Matar no fue la parte difícil.
Lo difícil fue ver sus ojos... y no sentir orgullo.
Bajo un templo en ruinas, entre espadas, cenizas y confesiones, Traytros comienza a entender que las verdaderas batallas no siempre se libran con balas, sino con preguntas que no tienen respuesta.
Apreté con fuerza el mango de mi espada… y me lancé hacia ellos.
El choque fue brutal. Entre golpes y patadas, logré derribar a un par para dispersarlos. Mientras nuestras espadas se cruzaban, noté que cada uno tenía atributos distintos: uno destacaba por su fuerza, otro por su agilidad. Calculé sus movimientos, observé sus debilidades. Y entonces lo entendí...
Yo era mejor.
En un momento quedé entre dos: uno delante y otro detrás. Se acercaron al mismo tiempo. Justo cuando iban a atacarme, me deslicé, esquivé, y contraataqué. Quedé a espaldas de uno y lo atravesé con mi espada.
Cayó de rodillas. Al sacar la hoja, la sangre brotó en un chorro espeso. El otro guardia me miró fijamente.
Su rostro lo decía todo: sorpresa, miedo, impotencia.
—¡KOBA!... ¡MALDITO, LO PAGARÁS! —gritó con rabia, lanzándose sobre mí.
Embestimos. Espada contra espada. En pocos movimientos, logré hundir mi hoja en su abdomen. Quedamos frente a frente. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No dijo nada, pero su mirada gritaba todo lo que sentía. Yo no mostré emoción alguna.
No estaba orgulloso. Pero era ellos… o yo.
Sostuve su cuerpo y lo recosté con cuidado en el suelo.
—Que tu alma descanse. Hiciste un buen trabajo —susurré, cerrándole los ojos.
Me incorporé, limpié mi espada, y me giré hacia los otros dos.
—Ya basta —les dije—. No quiero seguir peleando. No estoy satisfecho de arrebatar vidas. Por favor... no derramemos más sangre.
El líder me respondió con una calma profunda:
—En la guerra siempre es así. Pero peleamos porque amamos lo que hay detrás de nosotros, no porque odiamos lo que tenemos delante.
Aquellas palabras me congelaron.
Ellos no luchaban por odio. Luchaban por proteger.
Por su pueblo. Por hombres, mujeres, niños… para que pudieran vivir en paz.
¿Si ellos son los malos… por qué se siente tan mal esto?
¿Realmente el doctor Kraf y Thomas sabían lo que estaban haciendo?
¿O simplemente ejecutábamos lo que nos ordenaban?
—Muchacho —interrumpió el guardia—. Debemos terminar esto. Acabemos con esto de una vez.
Ambos empuñaron sus espadas y se lanzaron al ataque.
Apreté la mía, la coloqué en mi frente, cerré los ojos y recé:
—Padre nuestro que estás en el cielo… perdona los pecados de este hombre y líbranos de todo mal. Amén.
La batalla reanudó. Peleé con ambos a la vez. Eran rápidos… pero no lo suficiente. El líder tenía experiencia, sabía posicionarse. El otro tenía fuerza, pero no sabía usarla. Logré desarmarlo con un tajo y una patada.
Luego, tras varios choques, corté la mano del líder… y lo atravesé.
Se quedó de pie unos segundos, murmurando algo incomprensible… hasta que cayó.
El último guardia recogió su espada y se abalanzó sobre mí. Nuestras espadas chocaron, lanzando chispas como relámpagos. Ninguno estaba feliz por lo que hacía.
Con fuerza, desarmé al enemigo, lo herí, y lo derribé con una patada.
El polvo se levantó.
El enfrentamiento había terminado.
Guardé mi espada, recogí mi arma, y me dirigí a la entrada del templo.
—¿Estás feliz ahora? —preguntó el líder caído.
No respondí.
—Anda… acaba conmigo.
—No soy un monstruo. Solo hago lo necesario. Matarte… no lo es —le respondí.
Seguí mi camino.
El templo estaba vacío. Caminé entre las columnas esperando a Thomas.
Pero entonces, una vibración sacudió el suelo.
Alcé la vista. El techo se rompió.
Una criatura gigantesca cayó al centro del templo. Un gorila... no. Una mutación. Rugió con fuerza.
—¿Qué demonios es eso?
Comenzó la siguiente batalla.
Le disparé. La bestia arrancaba y lanzaba columnas como proyectiles. Me cubrí, esquivé, corrí. Solo. Nuevamente solo… frente a un monstruo de más de tres metros.
Mientras esquivaba sus embestidas, noté su punto débil: los ojos.
Disparé con precisión. Lo dejé ciego. Enfurecido, empezó a golpearlo todo, derribando columnas.
El templo comenzaba a colapsar.
