Volumen 1: El Origen de Todo
Capítulo 03: “El primer aliento”
El rostro de un ser colosal se hallaba peligrosamente cerca del suyo. Su sonrisa… era ancha, alargada, casi antinatural.
¿Por qué me he vuelto tan pequeño?
El pensamiento emergió con una inquietud profunda, tan viva como el miedo que le oprimía el pecho.
No sabía dónde estaba. Ni siquiera por accidente, ni siquiera por intuición. Todo lo que lo rodeaba era una amalgama borrosa. Pero lo que sí sabía, con absoluta certeza, era que esa cosa frente a él no era humana.
El tamaño de su cabeza bastaba para atestiguarlo.
“Valon thain’ria, nai varos.”
“Ilun’reth tarial, kai ul’varion.”
Palabras desconocidas resonaron en el aire, entonadas con solemnidad.
No entendía su significado, pero había algo en ese lenguaje —la cadencia, el tono, lo ajeno— que lo inquietaba hasta los huesos.
El rostro gigantesco se retiró, por fin. Solo entonces pudo contemplar su entorno: parecía una habitación… aunque llamarla así sería un error. Nada en ese lugar encajaba con lo que él conocía. Las formas, los objetos… eran irreconocibles.
Su cuerpo, como si flotara, fue trasladado lentamente hasta una nueva figura.
Una mujer.
A diferencia del primero, esta silueta poseía una presencia serena y una belleza cegadora. Etérea. Irreal. No era humana… o al menos no del todo. Había algo sublime en sus rasgos, una perfección tan pura que dolía mirarla demasiado tiempo.
Sin pensarlo, estiró los brazos hacia su rostro.
No sabía por qué lo hacía. Solo… lo necesitaba. Una calidez lo envolvía desde dentro, una sensación tan suave, tan luminosa, que le resultaba imposible resistirse.
Qué extraño…
Era paz. Era plenitud.
Como si, por primera vez, su existencia estuviera en armonía con todo lo que lo rodeaba.
Le encantaba esa sensación.
Pero entonces, algo lo detuvo.
Como si una aguja invisible lo atravesara por dentro, el hechizo se rompió en un instante. Una comprensión repentina lo congeló.
Sus manos, que habían estado a punto de rozar aquel rostro celestial, quedaron suspendidas en el aire. Las miró.
Pequeñas.
Ridículamente pequeñas.
¿Por qué mis manos…? ¿Por qué mis brazos son así?
¿Son como los de un bebé?
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras el pensamiento cobraba fuerza.
No… no es que parezcan de un bebé. Es que… lo son. Yo soy un bebé.
El silencio se hizo más pesado. Nada tenía sentido. Pero eso, al menos, parecía una verdad clara.
Todo esto es tan extraño… pero al menos creo saber quién soy. O qué soy.
Mientras intentaba entender su situación, la mujer lo alzó con ternura. Lo acercó lentamente a su rostro y lo frotó con suavidad contra su mejilla.
El gesto era cálido. Amoroso.
Ella lo envolvió con cuidado entre sus brazos, como si su frágil cuerpo fuera algo sagrado. Luego acarició su rostro con una dulzura imposible de describir.
Creo que se lo que está sucediendo…
Sé que no debería apresurarme, pero… todo indica que he reencarnado. No se me ocurre otra explicación.
…
Uf…
Qué alivio.
Estoy vivo.
Un suspiro largo y silencioso se formó en su interior. No pudo evitarlo.
Había creído que todo se había desvanecido en aquella inmensidad oscura. Que su conciencia se extinguiría como una chispa solitaria. Pero no. Seguía ahí, respirando, sintiendo, pensando… dentro de un cuerpo nuevo.
Y con todos sus recuerdos intactos.
¿Dónde estoy…?
Había demasiado que no entendía. Sin embargo, una cosa le resultaba extrañamente clara: aquellas dos figuras que hablaban en un idioma ininteligible… debían ser sus padres.
No necesitaba más pruebas. Había algo en la forma en que lo sostenían. Algo invisible, cálido, reconocible.
La mujer, en particular…
Esto debe ser lo que llaman amor maternal.
Nunca lo había sentido en su vida anterior, pero no hacía falta experiencia para saberlo. Lo que emanaba de ella era eso. Un amor primitivo. Instintivo. Real.
Mientras esas voces seguían intercambiando palabras suaves, él trató de absorber cada detalle posible dentro de su limitado campo de visión.
Sí… era una habitación.
