–Hola ¿Cómo te llamas, elfo? Mi nombre es Anzhelika.- Una joven no mayor de 15 años de gran sonrisa y un largo cabello castaño obscuro en dos trenzas le saludaba. Su energía era contagiosa, y Lanzeloth supuso que debía ser la hermana de Nikolay. Tenía un aire alegre y vivaz, más parecido al de su madre que al de su hermano, con quien contrastaba notablemente.
-Hola, mi nombre es Lanzeloth, tú eres la hermana de Nikolay ¿Verdad?, pensé que serías más pequeña, pero parece que eres más alta que yo— Lanz, como todo un caballero tomó la mano de la joven y besó el dorso de su mano, haciendo que la chica avergonzada soltara una risita, el moreno era amable con las mujeres solo por mera cordialidad, sin ningún interés escondido.
-Si, Niko es mi hermanito favorito.— Mencionó con una sonrisa a su hermano, quien llevaba los platos ya servidos a la mesa antes de sentarse junto a ellos.
-No es como que tengas otro ¿O sí?—Mencionó el mayor sonriéndole a su hermana, siendo aquella vez, la primera en que el elfo lo veía sonreír genuinamente, sus ojos se abrieron ligeramente y su corazón dio un latido fuerte cual trueno. Viendo como sus delgados labios dejaban ver los dientes de su sonrisa. En un instante, el tiempo pareció detenerse para el moreno, quien se fijó en cada pequeño detalle: los dientes ligeramente desiguales y encimados, el destello de emoción en sus ojos a través de sus lentes circulares… Era encantador.
La risa de la chica lo sacó de sus pensamientos, el mago le sirvió un plato y vertió té en su taza de cristal, se sentía extraño, su estómago daba vueltas. ¿Era nerviosismo? ¿Era por lo que había pasado en la habitación? Porque estaba seguro de que hambre no era.
-Mamá, mañana voy a llevar galletas a la escuela. Tendremos venta y quedé de llevar una caja, Dora llevará pastelillos y Lauren, conserva de manzana. Si todos en el salón logramos vender todo, podremos quizá construir otra aula ¿Te imaginas? Ya no tendremos que compartir grupo— La chica dijo mientras se acomodaba en su silla, con los ojos brillando de emoción.
Lanzeloth notó que, a diferencia de otras chicas del pueblo, Anzhelika llebava pantalones. Aquello no era por rebeldía, sino por pura funcionalidad. Era una niña que corría, repartía pedidos del taller, y vivía con los pies en movimiento. Aunque esa elección no siempre era bien recibida por su madre ni por algunos vecinos, su hermano estaba de acuerdo en que usara lo que quisiera. Pero en fiestas o reuniones importantes, usaba vestido.
-Entonces te ayudaré a prender el horno más tarde, mientras tanto, vamos a comer. — Mencionó la jefa de familia al llegar, se sentó en la mesa y elevó ligeramente sus palmas para dar gracias por los alimentos, cerró sus ojos al igual que sus dos hijos.
--Gracias señor Veles, por proveer las verduras cosechadas en tus fértiles huertos, llena de bendiciones las manos de quienes cosecharon, los animales sacrificados y las manos de quienes cocinaron. Te damos gracias. Que tu bendición permanezca en este hogar.—
Siendo aquel ultimo rezo de gratitud repetido por los hijos Petrov, iniciando la comida, Lanzeloth quien solo cerró los ojos durante el rezo, también probó bocado, eran unas ricas chuletas de cerdo con tortitas de papa. El aroma era delicioso; el sabor, aún más. Intenso, especiado, con un picor inesperado que acariciaba el paladar sin llegar a quemar, podía distinguir: Pimienta, jengibre, cebolla, apio, romero y varios otros que no podía identificar. El picor estaba presente, aunque sabía que no había pimientos, no era de ese tipo de picor.
-¿Qué te parece?— preguntó Martha con una sonrisa amplia, ansiosa por conocer la opinión del visitante.
