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Overmage: Reencarné en un mundo sin magia… así que decidí crearla

Capítulo 10: “Tan solo soy un pequeño bebé reencarnado.”

Capítulo 10: “Tan solo soy un pequeño bebé reencarnado.”

Aug 26, 2025

Volumen 1: El Origen De Todo

Capítulo 10: “Tan solo soy un pequeño bebé reencarnado.”

 

¡Ahhhhhhh!

Gritó en silencio, ahogado en sus pensamientos, con un miedo tan profundo que parecía desgarrar su alma desde adentro. Las lágrimas le corrían sin control por las mejillas, y los sollozos, apenas audibles, brotaban de su pequeña garganta como los de un recién nacido.

Porque eso era lo que era ahora. Un bebé.

El pánico lo rodeaba como un velo helado.

No entendía nada. Nada tenía sentido.

¿Dónde estoy…?

Con esfuerzo, giró levemente la cabeza. Sus movimientos eran torpes, lentos, apenas una rotación mínima de su cuello, pero fue suficiente para captar lo que lo rodeaba.

Entonces, lo recordó.

Fragmentos dispersos como espejos rotos en su mente: la huida, los pasos apresurados, las voces desesperadas, el miedo que se respiraba en el aire. Su familia escapaba… de algo. De alguien.

Y luego, oscuridad.

La última vez que había estado consciente, corría con ellos. O, al menos, era llevado entre sus brazos mientras lo hacían. Huían de perseguidores.

El recuerdo aún dolía. Una punzada de tristeza se alojó en su pecho.

Es probable que nos hayan alcanzado… y que ahora esté prisionero.

Quiso levantarse, ver con claridad el lugar en el que se encontraba. Pero no pudo. Su cuerpo, diminuto y frágil, no le respondía. Los músculos eran débiles, y su voluntad, atrapada en ese cascarón infantil, era incapaz de liberarse.

Al menos… no parece que me hayan hecho nada raro. O eso quiero creer.

La incertidumbre se enroscaba en su mente como un espino invisible.

Solo espero… que mamá y papá estén vivos. Sé que es casi imposible, pero… no pierdo nada creyendo que podrían haber escapado.

Sus pensamientos se volvieron más pesados.

Me gustaría vivir con ellos. Una vida tranquila… aunque sea simple. Ellos se sacrificaron por mí. Pocas personas hacen algo así.

La tristeza lo envolvía como una manta húmeda.

A su alrededor, apenas podía distinguir algunas formas y colores. Lo primero que notó con claridad fueron los barrotes: estaban delante, a los lados… probablemente también detrás. Por un instante, pensó en una celda. ¿Una cárcel?

¿Quién demonios metería a un bebé en una prisión?

La idea era absurda. No tenía sentido alguno.

Y no solo eso: el entorno era cálido. La madera tenía colores vivos, los cojines eran suaves y había una fragancia ligera, dulce. No era un lugar lúgubre ni opresivo. No, no estaba encerrado en una celda.

Estaba en una cuna.

Definitivamente, esto es demasiado cómodo como para ser una cárcel, pensó, con un suspiro interno, sintiendo por un momento una pizca de alivio.

Pero esa paz no duró.

Ahora que lo pienso… papá y mamá no eran humanos.

Sus rostros eran casi divinos. Tenían orejas puntiagudas, colas largas y una belleza que parecía sacada de un sueño. O de una leyenda.

¿Puedo llamar “humanos” a seres así?

¿Acaso existen los ángeles? Nunca he visto uno, pero si existieran… creo que se parecerían a ellos.

¿Tal vez son elfos?

Negó en su mente de inmediato.

No, no. Las orejas de los elfos son más largas… y no creo que este sea un mundo de fantasía. Aunque… pensándolo bien, nada de lo que me ha pasado hasta ahora ha sido normal.

Los pensamientos se arremolinaban como una tormenta.

¿Podría ser este… otro mundo?

La idea era absurda. Pero también lo era todo lo demás.

Sí… para que existan seres como mis padres, esto debe ser otro mundo. Pero ¿qué tipo de mundo será?

Suspiró por dentro. El peso del silencio era sofocante. A pesar del calor que lo rodeaba, se sentía solo.