Pero no como las que recordaba. Esta parecía hecha de madera envejecida, cubierta de polvo, con zonas visiblemente dañadas… incluso quemadas.
Definitivamente, no es el tipo de lugar donde uno imaginaría nacer. Yo no elegiría algo así.
Lo lógico sería… un hospital. Un cuarto esterilizado. Tecnología. Seguridad.
Pero se obligó a dejar esos pensamientos de lado. No conocía su historia.
No tengo derecho a juzgarlos tan pronto.
Entonces, algo llamó su atención. No era nada extraordinario, pero tenía peso para él.
La ropa de sus padres.
O mejor dicho, los harapos que llevaban encima.
Estaban cubiertos por largas tiras de tela maltratadas, llenas de agujeros y desgarrones. No parecían prendas normales, ni funcionales, ni dignas de seres que acababan de traer una nueva vida al mundo.
Y, aunque no respondía directamente a la pregunta de dónde estaba, sí le daba una idea.
La situación no debe ser buena.
En mi vida anterior nací en una familia rica, pensó, pero el dinero nunca trajo consigo amor. Nunca me abrazaron así. Nunca me miraron así.
Tal vez… esta vez sea distinto.
No. Esta vez va a ser distinto.
Hasta ahora, todo lo que había visto apuntaba a algo que jamás había conocido: cariño sincero.
Comprender la situación en la que vivía su familia no le provocó tristeza. Ni lástima.
No la necesitaba.
El simple hecho de que sus padres lo miraran con sonrisas tan amplias, llenas de luz… eso ya era suficiente.
Pero entonces, algo en su madre capturó su atención. Un detalle exótico, inadvertido hasta ahora, lo dejó completamente perplejo.
Además de esos ojos rosados, tan vivos y etéreos —que recién notaba con claridad a pesar de haberlos visto varias veces—, lo que realmente lo sorprendió fueron sus orejas.
¿Eh…?
Eso no es humano.
Jamás vi unas orejas así en mi mundo…
Eran puntiagudas. No del todo largas, pero lo suficiente como para que resultaran ajenas a cualquier ser humano que él conociera.
Mi mundo, ¿eh…?
El pensamiento se deshizo en su mente como niebla.
Empiezo a dudar si este lugar siquiera pertenece al mismo universo.
Intentó apartar esas divagaciones.
Había demasiadas cosas que no entendía todavía.
Si ella tiene esas orejas…
Lo más probable es que yo también, ¿no? Después de todo, soy su hijo…
Casi por instinto, sus diminutos brazos se extendieron hacia las orejas de su madre, moviéndose torpemente.
Ella, al notar el gesto, sonrió con ternura. Parecía haberlo entendido sin necesidad de palabras.
Con una dulzura que solo alguien profundamente enamorada de su hijo podía transmitir, inclinó el rostro y acercó una de sus orejas a él.
Las pequeñas manos del bebé temblaron al contacto, pero lograron tocar la superficie deseada.
Y en ese momento…
¡Son hermosas!
Frías… pero tan suaves. Tan… adorables.
No puedo dejar de tocarlas.
Su mente infantil vibraba de emoción.
Esto podría volverse adictivo.
Mientras lo observaba, la mujer le regaló una mirada satisfecha. Una mezcla de orgullo y felicidad contenida, como si dijera sin decir: “Así está bien. Te tengo. Estoy feliz.”
Unos segundos después, ella se apartó lentamente, retirando la oreja con suavidad.
Él la miró desde abajo con desagrado. No quería que se alejara. No tan pronto. Aún no había terminado de explorar aquella maravilla sensorial.
Pero entonces… algo inesperado ocurrió.
Una cosa oscura, alargada y suave, se deslizó frente a su rostro. Lo rozaba con movimientos lentos, rítmicos.
Su madre había elevado un poco el cuerpo. Y ese objeto… lo seguía, oscilando de un lado al otro.
¿Qué es esto…?
¿Por qué se mueve solo…?
Lo atrapó con ambas manos y lo sujetó con fuerza. El tacto era blando, orgánico… como carne tibia.
¿Está viva esta cosa…?
Jugó un momento con él, más por curiosidad que por diversión.
Pero el cansancio lo venció antes de llegar a alguna conclusión.
Sin decir nada, simplemente… cerró los ojos.
Su cuerpo se acurrucó con naturalidad en los brazos de su madre.
Y, como si el mundo se desvaneciera con un suspiro, se quedó profundamente dormido.
-CONTINUARA-

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