-Está muy rico, veo que usted condimenta mucho la comida, tiene mucho sazón. De dónde vengo, no es tan común condimentar tanto la comida, aunque a mí me gusta el picante, la carne picante es mi comida favorita.— respondió Lanzeloth, comiendo con tranquilidad y bebiendo su té. La comida era reconfortante, cálida, impregnada de ese calor familiar, uno que a veces extrañaba.
Nikolay por su parte, comía en silencio, estaba nervioso, no se podía sacar de la cabeza aquel suceso íntimo en su habitación, estaba más callado de lo normal, viendo su plato mientras comía, sin levantar la mirada, estaba avergonzado de sí mismo, siempre se contenía cuando se sentía de “esa” manera “¿Por qué no lo detuve? Nos pudieron haber descubierto” pensó para sí mismo. Para su madre no era de extrañar ese comportamiento, estaba acostumbrada a la actitud reservada de su hijo.
-¿De dónde vienes, Lanzeloth? Por tu apariencia, pareces un tipo de elfo que no es común aquí… Bueno, ningún tipo de elfo es común aquí, pero, me refiero a que no sabía que los elfos podían tener esas líneas. ¿O acaso son tatuajes? Mi conocimiento de elfos no es muy vasto, me disculparás, además de que pocos elfos van en solitario. — Comentó Martha mientras veía al peliblanco, pensaba que sería un bárbaro a juzgar por su ropa, pero realmente comía de forma muy correcta usando los cubiertos correctamente, le agradaba.
-De donde yo vengo hay muchas islas, algunas son mágicas, otras no, todo depende del área donde uno esté, pues tenemos “áreas humanas” que es en dónde hay pueblos o reinos pequeños. El archipielago donde vivo se llama Kirei. El área donde vivo hay criaturas mágicas como: hadas, dragones de agua, peces gigantes y aves de hermosos plumajes en primavera, en verano hay una gran cantidad de flores silvestres, algunas son inofensivas, pero hay otras que devoran lo que se atreva a tocarlas.— Sonreía al recordar su tierra, era bella y cautivante. Una completa contradicción con las áreas no mágicas, cómo el aburrido Peski, donde apenas y se veían algunas pocas criaturas efímeramente mágicas, aquella aldea formaba parte de un territorio muy simplón.
-Que bonito suena, debe ser verdaderamente hermoso, cuando era joven llegué a viajar con mi esposo antes de casarnos. No fue muy lejos o mágico, pero fue maravilloso, estuvimos en una montaña nevada lejos de aquí, nos quedamos en una cabaña toooooda una semana, solos él y yo.- Suspiró al recordarlo, el intenso amor devoto que sentía por su difunto esposo perduraba hasta esos días, Aunque tuvo la oportunidad de conseguir otro marido, siguió sola con sus niños, nadie podía igualar o acercarse al amor que Martha aún tenía por su esposo.
--Luego de ese viaje nos casamos y comenzamos a construir nuestra casa. Pero incluso también se llevó un par de veces a Niko cuando era niño ¿No es así? Cuando tu papá iba de viaje— Preguntó la mujer a su hijo, el cual los miró un poco desorientado, intercambiando miradas con ambos y asintió sin más, pasando bocado.
-Si, pero no era tan común, Papá decía que no debía faltar a la escuela. Pero si, un par de veces fui con él a un pueblo pequeño y a un reino para los que a veces trabajaba—Mencionó recordando aquellas ocasiones fugaces, De niño, era tímido, caminaba pegado detrás del pantalón de su padre, temeroso ante lo “grande y lujoso” que le parecía todo en comparación con su pueblo rural. Su mirada reflejaba una gran nostalgia y dolor punzante en el pecho al recordarlo, extrañaba a su padre. Lanzeloth pudo notar eso, y algo en su pecho se contrajo.
A pesar del comentario nostálgico, la plática siguió amena, parecía que Lanz y Martha se llevaban bastante bien, hablando sobre comida, ropa y viajes. Luego de beber de su taza de té, la señora prosiguió.