En serio deseo que estén bien.

Un fugaz intento de sonreír cruzó por su mente.

Al menos espero haber heredado sus buenos genes… sería lo justo, ¿no?

En medio de su introspección, un sonido leve lo sacó de sus pensamientos. Un clic, seguido de un crujido suave. Una puerta, abriéndose lentamente.

Se tensó.

Pasos.

Una figura apareció en su campo de visión. Era una mujer de aspecto maduro, probablemente adulta, que se inclinó sobre la cuna con una sonrisa serena y maternal. Sus ojos reflejaban calidez, y su voz, cuando habló, parecía acariciar el aire.

No pudo evitar pensarlo.

Es hermosa.

Había algo hipnótico en su rostro… una sensación de déjà vu que lo atravesó como un suspiro contenido. Sus rasgos eran tan parecidos a los de su madre que el corazón le dio un vuelco.

No, no eran solo parecidos. Eran idénticos.

Una copia perfecta, aunque con un aire más maduro y una expresión más serena, casi distante. La principal diferencia estaba en su cabello. En lugar del largo manto blanco que solía cubrir los hombros de su madre, el de esta mujer era corto, le llegaba apenas hasta el cuello, y su flequillo caía suavemente sobre sus ojos.

Pero el color… ese blanco níveo tan particular, seguía allí. Como la huella de una herencia que no podía negarse.

¿¡Quién es esta preciosa mujer!?

Además de compartir los rasgos de su madre, tenía unos ojos de un rosa intenso, brillantes, profundos.

¿Podría ser… algún familiar?

Entonces, si ella está aquí, ¿significa que no fui capturado? ¿O quizá… los que nos perseguían también eran de su familia?

La idea lo dejó en silencio. No podía ver bien todo el entorno ni oír con claridad lo que decían a su alrededor. A falta de contexto, solo le quedaba suposiciones. Y todas eran tan probables como dudosas.

Pero había algo de lo que estaba completamente seguro: esa mujer tenía algún vínculo con su madre.

Aunque no parece una mala persona… ya aprendí que no toda belleza refleja bondad.

Suspiró, en silencio, resignado.

Ah… Da igual si es buena o mala. No puedo hacer nada contra ella. Tan solo soy un bebé reencarnado atrapado en un cuerpo diminuto.

La mujer seguía observándolo, con una dulzura que parecía disolver el aire a su alrededor. Y aunque no lo quisiera admitir, su mirada lo ponía nervioso.

¡No deja de mirarme así!

Había algo extraño en ella. Había calidez, sí, pero también un tipo de nostalgia difícil de describir. Tal vez era cariño. Tal vez era dolor.

O tal vez ambas cosas.

Llevaba un buen rato con los ojos fijos en él, como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro. Y, por alguna razón, eso lo hizo sentir vulnerable. Expuesto.

Hace un momento pensé que podría ser peligrosa, pero esa mirada… parece la de alguien que me quiere. O, al menos, eso quiero creer.

Entonces, la mujer alzó la mano y, con una suavidad casi irreal, acarició su mejilla. Sus dedos eran cálidos. Gentiles. Casi sagrados.

Ah… esto se siente bien.

Cálido… tierno… reconfortante.

Definitivamente, no puede ser una mala persona.

Casi sin darse cuenta, llevó su pequeña mano hacia ella y atrapó uno de sus dedos con la fuerza torpe de un bebé. Luego, le regaló una tímida sonrisa.

La reacción fue inmediata.

La mujer abrió ligeramente los ojos, sorprendida, y de pronto las lágrimas comenzaron a brotar de ellos. No dejó de sonreír, pero sus ojos brillaban con un fulgor triste.

¿¡Eh!? ¿¡Hice algo malo!?

Ella se secó las lágrimas rápidamente. Aun así, su sonrisa no se desvaneció. Y entonces, sus labios pronunciaron unas palabras que resonaron con fuerza en lo más profundo de su ser.

“Fyn eldrath or’kan, ihn na orim vey.”

No entendió el significado, pero el sonido, la cadencia, la forma en que aquella voz las pronunció… fue como si su cuerpo entero vibrara en armonía.

