El aroma de las hierbas frescas flotaba en el aire. Alcmene, madre de Hércules, picaba verduras con destreza sobre una tabla de madera mientras una gran olla hervía sobre el fuego. Estaba preparando una sopa nutritiva, mezclando ingredientes terrestres con raíces que solo crecían en mundos olvidados por la ciencia humana.
—¡Hércules, ven a desayunar! —llamó desde la cocina con voz fuerte pero amorosa—. Eres muy fuerte, pero tu cuerpo necesita proteínas. Tu padre dejó vitaminas especiales para ti… y pidió que salieras a correr y entrenar. Pero, por favor, hijo, recuerda: ten cuidado. Que no te vean levantar rocas. Aún no están preparados para entenderte.
—Sí, madre —respondió el joven, entrando con el rostro bañado en sudor y tierra, pero con una sonrisa luminosa.
Se sentó frente a un cuenco hecho de un material brillante, extraño para este mundo. Era una aleación de otro planeta, resistente y liviana, un obsequio de los científicos del sistema de Vega. La cocina misma, aunque humilde a simple vista, funcionaba con energía solar condensada, encendiendo fuego con solo pulsar un botón. Nada allí pertenecía del todo a la Tierra.
—Dentro de poco iremos a visitar a Athena —dijo su madre mientras le servía la sopa—. Tu padre quiere que repases ciertos valores con ella. Nuestra tecnología debe seguir siendo un secreto.
Hércules comió en silencio. La sopa humeante estaba acompañada de frutas maduras y cápsulas con vitaminas encapsuladas en materia orgánica. Después del desayuno, lavó los utensilios con agua potable, cuidadosamente filtrada a través de cristales purificadores ocultos en la casa.
—Iré a entrenar —anunció, limpiándose las manos—. Dile a papá que mañana estaré listo para viajar al espacio. A los doce años tomé clases de astrología en la galaxia de Andrómeda… y aún las recuerdo. Fue fabuloso.
Montó su caballo con soltura y emprendió camino hacia los campos abiertos. El bosque que eligió para entrenar era salvaje, con colinas escarpadas, riscos afilados y piedras del tamaño de casas. Un lugar ideal para forjar el cuerpo… y el carácter.
De pronto, una luz descendió del cielo con majestuosidad. No era fuego ni meteorito, sino una columna de energía blanca y dorada. De ella emergió Zeus, con su túnica luminosa flotando como si el aire mismo lo reverenciara. Pero no venía solo.
—Hércules —dijo con voz solemne—. Este es Kleon. Proviene de las Pléyades. Será tu guía en el entrenamiento físico y espiritual.
El joven observó al recién llegado. Era alto, de cabello largo y rubio, con una túnica ajustada azul que parecía fusionarse con su piel. Sus ojos celestes brillaban con inteligencia ancestral.
—Yo deseaba entrenarte personalmente, hijo —continuó Zeus—, pero estoy atendiendo asuntos urgentes en la Federación Galáctica. Estoy impulsando una propuesta para que la humanidad sea considerada una raza protegida… para que formen parte del Sector 7 del universo. Pero ya conoces las leyes: la intervención directa está prohibida si no son considerados una especie evolucionada.
—Te deseo suerte, padre —dijo Hércules con una sonrisa firme.
Zeus asintió y se despidió con un gesto, desvaneciéndose como una estrella fugaz. Kleon entonces dio un paso al frente, observando con atención al joven.
—Sé todo sobre ti —dijo con tono amistoso—. No tengas miedo. Hoy será el inicio de tu verdadero camino.
Señaló una montaña lejana, escarpada y vertical.
—Quiero que saltes hasta la cima. Está a cincuenta metros. No me digas que no puedes. Solo concéntrate y déjate llevar por tu instinto.
Hércules dudó por un segundo, pero luego cerró los ojos y respiró profundo. Corrió, se impulsó y, como una flecha atravesando el viento, alcanzó la cima. Kleon lo siguió con un salto similar, y ambos aterrizaron entre las nubes y las águilas.
—Muy bien —dijo el maestro pleyadiano—. Hoy entrenaremos salto y control del impulso.
Durante horas repitieron la secuencia en distintas montañas. Al final del día, Kleon sacó una pequeña caja metálica y de ella extrajo dos latas frías.
—Tómala —le ofreció una—. Contiene proteínas, vitaminas y carbohidratos. Tu genética es excelente, pero el cuerpo también se fortalece con disciplina y buena nutrición.
Así pasaron los meses.
Nadaron en los océanos más peligrosos del planeta, desde un continente hasta otro. Hércules levantó rocas que pesaban toneladas y forjó su cuerpo con ejercicios milenarios. Kleon le enseñó también herrería ancestral: cómo fusionar metales con energía solar y darle forma con la mente. Finalmente, el muchacho creó su primera espada: una hoja plateada de estructura atómica perfecta, simbólica y letal.
Pero en las sombras del universo…
Hades observaba.
Desde su bastión oculto, sus ojos rojos seguían cada movimiento.
—Este mundo es mío —susurró con desprecio—. Y ya comencé a ejecutar mi plan.
Y mientras Hércules se fortalecía en cuerpo y alma… el destino de la humanidad comenzaba a temblar.

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