Volumen 1: El Origen De Todo
Capítulo 15: “Flammel”
Al ver a su querido y amado hijo jugar con la hija de su amiga, Sariel sintió que era una escena demasiado tierna. Estaba tan feliz y concentrada observándolos que no pudo evitar quedarse mirándolos con una sonrisa.
No era la única. Al girar la cabeza, notó la expresión serena de su amiga, acompañada de una sonrisa. Eso hizo que se sintiera aún más feliz.
¿Así que esto es lo que sienten las madres al ver a sus hijos?
Es un sentimiento cálido, reconfortante. Me gusta.
Sabía que, para este bebé, nunca podría estar al mismo nivel que su hermana. Pero para ella, él era una bendición. El simple hecho de tenerlo en sus vidas era un milagro.
No debería considerarlo como mi hijo, pero estos seis meses han sido especiales. Quiero que me llame mamá. Quiero que las primeras palabras que salgan de su boca sean ‘mamá’.
Hace seis meses, cuando su hermana les dejó a este bebé, sus vidas cambiaron por completo. Sariel era consciente de que sus deseos eran egoístas, pero no podía evitarlo.
Quiero criarlo como si fuera mi bebé. Y cuando llegue el momento, le diré la verdad. No importa si, en el futuro, se enoja conmigo o me odia. Al menos habré cumplido mi papel como madre. Su felicidad es mi felicidad, pensó mientras irradiaba una mezcla de amor y resolución.
Al principio, nunca imaginó que se apegaría tanto al niño. Deseaba cuidarlo porque era su sobrino y porque era hijo de una de las personas que más alegrías le había dado en su vida: su hermana. Para Sariel, ese bebé representaba que su hermana aún seguía viva, que su amor había dejado un legado.
Como alguien que amaba profundamente a su hermana, estaba decidida a hacer todo lo posible para cuidar al pequeño Nykash. Después de todo, era parte de la familia.
Sin embargo, con el paso del tiempo, Sariel comenzó a encariñarse cada vez más con él. Nykash era un niño fantástico, imposible de no amar. Ya no lo hacía solo por su hermana; ahora deseaba que el bebé la tratara como su madre.
Y, aunque Sariel no lo supiera, desde su punto de vista, el niño ya la consideraba como su propia madre. Había momentos en que ninguno de los dos podía separarse del otro.
Después de unos minutos observando a los niños jugar, Sariel y su amiga decidieron acercarse. Cada una alzó a su respectivo bebé, y Sariel no pudo evitar sentir una cálida sensación en su corazón.
“Quiero que conozcas a alguien, Nykash”, le susurró mientras lo miraba tiernamente.
Ambas bajaron las escaleras y se dirigieron hacia el comedor.
Una vez allí, en uno de los asientos, se podía ver a una mujer hermosa y madura con un largo cabello blanco que caía hasta la mitad de su espalda, dividido hacia los costados. Sus ojos rasgados, de un tono rosado, eran deslumbrantes. Estaba sentada con una postura soberbia y una expresión de pocas ganas.
Ella nunca cambia. Siempre siendo ella misma, pensó Sariel, sin entusiasmo.
“¡Nos vemos, Nyria!” exclamó la mujer mientras agitaba la mano con energía.
“¡Nos vemos, señora Flammel! Les deseo suerte en lo que vayan a hablar. ¡Y no peleen mucho!”, respondió Nyria, marchándose con una sonrisa pícara.
Cuando su amiga se fue, Sariel, con Nykash en brazos, se sentó en uno de los grandes sillones frente a la mujer. Entre ellas, solo una pequeña mesa de madera las separaba.
¡Hasta que decidió mostrar su cara de una vez por todas! Estuvo seis meses encerrada sin siquiera venir a visitarnos. Es tan ella… nunca cambia.
Ahh, a veces se comporta como una niña a pesar de su edad. Es verdaderamente sorprendente, reflexionó mientras la observaba con una mirada penetrante.
Ante esos ojos, la mujer frente a ella no podía evitar desviar la mirada, como si le resultara imposible sostener el contacto visual. Se veía visiblemente incómoda.
Al verla actuar de esa manera, Sariel suspiró con agotamiento.
“Mira, Nykash, esa mujer que tienes enfrente es alguien que se encerró seis meses en su casa y ni siquiera quiso tomarse unos minutos para venir a saludar a su nieto”, comentó con un tono que mezclaba cariño y reproche.
“Esa mujer es mi madre, Nykash. Puedes tratarla como un bebé, porque, de vez en cuando, se comporta como uno”, añadió, burlándose de Flammel mientras le hablaba a su hijo con ternura.
La expresión de Flammel lo decía todo: estaba muy enojada, cruzando los brazos y rechistando como si estuviera a punto de explotar.
El silencio entre ambas se prolongó, cargado de tensión, hasta que Flammel lo rompió con un largo suspiro.
“Lo… lo… siento… hija”, expresó con evidente esfuerzo.
Su rostro se contrajo mientras intentaba disculparse, y las palabras parecían atorarse en su garganta. Era claro que aquello no le resultaba fácil.
Sariel no pudo contener su asombro al ver a su madre intentar disculparse.
“¡Vaya, eres muy tierna, madre!”, exclamó, divertida.
“¡Acepto tus disculpas! Pero creo que quien realmente las necesita no soy yo, sino tu primer nieto”, añadió, señalando suavemente a Nykash.
Flammel bajó la mirada, con una expresión triste que reflejaba su remordimiento.
Entiendo que ella tuviera muchas cosas en qué pensar. Después de todo, había perdido a su hija. Pero no era la única que había perdido a alguien. Yo también perdí a mi hermana, mi amiga de toda la vida.
Para mí también fue duro, pero no me encerré ni dejé tirado al hijo de mi hermana.
Al darse cuenta de que, a medida que seguía pensando, se enojaba aún más, Sariel tomó un respiro y continuó:
¡Ahhh! Así no vamos a solucionar nada.
Sariel entendía los sentimientos de su madre, pero eso no eran excusas para haberse perdido los primeros seis meses de vida de Nykash, y eso le molestaba profundamente. Ya era una mujer adulta y creía que debía comportarse como tal. Sin embargo, con esto último ya se había rendido. Esa forma de ser de su madre era parte de ella, y no había manera de cambiarla.
Seguirse enojando no ayudaría en nada, así que se calmó y buscó una solución para lo que estaba sucediendo. Además, a pesar de que su madre siempre se comportaba de manera despreocupada, Sariel sabía que lo más probable era que estuviera consciente de que la persona con la que peor había quedado era con su nieto.
¡Qué tonta soy! De seguro madre está muy enojada consigo misma. Después de todo, era ella quien más deseaba tener un nieto. Es más, ¡ella fue quien había preparado el nombre de Nykash desde hace mucho tiempo!
Creo que ya sé cómo solucionar esto, pensó Sariel con una sonrisa al darse cuenta del error que había cometido su madre.
Ahora tenía claro que, desde el principio, su madre no quería disculparse con ella, sino con Nykash. Y eso no le molestaba en absoluto. Así deberían haber sido las cosas desde un principio. Sin embargo, su madre a veces se comportaba de maneras extrañas, como lo estaba haciendo en ese momento.
-CONTINUARA-

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