El sol comenzaba a elevarse sobre las colinas de Grecia, dorando con su luz las piedras antiguas y los campos fértiles. Hércules cabalgaba con paso firme, montado sobre su fiel corcel. En su mente giraba un único pensamiento: “Buscaré semillas de higo. Esa fruta le encanta a mi madre… y también a mí.”
Aquel día, las calles del pueblo estaban especialmente concurridas. Campesinos, mercaderes y niños se desplazaban por los caminos polvorientos. El joven héroe tomó una ruta montañosa, una ladera escarpada donde el sendero estrecho se deslizaba entre peñascos filosos y bloques de roca inestable.
Sin previo aviso, un temblor sacudió la tierra. El caballo relinchó y Hércules, con reflejos rápidos, desmontó al instante. Desde lo alto del talud, enormes piedras comenzaron a desprenderse, cayendo con furia hacia la multitud.
—¡Cuidado! —gritó alguien desde abajo.
Hércules avanzó entre el caos. Con fuerza sobrehumana, alzó sus puños y desvió fragmentos de montaña como si fueran meros guijarros. Los bloques rebotaban con estruendo, saliendo disparados lejos del camino.
La gente quedó paralizada, sus ojos fijos en aquel joven de túnica simple que enfrentaba la furia de la naturaleza con los puños desnudos. Pero no todo había terminado. Una roca colosal, desprendida del flanco de la montaña, descendía directamente hacia un niño inmóvil por el miedo.
Hércules se lanzó sin dudar. Se plantó frente al pequeño y extendió ambas manos. Con un rugido silencioso, detuvo el impacto del enorme pedrusco. Durante un breve instante, todo quedó en pausa: , pero una roca empezó a caer roca, el niño vio que se acercaba su fin , se quedo de pie , temblando bajo su sombra. Luego, con un leve movimiento, Hércules arrojó la piedra a un lado como si no pesara nada.
Los presentes estallaron en vítores.
—¡Es un milagro! —gritaban algunos—. ¡Un dios entre nosotros!
Pero el muchacho no dijo palabra. Subió a su caballo y se alejó con el rostro sereno. Su madre le había enseñado que los humanos, cuando no comprenden algo, tienden a temerlo o a adorarlo… a veces, ambas cosas. Lo que no entienden, lo llaman brujería. Lo que les sobrepasa, lo llaman divino o demoníaco.
Mientras avanzaba, los aldeanos corrían tras él, clamando:
—¡Dinos tu nombre!
—¡Por favor, ayuda a mi padre!
—¡Eres un hijo de los dioses!
Pero él no respondió. Mantuvo la vista fija al frente y dejó atrás el bullicio.
Minutos más tarde, llegó a un mercado rural. Los colores vivos de los toldos y el aroma a tierra y fruta madura llenaban el aire. Hércules ató su caballo y se acercó a un puesto donde un comerciante de rostro afable lo recibió con una sonrisa amplia.
—¡Damon, muchacho! —exclamó el hombre, limpiándose las manos en su túnica—. Me alegra verte. Siempre tan educado y fuerte como un toro. ¿Cómo va la cosecha?
—Muy bien, señor. Cultivar la tierra fortalece cuerpo y mente —respondió Hércules con humildad.
—¿Y qué buscas hoy?
—Semillas de higo. Es una fruta que mis padres adoran. Quiero cultivarla para ellos.
Estuvo a punto de decir “en este planeta”, pero se contuvo a tiempo.
—Tengo justo lo que necesitas —respondió el vendedor, mientras rebuscaba en un pequeño saco de tela—. Estas son buenas, fértiles. Y para ti, un buen precio. ¿Deseas algo más? Tengo granadas frescas, recién traídas del campo.
—Me llevaré algunas también. Gracias.
Habiendo comprado lo necesario, Hércules volvió a montar y emprendió el regreso. Mientras cabalgaba, su mente comenzó a perderse en los recuerdos. Su mirada se nubló, y su conciencia lo llevó de vuelta… a cuando tenía apenas siete años.
El Recuerdo
Una mañana, su padre apareció como un susurro en el viento. Zeus, envuelto en una luz suave, le habló con ternura:
—Te enseñaré algo que el mundo aún no está listo para comprender. No es magia. No es un monstruo. Es tecnología.
Lo tomó de la mano. Una luz descendió sobre ellos, envolviéndolos. En un instante, sus cuerpos flotaron suavemente en el aire. Hércules se asustó.
—¿Qué está pasando?
—Confía en mí, hijo.
Ambos se desvanecieron ante la mirada perpleja de su madre. Habían sido transportados a una nave gigantesca, suspendida en el cielo, oculta por una tecnología de invisibilidad.
La nave era majestuosa. Las paredes metálicas vibraban con un zumbido bajo. En el centro, una ventana inmensa dejaba ver la Tierra, girando lentamente en su esplendor.
Hércules, pequeño y descalzo, miraba fascinado mientras su padre hablaba:
—Ese planeta azul… es tu hogar. Pero no es tu origen completo.
El niño lo miró, desconcertado.
—¿No soy humano?
Zeus sonrió, se arrodilló y apoyó una mano en su pecho.
—Eres como ellos. Pero también eres más. No viniste al mundo por azar. Fuiste enviado.
Activó un holograma. Constelaciones, naves, civilizaciones antiguas, todo danzaba ante sus ojos.
—Allí fuera hay sabiduría. Tecnología al servicio de la vida. La Tierra aún no ha despertado. Algunos mundos quieren ignorarla. Otros, destruirla. Pero tú… tú serás su puente. Porque incluso en medio del caos, los humanos saben amar.
Le tomó el rostro con ternura.
—No serás un conquistador. Serás un guardián.
Y así, una chispa de destino comenzó a encenderse dentro del niño que algún día sería leyenda.

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