mitos son solo la forma en que una civilización sin ciencia describió a seres de poder cósmico. Y esta... —señaló la máquina— será la prueba viviente.
—Señor, el portal está alineado. ¿Procedemos? —intervino otro técnico.
—Activen la máquina —ordenó.
Un zumbido agudo emergió de las profundidades de la plataforma. Los anillos comenzaron a girar, emitiendo destellos eléctricos que envolvían la cápsula. Una espiral de luz azulada y dorada se alzó desde el suelo, como un vórtice entre dimensiones. El aire vibraba. El piso temblaba. Cifras y símbolos flotaban en el aire como proyecciones holográficas. La temperatura descendió bruscamente, cubriendo las superficies con escarcha.
Y entonces, dentro del campo de energía, una figura comenzó a materializarse: un hombre musculoso, semidesnudo, con una capa dorada y un yelmo fracturado. Flotaba suspendido, como si durmiera en un sueño sin tiempo.
Pero justo antes de que alguno pudiera celebrar, dos ojos rojos se abrieron detrás de él, en la niebla del portal. Ojos inmensos. Afilados. Inhumanos.
—¡Aléjense! —gritó un técnico.
El portal se cerró de golpe. Las luces se apagaron. Un silencio sepulcral envolvió la sala.
El hombre del parche murmuró, tenso:
—No está solo...
33 siglos antes. Órbita cercana a la Tierra
En una nave colosal que flotaba en silencio sobre la atmósfera del planeta azul, se desarrollaba una reunión entre figuras imponentes. Vestían trajes de diseño hipertecnológico y portaban emblemas simbólicos. Eran los guardianes de un consejo galáctico ancestral. Entre ellos estaban Zeus, Hades, Atenea y Ares.
—Este planeta aún no es considerado una civilización establecida —dijo Hades con desprecio—. Muchos han querido destruirlo.
—¿Estos no fueron creados por los científicos Enki y Renki? —intervino Ares—. Se suponía que serían esclavos útiles, pero han fallado una y otra vez.
—Así es —respondió Hades—. Estuvimos vigilándolos, incluso ayudándolos… y terminaron adorándonos. Les metí la idea de que somos dioses, y ahora se arrodillan ante mí. Me llaman “Dios de la Muerte”. Mientras me sigan adorando, iré de vez en cuando a entretenerme. Me ofrecen fruta, oro, y la madera de este mundo es codiciada.
—Yo les ofrecí filosofía, pensamiento —añadió Atenea, con mirada fría—. Sobre todo a las mujeres. Pero distorsionaron todo.
—Lo que este mundo necesita —intervino Zeus— es un guía. Alguien con verdadera nobleza.
—¿Hablas de una intervención directa? —rió Hades—. ¿Vas a romper las ridículas leyes de la Alianza Galáctica?
Atenea lo ignoró y propuso:
—Enviaré a una de mis musas. Se hará pasar por humana. Le daremos el ADN modificado de Zeus. Lo trabajaremos desde el Códice Arquetípico: fuerza, nobleza, servicio, sacrificio. Necesitamos un héroe con genética perfecta. No solo fuerte: también sabio.
—Acepto —asintió Zeus—. Pero necesitará un padre.
—Tú serás ese padre —dijo Atenea, señalando a un veterano líder de campo.
El laboratorio se llenó de luces. Una musa de belleza estelar fue elegida y llevada al centro. Su estructura genética fue modificada y adaptada. Un científico observó los patrones en la pantalla:
—El proceso ha comenzado. Este niño portará en sus células la historia de un arquetipo eterno.
Un mes después, la musa, ahora embarazada, fue enviada al planeta.
—Me llamo Alcmene —dijo al llegar a la Tierra—. Criaré a mi hijo como uno de ellos… pero le haré saber que su destino no es común.
Fue instalada en un hogar rural. Un científico de confianza acudía periódicamente a revisar su embarazo.
El niño nació fuerte, sano. A los pocos años, era más rápido que los caballos, podía levantar piedras que requerían varios hombres, y empuñaba espada y escudo con naturalidad.
—Tu nombre será Hércules —le dijo su madre—. Has nacido para proteger a los tuyos.
Con solo dieciséis años, era ya un joven guerrero. Sabía sembrar, pelear, leer el cielo y comprender los valores eternos.
Y aunque él aún no lo sabía, su despertar estaba por comenzar.

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