Una extraña sensación de plenitud lo envolvió. Era como si aquellas palabras hubieran sido hechas solo para él.

Luego, con suma delicadeza, la mujer lo alzó en brazos.

Wow.

Sabía que era un pensamiento infantil, inmaduro, incluso indigno, pero no pudo evitarlo.

Sé que es estúpido, ¡pero esto se siente increíble!

Mi cara está hundida en sus pechos. ¡Y SON ENORMES!

No había nada que pudiera hacer contra eso. Era un milagro, en toda regla.

Mientras se dejaba llevar por esa sensación ridículamente placentera, escuchó otras voces. Voces nuevas. Algunas suaves, otras emocionadas.

Una, en particular, sonaba animada, casi juguetona.

Poco después, alguien se interpuso en su campo de visión. Una figura joven, esbelta, con rasgos tan atractivos que por poco se le escapa una exclamación.

¿¡Cómo demonios puede ser que todas las personas en este mundo sean tan bellas!?

Era casi injusto. Como si estuviera en un mundo donde los estándares de belleza habían sido diseñados por una deidad perfeccionista.

Esta raza definitivamente está bendecida.

Y luego, casi sin quererlo, sonrió en su interior.

Supongo que tengo suerte de compartir sus genes.

El hombre apareció como una tormenta.

Se lanzó hacia la cuna con pasos grandes, acelerados, como si cada uno fuera impulsado por una energía desbordante. Una sonrisa inmensa —demasiado inmensa— se extendía en su rostro, reflejando una mezcla explosiva de picardía y entusiasmo infantil.

¡Esa sonrisa!... ¡Esa sonrisa!... Definitivamente huelo problemas.

Había algo en él que incomodaba. Tal vez su forma exagerada de moverse, o quizás esa alegría casi invasiva que no parecía contenerse. Aun así…

A pesar de todo… no parece una mala persona.

Sin previo aviso, el hombre se plantó frente a la cuna y empezó a hacerle caras. Toda clase de muecas: ojos saltones, boca torcida, lengua afuera. Un espectáculo patético.

¡Ah… es un completo idiota!

Sin pensarlo, levantó una de sus diminutas manos y tocó su mejilla. Fue apenas un roce, suave como una brisa de primavera, pero en su mente, lo sintió como una cachetada heroica. Un llamado silencioso que gritaba: ¡Basta de hacer esas caras estúpidas!

El hombre, como todos los que había visto en este extraño mundo hasta ahora, compartía los mismos rasgos: orejas puntiagudas, una larga cola oscura que se agitaba detrás de él como si tuviera vida propia, y el característico cabello blanco.

Pero este sujeto tenía un toque distinto.

A diferencia del cabello largo y liso que recordaba de su padre, este tipo llevaba los costados cortos, casi rapados, y un mechón central recogido en una coleta alta que caía como una cascada. Un estilo… excéntrico, por decirlo suavemente.

La mujer de antes —aquella de sonrisa melancólica y pechos milagrosos— intercambió unas palabras con el hombre. Su voz era suave, pero firme. Y entonces, ocurrió lo impensado.

Extendió los brazos… y lo entregó.

¡Nooo!

¡Nooo!

¡No me entregues a esa bestia!

¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero!

Pensaba con desesperación, mientras era alzado como si fuera una bolsa de papas. Su mundo se sacudía y giraba de manera incontrolable.

¡Quiero volver a esos pechos! ¡Con ella! ¡Con ELLA quiero decir!

El hombre lo elevó aún más, sujetándolo con firmeza y girándolo por los aires, como si estuviera mostrando su trofeo a una audiencia invisible. Mientras lo hacía, dijo un par de palabras en ese idioma extraño que aún no comprendía, acompañado de una sonrisa que solo podía describirse como peligrosa.

¡Este tipo está completamente loco!

¡Alguien deténgalo! ¡Quiero bajarme! ¡Quiero volver con ella!

¡Ayuda, Jesús!

Su cabeza daba vueltas. El mundo se convertía en espirales de colores borrosos.

Entonces, la voz firme de la mujer retumbó en el aire. No necesitaba comprender el idioma para saber lo que decía.

“¡Detente ya! ¡Lo vas a terminar lastimando!”

