Volumen 1: El Origen De Todo
Capítulo 16: “¡Estoy feliz… estoy feliz de que estés vivo!”
No he sido una buena madre. Lo sé perfectamente. Es más, nunca me interesó tener una familia.
Durante toda mi larga vida, he preferido vivir sola, aislada de los demás, haciendo lo que me gustara sin que nadie me molestara. No me estoy quejando; estoy orgullosa de la vida que he llevado hasta hoy.
Pero… cuando pensaba que nunca iba a tener hijos, terminé teniéndolos, y mi vida cambió.
Al principio, los consideraba una molestia, pero, a medida que los años pasaban, les fui tomando mucho cariño.
No obstante, nunca logré equilibrar la pasión por mis pasatiempos con el amor que debería haberles dado a mis hijos.
Hace unos seis meses, perdí a mi hija. Teníamos una muy buena relación, pero las cosas no acabaron bien entre nosotras. Siempre pensé que, en algún momento, se arrepentiría y volvería a casa. Jamás imaginé que nunca volvería a ver a mi niña.
Flammel nunca pensó que su hija no podría regresar. Es más, tenía confianza en lo fuerte que era y estaba convencida de que, en algún momento, volvería. No sabía cuándo, pero lo tenía bien claro. Sin embargo, nunca contempló la posibilidad de que su querida hija pudiera morir.
Hace seis meses, cuando vio el nombre del bebé bordado en las mantas y no encontró a nadie a su alrededor, Flammel se abrumó. Estaba tan enojada que decidió encerrarse en su casa para intentar calmarse, ya que sabía perfectamente que, si sus emociones explotaban, su pueblo podría desaparecer en cuestión de minutos.
Entendía que su hija, Sariel, estuviera enojada; estaba en todo su derecho. Sin embargo, el dolor de haber perdido a su hija la abrumaba, y no solo eso: también le dolía profundamente no haber podido estar con el nieto que siempre había deseado tener. Aun así, consideraba que lamentarse era una falta de respeto hacia la memoria de su hija fallecida.
Soy un desastre. Nunca estuve preparada para ser madre. Soy una persona solitaria, alguien que prefiere estar encerrada en su casa. No me interesa relacionarme con otras personas. Por mi culpa, ellas se criaron solas… Pensaba con amargura, mientras miraba hacia el suelo con una expresión triste.
“Nykash, ve a molestar a tu abuela”, dijo Sariel con una leve sonrisa.
Flammel levantó la mirada rápidamente hacia donde estaba su hija. Sariel había colocado a Nykash en el suelo, pero Flammel no comprendía qué intentaba hacer.
Un bebé de seis meses jamás sería capaz de entender algo así… reflexionó con cierto fastidio.
Sin embargo, al ver a Nykash gatear rápidamente hacia donde estaba, se llevó una gran sorpresa.
¡No puede ser!
¿Es posible?
¿¡De verdad puede ser posible!?
¡Claro que no! ¡Imposible!
Las dudas parecían inflar su cabeza, y era comprensible que se sintiera tan desconcertada. No había forma de que un bebé pudiera entender lo que le habían dicho.
No pudo contener su expresión de sorpresa, y su hija lo notó de inmediato.
“¡Así es! Es mi hijo… y el hijo de mi hermana.”
“Es un chico bastante inteligente. A veces entiende unas palabras y otras no,” comentó su hija mientras Flammel no podía salir de su asombro.
Cuando Nykash terminó de acercarse, se colocó justo frente a sus pies y, estirando los brazos hacia ella, la dejó aún más desconcertada.
“¡Quiere que lo levantes, madre!” exclamó su hija a la sorprendida Flammel.
“¡Claro que lo sé!” respondió, un poco alterada.
Sabía lo que el bebé quería, pero estaba tan aturdida por lo que estaba ocurriendo que apenas lograba procesarlo.
Con cuidado, Flammel alzó al niño y lo puso frente a su rostro.
“Tiene un rostro idéntico al mío y… es bastante lindo.”
No había dudas: era hijo de su hija.
Esos ojos rosados, característicos de nuestra descendencia, junto con esos rasgos delicados… sin duda es parte de la familia.
No podía dejar de pensar en lo parecido que era a ella misma cuando era joven.
“¡Claro que lo es!” afirmó Sariel con firmeza.
Así que tú eres mi nieto… el hijo de Ariel.
Eres el fruto del amor de mi hija… y el testimonio de que alguna vez ella estuvo en este mundo.
Además… que lleves ese nombre… significa… significa que mi hija nunca estuvo enojada conmigo, ¿verdad?
De repente, las lágrimas comenzaron a brotar sin control.