-Suena como todo un sueño, que emocionante poder ser un viajero. Aunque amo mi vida en Peski, no negaré que también quisiera viajar de vez en cuando… Aquí la vida es muy aburrida y monótona. Quizá cuando me retire finalmente y Niko se encargue también del taller, pueda viajar… Al menos un poquito— Hablaba con entusiasmo esperanzador sobre el futuro, ella veía a su hijo atendiendo el taller de pociones en un futuro, inclusive quizá también su hija, pues el plan era que ella también aprendiera el oficio de las pociones, pero principalmente esperaba que su hijo mayor se encargara de la familia. A lo que Nikolay solo levantó la mirada viendo a su madre, no sonreía, solo era algo que “aceptaba” con resignación, con una frustración que sentía aplastarle silenciosamente.
Lanzeloth captó esa tensión de inmediato: los hombros de Nikolay le delataban, su mirada cansada hablaba más fuerte que las palabras. Para un lector de rostros como él, aquellas líneas de fatiga eran imposibles de ignorar.
—Es el legado familiar, ¿no? —dijo Lanzeloth, intentando suavizar el ambiente—. Quizá Anzhelika también ayude en el taller. ¿verdad? ¿Qué te gustaría hacer?- Sonrió un poco nervioso, quería hablar con el pelinegro, pero… No podía hacerlo ahí. Buscaría un momento después de la comida.
—Quiero ser panadera —respondió, con una sonrisa que iluminó la mesa—. Adoro hornear postres… Aunque mamá insiste en que aprenda a preparar pociones. Aún no lo decido.— A diferencia de su hermano, Anzhelika no era presionada por su madre y el pueblo en ser algo o alguien, ella era quien quería y hacía lo que quería.
Al terminar la comida, Lanzeloth agradeció la hospitalidad ofreciéndose a lavar los platos, cosa que Martha no permitió pues el era la “visita” y además porque estaba “herido”.
--Creo que me siento mejor, de verdad la pócima que me dieron fue muy efectiva, tenía un sabor curioso, pero ya puedo continuar mi viaje— Era parcialmente mentira, pues aunque no tenía ningún hueso roto, el dolor en los músculos de su cuerpo había desaparecido por completo.
-Bueno hijo, me alegra que ahora estés mejor, las pociones de mi familia son las mejores en toda la región. Cuando necesites alguna, puedes venir.—La madre de Nikolay estaba feliz de tenerlo de visita, pero Lanz debía seguir su camino.
--Han sido muy generosos conmigo, créame que le regresaré con creces su hospitalidad, nunca olvido a quien ayuda a un viajero necesitado. La próxima semana volveré para traer su encargo. Ya me pondré de acuerdo con su hijo para el pago y lo demás, de eso no se preocupe.— Abrazó a Martha con gesto caballeroso, besó suavemente el dorso de su mano y se inclinó en una reverencia ligera antes de dirigirse a la puerta. Allí encontró a Nikolay en el umbral, con su expresión pensativa aún intacta.
-¿Me acompañarías de regreso? No se llegar a la posada desde aquí— Le miró sonriente, pues era otra mentira más, el más alto, quien solo le miró de regreso con algo de inquietud, sin decir palabra sólo aceptó, pensaba para sí mismo “Es un pueblo pequeño ¿Para qué necesita mi ayuda?”.
La lluvia había cesado y el ocaso bañaba las calles húmedas, salpicadas de charcos brillantes y acompañadas por el croar lejano de las ranas. Lanzeloth ya no fingía dolor; la poción había borrado toda molestia. El bibliotecario no hablaba, ni siquiera le dirigía la mirada, solo andaba a su lado.
--¿Has pensado tomarte un tiempo para ti? Quizá alejarte de todo pueda ayudarte. No sé, algo como un viaje para descansar… noté tu mirada cuando tu madre hablaba sobre dejarte el taller. ¿No quieres atenderlo?– Preguntó con sinceridad, sorprendiendo un poco al mago, pues él pensaba que quizá querría hablar de lo que había pasado en la habitación, no de eso. Levantó la mirada hacia el bajito.