¡Sí! ¡Eso! ¡Díselo más fuerte!

¡Se lo tiene bien merecido!

¡Justicia para mí!

Era reconfortante ver cómo aquel idiota era regañado como un cachorro revoltoso atrapado mordiendo los muebles. Su expresión cambió al instante. De confiada y orgullosa a algo parecido a vergüenza… y súplica. Bajó la cabeza como si recibiera un castigo sagrado.

La escena era hermosa.

Pero entonces, una nueva voz femenina, suave y clara, interrumpió la discusión. Como una campanilla resonando en la distancia, captó de inmediato su atención.

El hombre, aún con cara de cachorro regañado, le devolvió el bebé a la mujer de cabello corto. Y en ese momento, su campo visual fue invadido por una nueva figura.

Una mujer de rostro angelical… y brazos maternales.

Llevaba a otro bebé en sus brazos.

¡En serio… este lugar está lleno de bombones!

No había manera de procesar tanta belleza junta. Cada persona que conocía en ese mundo parecía salida de un sueño. Como si los dioses hubieran decidido crear una raza basada únicamente en la estética perfecta.

Estoy rodeado de diosas…

Y por un instante, se sintió orgulloso.

Luego de unos breves intercambios de palabras entre las dos mujeres, ocurrió algo que el bebé —o más bien, el adulto atrapado dentro de él— no se esperaba.

Fueron intercambiados.

¿Desde cuándo me convertí en un saco de papas que puede ser pasado de brazos en brazos?

La idea lo hizo reír internamente, aunque apenas unos segundos después se corrigió a sí mismo, confuso.

Uh… me acabo de llamar saco de papas a mí mismo…

La realización fue incómoda. No tanto por lo absurdo del pensamiento, sino porque era verdad. Era liviano, manejable, y absolutamente inútil.

Pero antes de que pudiera ahondar más en esa introspección, la escena dio un giro drástico.

La mujer que ahora lo sostenía se quitó parte de su ropa superior, revelando sin tapujos uno de sus pechos. La acción fue tan directa, tan inesperada, que su cerebro colapsó por un instante.

¡Diablos, señorita!

¡Esto es demasiado para un bebé con los recuerdos de un tipo virgen de veintidós años!

Sintió cómo el pánico subía por su cuello como una ola imparable de vergüenza y confusión. Pero enseguida, una sombra amarga se deslizó por su pecho, opacando todo.

La primera y última vez que toqué los pechos de alguien en mi vida pasada… fue también el día en que todo se vino abajo.

Ese momento… esa sensación… terminó siendo el umbral de mi ruina.

Un suspiro, largo y resignado, cruzó por su mente como un eco lejano.

Miró hacia arriba.

La mujer sonreía con dulzura, como si su expresión pudiera envolverlo en una manta cálida. Su mano sostenía con delicadeza el pecho, guiando el pezón hacia su boca con una ternura que lo desarmaba. Había algo sereno, instintivo, casi sagrado en su gesto.

Entiendo lo que quiere… pero, sinceramente, esto es demasiado incómodo con la mentalidad que tengo.

¿Cómo se supone que actúe? ¿Cómo se supone que me sienta?

Entonces lo vio. La punta del pezón, rosada, tan cerca… Y de pronto, su estómago rugió en respuesta.

No… no debería hacerlo…

Su conciencia lo regañaba. Pero su cuerpo —el pequeño, hambriento y frágil cuerpo que ahora habitaba— tenía otras prioridades.

Y así, simplemente, empezó.

Al principio, con dudas. Luego, con decisión.

¡Vaya… esto es riquísimo!

Jamás pensé que algo tan simple pudiera saber tan bien.

La leche tibia recorría su garganta con una suavidad que lo dejaba atónito. Su instinto tomó el control, y antes de darse cuenta, su pequeña panza se había llenado hasta el límite.

Saciado, se separó por reflejo.

Un pequeño eructo se le escapó sin permiso. Tierno. Casi adorable.

Y entonces, sin previo aviso, el mundo se desvaneció.

Sus pensamientos se apagaron lentamente mientras el sueño lo envolvía.

-Continuara-

nicolasreynoso6868
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