“¡Estoy feliz… estoy feliz de que estés vivo!” dijo entre sollozos mientras lo miraba y no dejaba de llorar.
El bebé, al verla, estiró sus pequeños brazos y tocó su rostro húmedo con sus manitas.
En ese instante, ni siquiera Sariel pudo evitar romper en llanto.
“¡Perdóname, perdóname, perdóname!” exclamó Flammel mientras frotaba su rostro con el del niño.
El llanto no cesaba, y las emociones desbordaban. Pero este no era un momento triste… era todo lo contrario.
Flammel había comprendido lo maravilloso que era tener a su nieto en sus brazos.
Ahora comprendía que su querida hija Ariel no solo le había puesto ese nombre para que lo reconocieran, sino también para demostrar que jamás se había olvidado de ellos y del amor que sentían el uno por el otro, a pesar de haber estado muchos años separados.
¡Gracias por haber dado a luz a este niño, Ariel!, pensó, llena de sentimientos melancólicos.
Pasaron los minutos y las cosas se calmaron. Ya habían terminado de llorar, y cada uno se encontraba en su respectivo asiento, solo que ahora Nykash estaba en brazos de su abuela. O, mejor dicho, en sus piernas.
Flammel le acariciaba la pancita y las orejas como si se tratara de un animal. Sin duda, parecía que estaba acariciando a algún tipo de perro o gato. A pesar de esto, Flammel se veía contenta mientras lo hacía, aunque los costados de sus ojos estaban rojos, irritados por tanto llorar.
“Ah, no lo puedo creer. ¿Cómo es que fuiste madre nuestra? Se supone que alguien como tú, que ha tenido experiencia con varios hijos, debería saber cómo agarrar y tratar a un bebé. Pero… ¡esto es el colmo! Lo tratas como si fuera un pequeño animal”, agregó Sariel, sorprendida y entre risas.
“Tienes razón… Creo que deberías enseñarme cómo se hace”, respondió Flammel, bastante sumisa, lo cual era raro en ella.
La cara atónita de Sariel lo decía todo.
Todavía me queda mucho por aprender.
Si también quiero cuidar de él, entonces tendré que practicar cómo se hace.
A pesar de que soy madre, soy un desastre en lo que respecta a cuidar niños. Aunque la verdad es que nunca le di mucha importancia a ese tipo de cosas.
Había meditado eso de manera emocionada. Quería aprender y cuidar como se debía de ese bebé.
De pronto, algo vino a su mente, y no dudó en preguntárselo a su hija.
“Por cierto, lo vas a considerar como tu hijo, ¿verdad?”.
“¡Claro que sí! Nykash es mío y de mi hermana”, respondió Sariel de manera tajante, como si hubiera activado todo tipo de defensas preparadas para ese tipo de preguntas.
“Entiendo. Me alegra que así sea”, dijo Flammel con una leve sonrisa.
“Pensé que ibas a estar en contra mía, madre”, respondió Sariel, algo desconfiada.
“Antes quizás te habría dicho algo, pero ahora no. Lo más probable es que Ariel hubiera querido que su hijo estuviera contigo. No, de seguro ese siempre fue su objetivo desde el momento en que le puso ese nombre. Ese nombre siempre estuvo destinado para el bebé que sería tu hijo, y Ariel lo sabía perfectamente. Además, ustedes eran inseparables y se amaban demasiado.
“La única persona a la que le dejaría un niño sería a ti, ya que eres la que más ha deseado tener un hijo. Incluso mucho más que Ariel, a pesar de haber sido la primera en tenerlo. Es más, como ya sabes, yo no sería capaz de cuidar de un niño durante todas las horas del día”.
Tras expresar esas palabras, Sariel no pudo contener el asombro reflejado en su rostro.
“Tienes razón, eres demasiado mala actuando como madre… aunque, la verdad, de vez en cuando te vuelves una madre demasiado buena” respondió entre risitas, mientras alguna que otra lágrima resbalaba por su mejilla.
Ahora, la sorprendida por las palabras era la propia Flammel.
Qué me digan que algunas veces puedo ser buena madre… Es demasiado para lo mala madre que he sido… pero… me hace feliz.
Que una vieja como yo se sienta feliz por cosas como esas es… ah, sí que soy toda una tonta. A estas alturas, sentirme feliz por algo como ser una madre es tan extraño…
Meditaba mientras intentaba ocultar su felicidad, esbozando una sonrisa que se negaba a desaparecer tras el halago, por leve que fuese, que le había hecho su hija.
No era mucho, pero para Flammel era más que suficiente. A veces, un pequeño gesto puede significar mucho para ciertas personas.
-CONTINUARA-

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