Seguí provocándolo, pero la salida quedó bloqueada por escombros.
—¡Mierda!... ¿por dónde salgo ahora?
Entonces, entre los escombros, apareció Thomas.
—¡Por aquí! —gritó, señalando una grieta en la pared.
Corrimos, escapando por un pasaje estrecho.
Ya afuera, observamos cómo el templo se derrumbaba por completo.
Thomas me miró.
—Buen trabajo. Lograste sobrevivir.
—Gracias, fuiste de gran ayuda haciendo nada —le dije irónicamente.
—Mientras peleabas, estuve investigando. Debajo del templo había una estación de suministro nuclear… para consumo propio.
¿Consumo propio?
¿Entonces los guardias decían la verdad?
Todo se vino abajo. Maté a personas que solo trataban de sobrevivir en este mundo podrido.
Thomas notó mi silencio.
—¿Te pasa algo?
—¿Por qué lo hicimos…?
—¿Qué?
—¡¿Por qué lo hicimos, Thomas?! ¿¡QUÉ MIERDA ACABAMOS DE HACER!?
—¡Tuve que matar a esas personas inocentes! ¿¡PARA NADA!?
Thomas trató de calmarme:
—Traytros, hay cosas que no entenderás aún. Cosas con las que no estarás de acuerdo. Pero cuando lo tienes todo en contra… no puedes elegir.
—¿Qué quieres decir?
—Yo tampoco estaba de acuerdo. Pero servimos a nuestra nación. Estar en contra… es ser un enemigo.
—¿Y no podemos decir que lo que hacen está mal?
—Para eso existen los rangos. Cuando subas, lo entenderás.
Sus palabras no me consolaban.
Nos quedamos callados… hasta que llegó el helicóptero.
Durante el vuelo, observé desde la ventana… el pueblo destruido. Las vidas que borramos.
Nos crían para obedecer.
Desde niños nos programan para seguir órdenes.
No importa quién eres… ni lo que vivas.
Solo importa una cosa:
Cumple tu misión.
Ya en la ciudadela, me duché y traté de dormir.
Pero alguien tocó mi puerta.
Era Thomas.
—Acompáñame afuera —dijo.
Nos sentamos en una banca bajo la luna.
—Desde niños he querido protegerte, hacerte mejor que yo. Hay cosas que no son de tu agrado… ni del mío. Pero así es la vida. Yo lo aprendí de la peor manera.
Thomas comenzó a contarme una historia.
—Una vez, cuando era Cabo, nos asignaron destruir un punto enemigo. Al limpiar la zona, coloqué explosivos, pero oí gritos… débiles… de ayuda. Venían de una puerta subterránea. La abrí y había personas ahí, desnutridas, muriendo.
Llamé a mis superiores. Me preguntaron:
—¿Era eso parte de su misión, soldado?
—No, señor. Pero…
—Entonces cierre esa puerta.
—¡Pero señor, son personas! Podemos…
—¿¡ME ESCUCHÓ, SOLDADO!? ¿¡QUIERE SER ACUSADO DE INSUBORDINACIÓN!?
—No, señor…
—Entonces cierre esa puerta y destruya todo.
—Y lo hicimos —dijo Thomas, en silencio.
Regresamos al presente.
—Así fue como conocí la realidad —concluyó, mirando la luna.
—A veces pienso en tener una familia —continuó—. Hijos, esposa… pero soy un soldado de alto rango. Me mandan a las misiones más difíciles. Nunca sé si volveré.
—¿Y por qué no renuncias? —le pregunté.
Me ignoró.
—¿Has pensado en tener novia?
Me sonrojé.
—¿Qué? ¡Bueno... no sé! ¿Para qué? O sea… tú sabes…
—Eres joven, tienes 22. Conocerás a muchas. Pero cuidado: el amor es hermoso, pero cuando amas… te vuelves débil. Harías cualquier cosa por proteger lo que amas.
Por primera vez, hablábamos como humanos. Como hermanos.
Nos quedamos mirando la luna.
Entonces Thomas se levantó.
—Bueno, a dormir. Mañana no querrás salir mal en las fotos.
—¿Qué fotos? —pregunté, confundido.
—Ups… parece que me adelanté. El doctor debía decírtelo —se rascó la nuca, sonriendo.
—¡Oye! ¿De qué hablas? ¡Dime!
—Jajaja… descúbrelo por ti mismo.
Caminamos juntos hacia nuestras habitaciones, entre bromas y un clima tranquilo.
Mañana… parecía que algo importante iba a suceder.
....
💬 ¿Y tú?
¿Qué harías si descubrieras que todo lo que creías... fue programado en ti?
Comenta, vota y comparte si quieres leer más. Tu apoyo le da vida a esta historia.

Comments (0)
See all