En la inmensidad del espacio, a bordo de su nave de mando, Zeus permanecía en silencio contemplando las estrellas. La cabina estaba sumida en una luz tenue azulada que pulsaba al ritmo del corazón estelar cercano. Frente a él, una pantalla de cristal etérico flotaba en el aire, proyectando constelaciones que giraban lentamente como si el universo respirara.
De pronto, una señal interdimensional alteró la quietud. El cristal se iluminó, proyectando una imagen en alta definición. En ella aparecía un joven alto, de rostro sereno, cabello rubio peinado hacia atrás y ojos claros como agua pura. Sus orejas, ligeramente en punta, delataban su linaje no humano. Vestía un uniforme ceñido de color blanco perlado con bordes dorados, en cuyo pecho brillaba el símbolo de la Federación Galáctica: un círculo entrelazado por siete estrellas y una llama central.
—Muy buenas, señor Zeus —saludó con cortesía—. ¿Se acuerda de mí?
Zeus inclinó apenas la cabeza, reconociendo de inmediato aquel rostro.
—Claro que sí —respondió con voz pausada—. Eres Ashtar Sheran, miembro de la Federación Galáctica.
El joven sonrió con respeto.
—Así es. Sé que te diriges a hablar con el líder del Sector 7, Anubis. También es mi superior directo. Imagino cuál es el motivo de tu viaje… quieres proteger a los seres del planeta Tierra.
Zeus asintió en silencio, atento a las palabras del muchacho.
—Mi mundo también fue amenazado —continuó Ashtar—. Era solo un niño cuando mi planeta fue destruido por una entidad ancestral conocida como Apocalit… un ser celeste creado por la naturaleza misma, cuyo propósito es desintegrar sistemas agotados para dar paso a otros nuevos. Destruye planetas… y hasta universos. Yo fui el único sobreviviente.
Un instante de silencio llenó el espacio entre ambos. Luego, Ashtar prosiguió con calma:
—Un ser compasivo me rescató. Vio en mí potencial. Me entrenó. Me ofreció un lugar en la Federación. Desde entonces, he jurado proteger a las razas esclavizadas. Sin embargo, hay leyes… y yo no puedo intervenir directamente en mundos que aún se encuentran en fase evolutiva temprana. Pero sí puedo ayudarte a que el Consejo de Ley Intergaláctica considere una excepción.
Zeus agradeció con una leve inclinación de cabeza.
—Eso ya es mucho, Ashtar. En este momento me dirijo a la galaxia Solaris, donde residen algunos de los celestiales ancestrales: Anubis, Horus… y otros más. Anubis no es solo líder, también actúa como juez en múltiples cortes galácticas.
Hizo una breve pausa y miró el infinito tras la ventana.
—Iré a exponer mi petición. No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo los humanos son catalogados como una amenaza sin remedio. Hay bondad en ellos… solo necesitan guía.
Ashtar lo observó con firmeza, pero también con comprensión.
—Buena suerte, Zeus. Lo que hagas hoy puede marcar el destino de toda una especie.
Zeus cerró la comunicación, y la proyección se desvaneció como niebla bajo la luz solar. Un silencio solemne volvió a llenar la sala de mando. Entonces, el dios activó el motor de salto dimensional. En un destello dorado, la nave atravesó el espacio rumbo a Solaris… al encuentro con el juicio que decidiría el futuro de la humanidad.
La nave de Zeus emergió del hiperespacio con una ráfaga silenciosa de luz dorada. Flotaba majestuosa frente al núcleo estelar de Solaris, una galaxia oculta para la mayoría de especies conscientes del universo, resguardada por escudos energéticos y constelaciones que cambiaban de lugar. Solo los autorizados por el Consejo de los Siete Sabios podían ingresar. Allí, en uno de los sistemas centrales, brillaba Heliakar, el planeta sagrado de los dioses egipcios, donde los juicios universales se llevaban a cabo.
Dentro de la cámara de equilibrios, un gran salón de cristal negro pulido como obsidiana, esperaba Anubis, el señor del paso y el guardián de las almas errantes. Vestía un manto plateado y un brazalete con símbolos que solo los jueces estelares podían portar. A sus espaldas, una enorme balanza energética latía, equilibrando las vibraciones de justicia y destino.