—Me gustan los dos oficios; ese no es el problema —dijo con simpleza mientras sus pasos mojados crujían la grava. El aroma fresco de la tierra recién humedecida resultaba relajante, al igual que la brisa húmeda acariciando sus rostros.
—¿Entonces cuál es el problema? —preguntó Lanzeloth, genuinamente curioso. Durante el andar se acercó un poco al lado del mago; le gustaba esa cercanía, deseaba entender sus dilemas.
—Quiero mejorar mis encantamientos. Siento que estoy estancado. Hacerme cargo por completo del taller… limitaría mi tiempo de estudio y práctica. Me apasiona aprender, estudiar y crear. Quiero ser un mejor hechicero, quizá incluso inventar nuevos encantamientos. Leo muchos textos de encantamientos, pero muchos los conozco solo en teoría, nunca en la práctica— Se expresó con sinceridad, esa era una genuina preocupación, tener que cargar con los dos trabajos sería un peso enorme sobre sus hombros. Y aunque estaba seguro de que si la situación llegaba, lo lograría, no quería enfrentarlo aún. Incluso decirle a Lanz algo tan importante para él… le molestaba, no le gustaba abrirse con los demás.
—No tienes por qué atender los dos lugares tú solo —respondió Lanz con suavidad —Tal vez tu hermana podría ayudar en la biblioteca. No es una niña; demuestra iniciativa y responsabilidad. No estás solo en esto.- Intentaba comprenderle aunque, no lo conocía del todo, pensaba que era bueno en la magia, si la señora Martha tenía razón, Nikolay era un prodigio, un botón que no había florecido aún, intentaba ser amable y sonreírle a aquel hombre que le veía con dureza.
—Nadie cuidaría la biblioteca como yo —protestó el mago—. Es el legado de mi padre y debo preservarlo. Pero tampoco puedo descuidar el taller de pociones; nadie domina esas recetas como mi madre y yo. ¿Ves a lo que me refiero?— le miró con frustración, estaba hastiado, cuestionándose también por qué seguía hablando de esas cosas con ese elfo. Se estaba comenzando a enojar, su caminar se aceleró alejando un poco al peliblanco.
-Creo que unas vacaciones no te vendrían mal, puedes tomarte un tiempo y luego volver. Puedes practicar magia, descansar o no sé, lo que se te venga en gana.— Notó como el otro se alejaba, estaba a la defensiva, pero aun así continuó. –Piénsalo, al menos mientras tu madre pueda hacerse cargo en tu ausencia del taller y quizá hasta tu hermana puede encargarse de la biblioteca, tú también lo hiciste cuando eras más joven que ella ¿No? Quizá ella también pueda.—Lanzeloth intentaba animarlo acercándose un poco más, notaba el fastidio en su mirada, sus ojeras estaban más marcadas al fruncir el cejo, parecía que iba a explotar en cualquier momento.
--Si, lo voy a pensar Lanzeloth. Gracias por preocuparte por mí, pero no es necesario—Resumió cortante el mago, soportando las ganas de responderle duramente y explicarle porqué todo eso no era una buena idea. Sólo le hacía sentirse más confundido respecto al elfo.
Notó la cercanía del otro y dio un paso al costado para alejarse, era demasiado invasivo a su espacio personal, esto hizo arquear la ceja del ofendido elfo en indignación.
--Solo lo dices para que me calle ¿Verdad? Se te nota en la cara. Pero está bien Niko, lo respeto. En serio deberías pensarlo, creo que te haría bien…-- Notó como el otro ni siquiera lo miraba, suponía que había cruzado el límite del pelinegro. Suspiró suavemente y le sonrió, haciendo que el mago frotara el puente de su nariz buscando no estallar.
--No es eso—Mentía, si era eso –Es solo que nadie lo haría como yo, me preocupa que las cosas salgan mal con la biblioteca o con el taller de mi madre durante mi ausencia.— No quería ver al elfo, notó como le sonreía, eso lo ponía nervioso y le molestaba al mismo tiempo, no quería más confusión, su cabeza dolía.

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