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Overmage: Reencarné en un mundo sin magia… así que decidí crearla

Capítulo 04: “¡Nuestro hijo!”

Capítulo 04: “¡Nuestro hijo!”

Aug 24, 2025

Volumen 1: El Origen de Todo

Capítulo 04: “¡Nuestro hijo!”

 

La situación era desesperada.

Habían escapado de la ciudad, sí… pero solo a duras penas. Y justo cuando creyeron haber recuperado un atisbo de libertad, apareció un grupo. No eran simples soldados. No. Aquellos que los perseguían tenían una presencia distinta. Afilada. Especial. Y no les darían tregua.

El camino hasta aquella casa casi en ruinas, apenas sostenida por sus propios cimientos podridos, fue una tortura en todos los sentidos. Cada tramo del recorrido estaba salpicado de obstáculos: raíces traicioneras, espinas ocultas entre la maleza, lomas resbaladizas cubiertas de barro seco. Y a eso se sumaban los pasos, siempre cerca, de sus perseguidores, obstinados en impedir que escaparan.

El bosque no ayudaba.

Pero nada de eso era el verdadero problema.

El verdadero infierno era que ella… estaba embarazada. Y el momento del parto se acercaba.

Recorrer una zona tan hostil, cargando con la vida en su vientre, atravesando la amenaza constante del dolor y la muerte… era demasiado.

Demasiado para cualquiera.

Incluso para ella.

Y aun así, sobrevivieron.

Lograron llegar a aquella casa oculta entre los árboles, en medio de la nada.

Durante un instante, él creyó que perdería a su hijo.

El miedo lo consumía por dentro, pero no era por sí mismo, ni siquiera por el bebé.

Su mayor temor era perderla a ella.

Si los encontraban, todo terminaría.

Y si tengo que elegir, la elegiría a ella…

Incluso por sobre nuestro hijo…

Ese pensamiento lo aplastaba como una piedra en el pecho.

Pero entonces, ella lo miró.

A pesar del sudor que perlaba su frente, a pesar del dolor que desgarraba su cuerpo, su mirada estaba llena de determinación.

Pura. Inquebrantable.

En ese momento, algo cambió dentro de él.

La duda no desapareció. Seguía sin saber qué hacer, sin saber cómo actuar. Pero esa mirada… esa sola mirada encendió una chispa en su interior.

No había nadie más. Ninguna mujer mayor con experiencia.

Solo estaban ellos dos.

Así que se arremangó.

Y decidió hacerlo.

Guiado por las palabras entrecortadas de su esposa, hizo todo lo posible.

Su único objetivo era que el niño naciera con vida.

Rasgó un trozo de su propia ropa y lo colocó entre los dientes de ella.

“Muérdelo con fuerza… no debes hacer ruido”, murmuró, con la voz trémula.

No podían permitirse ni un solo grito.

No allí.

No mientras ellos aún los buscaban.

Y entonces, por algún milagro… todo salió bien.

Cuando sostuvo al bebé en sus manos, el mundo se volvió extraño.

Sin pensarlo, lo acercó a su rostro y lo acarició con torpeza, con ternura.

Estoy tan feliz… Tan feliz de que estés aquí…

Pensar que soy el padre del hijo de la mujer que más amo en este mundo… ¡Todavía no puedo creerlo!

Fui un idiota al pensar que no debías nacer por nuestro bien… Lo siento… Lo siento mucho, hijo…

Las lágrimas se deslizaban por su rostro sin freno, cayendo como lluvia sobre sus mejillas, mezclándose con una sonrisa que solo podía nacer de lo más profundo del alma.

“¡Este es mi hijo!” exclamó, con una voz temblorosa y colmada de emoción.

Pero aquel momento de gloria fue interrumpido por un sonido seco.

Un leve chasquido de lengua.

“¡Nuestro hijo!” murmuró ella con suavidad, esbozando una mueca de ternura.

Y en ese momento, él comprendió que el verdadero terror aún no había comenzado.

Pero incluso ahora, en su debilidad, seguía siendo fuerte.

“Tienes toda la razón, Ariel. Se trata de nuestro hijo”, susurró él mientras depositaba al bebé con suavidad en los brazos de su esposa. Luego, sin dudarlo, besó su frente con ternura.

“¡Qué lindo que es!”

“¡Qué lindo que es!”

“¿¡Cómo puede ser tan lindo!?”

“¡Es mi hijo!”

“¡Es mi hijo!”

Las exclamaciones de Ariel eran tan puras y desbordantes que solo podía observarla con una sonrisa torcida, resignado pero enternecido.

¿Y ahora quién es la mala…?

¿No se suponía que era nuestro hijo…?

Aunque mejor me callo. Ariel da mucho miedo cuando la contradigo.

Entre los hombres, existía una regla tácita pero sagrada: nunca discutir con la esposa. Era una batalla perdida desde antes de comenzar.

“Es una combinación de tus rasgos, Inir, y los míos… Aunque así debe ser un hijo, ¿verdad?”, murmuró ella, dejando escapar una risita torpe que contrastaba con la emoción en sus ojos.

Verla tan animada, tan llena de luz, le producía una sensación extraña. Como si el alma se le aligerara.

“¡Tienes razón! Tiene tus ojos rosas y mi piel morena. Es el fruto de nuestro amor, Ariel”, respondió él, con voz cálida, mientras se sentaba a su lado. Se inclinó apenas, buscando el contacto de su cuerpo, y ella se acurrucó contra él sin necesidad de palabras.

Y así, simplemente se quedaron allí.

Pasaron varios minutos en silencio. No hacía falta decir nada. El sonido de la respiración tranquila del bebé, el crujido leve de las ramas afuera, y el calor que compartían era suficiente.

En un momento, el pequeño alzó sus manitas hacia las orejas puntiagudas de Ariel, moviéndolas con torpeza pero decidido. Ella, encantada, inclinó un poco la cabeza, acercándole las orejas para que jugara sin problema. Reía en silencio mientras él las agarraba con sus diminutos dedos.

Inir los observaba en silencio, pero en su interior, una chispa de celos infantiles brotó.

Yo también quiero jugar con sus orejas…

Como si leyera su mente, Ariel giró la mirada y lo atravesó con una sonrisa pícara.

“No te pongas celoso de tu hijo, Inir. Después te dejo morderlas… si quieres”, dijo, con un tono sugerente que contrastaba deliciosamente con sus mejillas encendidas.

Por un segundo, Inir se quedó congelado.

Es Una mujer peligrosa…

Pero no podía negar que su corazón se agitaba de emoción.

“¡Eh!… ¡Ehhh! No estoy celoso… pero… acepto con gusto”, respondió al fin, desviando la mirada con torpeza, intentando mantener la compostura que ya no tenía.

A pesar de la incomodidad, su sonrisa no se desvaneció. Todo lo contrario.

Me cuesta creer que, aunque estemos en un lugar tan simple, siento que estoy en el paraíso…

Estar aquí, con mi esposa e hijo… es algo que jamás imaginé. Estoy feliz.

Ojalá podamos tener más momentos como este…

Cuando sea más grande, quiero enseñarle a hablar, leer, escribir… todo lo que sé.

El pensamiento se deshizo en el aire junto con un suspiro que llevaba consigo cansancio, alivio… y esperanza.

-CONTINUARA-

nicolasreynoso6868
Sluk

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