La puerta se abrió, y Zeus entró caminando con paso firme. Su túnica blanca bordeada en oro reflejaba el brillo de los astros que giraban lentamente fuera del domo transparente. A su lado caminaban Athena, con su armadura de luz nacarada, y Ares, cubierto de escarlata y acero, silencioso.
—Anubis —dijo Zeus con respeto, inclinando levemente la cabeza—. Gracias por recibirme. Sé que los juicios del nivel siete no suelen atender asuntos de mundos no integrados.
—No suelo hacer excepciones —respondió Anubis con voz grave, su rostro de chacal iluminado por los símbolos flotantes que giraban en torno a la sala—. Pero tú ayudaste en el Código de las Diez Dimensiones, y eso pesa.
Zeus dio un paso más, sus ojos brillando con una mezcla de urgencia y pesar.
—Vengo a hablarte de la Tierra.
Anubis entrecerró los ojos.
—Ese mundo... aún primitivo. Sin código de integración, sin evolución genética unificada, sin conciencia galáctica. ¿Para qué hablar de ellos?
—Porque no son solo números en un mapa estelar —respondió Zeus con intensidad—. Durante siglos los observé, los guié. Me vieron como un dios… sí, y lo lamento. No estaban listos para comprender que solo soy un viajero con tecnología avanzada. Pero dentro de ellos hay amor. Sueños. Y una luz que ni los grandes imperios de Andrómeda han logrado replicar.
Anubis se cruzó de brazos.
—¿Y entonces por qué los dejaste?
Zeus bajó la mirada.
—Porque no podía solo. Ares, Athena y yo apenas conteníamos las incursiones de los Zaurak, los piratas de energía del cinturón de Nexarion. Mientras tanto, la Tierra caía en guerras, cultos y manipulaciones. No era abandono… era límite.
—La ley galáctica dice que no se debe intervenir en mundos en proceso —dijo Anubis, con tono inquisitivo—. Y sin embargo, vienes a pedirme eso mismo.
—No vengo a pedir control —replicó Zeus—. Pido que la Federación Galáctica reconozca al planeta Tierra como especie en potencial de desarrollo consciente. Que se les permita recibir emisarios… maestros de mundos avanzados, no conquistadores, no salvadores… guías. Solo eso.
Anubis suspiró y se sentó en el trono de obsidiana.
—¿Y sabes que hay una propuesta para su exterminio?
Zeus asintió.
—Lo he oído. Por eso estoy aquí.
—Cuando fueron atacados por los Nephalem —dijo Anubis con dureza—, gigantes de Thalrok, creados con ingeniería genética por los señores oscuros de Velkar, la humanidad no tenía cómo defenderse. Por eso fueron aniquilados por el Diluvio Estelar.
Zeus parpadeó.
—¿El diluvio… no fue natural?
—Para nada —sonrió Anubis con cierto pesar—. Fue una decisión tomada por el consejo. Enki advirtió a un pequeño grupo de humanos. Les dio coordenadas. Naves. Pero pocos creyeron. Millones murieron. La raza se mantuvo… pero fragmentada.
Zeus apretó los puños.
—No entiendo. ¿Se prohíbe enseñarles, pero se les puede eliminar?
—No es tan simple. El equilibrio debe mantenerse. Si una raza representa amenaza para otras, y no aprende… se reprograma o se elimina. Así ha sido desde los tiempos de Hadar-Nyx.
—¡Pero no todos son una amenaza! —replicó Zeus con vehemencia—. He visto niños dar su comida a otros. He visto madres sacrificar su vida por amor. Artistas crear belleza sin pedir nada. ¿Qué civilización avanzada hace eso?
Anubis quedó en silencio.
—Zeus… —dijo finalmente—. Tu palabra es fuerte. Pero solo una emoción no puede sostener la balanza.
—Entonces… —preguntó el lider— ¿me permitirás presentar una propuesta?
Anubis se levantó lentamente. Su mirada no era de un enemigo, sino de un juez cansado de ver ciclos repetirse.
—Una oportunidad, Zeus. Solo una. Envía a tus guías. Pero si la humanidad cae de nuevo… esta vez no habrá aviso.
Zeus inclinó la cabeza, con gratitud y responsabilidad.
—Gracias… te prometo que esta vez no fallarán.
Athena dio un paso al frente. Ares simplemente asintió. El juicio había terminado.
Desde Solaris, el destino de la humanidad temblaba… pero aún respiraba.

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