-Conozco el camino desde aquí. De nuevo gracias por todo, Niko. A pesar de verte apático, sé en el fondo eres un hombre amable. Nos vemos la próxima semana.— De forma coqueta Lanzeloth le dio un beso fugaz en la mejilla sin importarle quien más fuera a verlos.
Al azabache no lo sorprendió el gesto. Lo había anticipado, pero aun así no hizo nada. No lo correspondió, pero tampoco rechazó.
Sin más, volvió a casa, reflexionando sobre aquella última plática, pensaba que Lanzeloth no sabía de lo que hablaba, era un viajero “¿Qué sabe de la vida de familia?” Era un vendedor ambulante “¿Qué sabe él de mantener un negocio ya edificado?” pensaba una y otra vez para sí mismo. Estaba tan molesto, sabía que Lanzeloth le había aconsejado de buena fe, pero la simpleza con la que hablaba de sus problemas le hacía sentir como si menospreciara sus preocupaciones, ambos ritmos de vida eran abismalmente diferentes, Nikolay no podía simplemente dejarlo todo e irse.
Pero después… pensaba en lo agradable que había sido estar juntos, la manera en la que habló tan abiertamente sobre su padre y como Lanzeloth lo escuchó e intentó comprenderle, en cómo se había llevado tan bien con su familia, en sus besos, sus caricias, su voz… Si la noche anterior había sido extraña, esa y las que siguieron, lo fueron aún más, teñidas de una inquietud dulce que no lograba apartar.
En la oscuridad de su habitación reflexionaba sobre lo ocurrido, se cuestionaba todo, tenía dudas de su entorno y de sí mismo, pensando en si su paradigma era el correcto, sobre su familia, sobre su pueblo.
Cada noche giraba en la cama buscando acomodarse para conciliar el sueño, pero las sonrisas de Lanzeloth lo invadían. Ese colmillo coqueto que asomaba entre sus labios, las líneas que decoraban cual mapa su piel, las cicatrices que contaban historias que él aún no conocía, también en sus manos, ásperas pero delgadas. Su largo cabello blanco y ondulado, que imaginaba acariciándolo nuevamente entre sus dedos. No lograba dormir. Aunque su almohada era de plumas, se sentía como paja seca.
Los días pasaron y la situación no cambió, divagaba en la hora de la cena, cuando su madre le contaba tendido sobre su día, él no escuchaba nada.
-Nikolay ¿Me estás escuchando?—Preguntó su madre viéndole con inquietud, estaba preocupada por la extraña actitud de su hijo “¿Estará enfermo? Está más serio de lo normal ¿Le habrá pasado algo?” Pensó.
—¿Mande?... Ah, no te escuché, lo siento… He estado algo distraído últimamente. ¿Decías?—respondió él, intentando no levantar sospechas ni preocuparla. No creía estar mal, solo “distraído”. Pero su madre no compartía esa visión.
-Un tanto distraído diría yo ¿Qué tienes? ¿Algo te preocupa?—Martha se interesaba mucho por su hijo, lo conocía y sabía que tenía sus momentos bajos, cuando se aislaba o se ponía de mal humor, pero en esa ocasión era diferente, como si tuviera algo que no lo dejara en paz, algo que lo tenía alejado de la realidad.
-He pensado en algo que Lanzeloth me dijo. Sobre tomar un tiempo de descanso del trabajo, hacer un viaje en solitario, pero me preocupa no poder atender la biblioteca o el taller, se quedaría solo y tendría que cerrar por un tiempo, tampoco podría ayudarte en el taller, Anzhelika y tú quedarían solas.— Revolvía la comida en su plato intentando hilar los pensamientos, no quería hablarlo, pero su madre había puesto el tema sobre la mesa.
—Bueno… —Martha dejó los cubiertos sobre la mesa con un leve golpe, disgustada— No me gusta la idea de que te vayas. Todo será más difícil si no estás… Nunca hemos estado separados.- Al paso de unos segundos de incómodo silencio, la mujer se recompuso. —Pero, supongo que es válido… pero solo si es por poco tiempo. Eres un hombre y estás en tu derecho… —lo miró con resignación—. Quizá tu hermana pueda hacerse cargo de la biblioteca. Ya antes te ha ayudado a acomodar y limpiar. No debe ser tan difícil. ¿No es así, Anzhelika?.
La joven, sorprendida por la inesperada pregunta, dejó la taza de té sobre el plato con un leve tintineo.
—Sí… creo que podría —respondió, aunque su tono sonó más inseguro de lo que esperaba. Por dentro pensaba: “Estar sentada todo el día vigilando y acomodando libros, no debería ser tan complicado”. Sin embargo, sus ojos iban de su madre a su hermano, notando la rigidez en los hombros de Nikolay. Algo lo incomodaba, y no era solo la conversación, tenía días así, pero ella pensaba que era solo otra racha rara de su hermano.
A Martha no le convencía la idea de que su hijo se fuera, pero él nunca le pedía nada, ni siquiera en sus cumpleaños, así que no quiso negarle esa oportunidad, después de todo ya era un hombre.
—Solo no te vayas muy lejos, ¿De acuerdo, Nikolay? —su voz se volvió más firme— Quiero que estés cerca si algo sucede. ¿A dónde planeas ir? ¿Cuánto tiempo? ¿Alguien te acompañará… o simplemente te irás sin rumbo?-
Cada pregunta era un golpe seco, como si quisiera acorralarlo con las palabras. —Los caminos son peligrosos —continuó—. Hay ladrones, bestias salvajes… No quiero que te pase nada. Solo me quedas tú.-
-Lo decidiré en estos días, no te preocupes por eso, se defenderme de esas cosas, no sería la primera vez que me topo con un ladrón ni tampoco con un animal— Dijo con firmeza y determinación, no le gustaba que su madre lo cuestionara “¿Acaso piensa que no puedo hacerlo?” Pensó para sus adentros.
La cena aquel día en la casa Petrov transcurrió con una gran incomodidad, era un tema difícil para los mayores, Nikolay, con el miedo de que a su familia y legado le ocurrieran alguna tragedia durante su ausencia, y Martha, que temía que su hijo no volviera. Anzhelika, en cambio, contenía una emoción distinta: si su hermano se iba y ella atendía la biblioteca, podría ganar más dinero junto a su madre en el taller… y quizá comprarse esas botas que tanto quería.
La semana se había cumplido. Tal como se había dicho, ese día Lanzeloth volvería al pueblo para entregar el encargo de la madre Petrov. El bibliotecario quería verlo de nuevo, pero le molestaba sentirse confundido ¿Acaso le gustaba? No sabía cómo lidiar con esa complicada sensación en el pecho. Pensaba que quizá era mera curiosidad, ya que era un elfo un tanto exótico, bello y por eso llamaba su atención, las líneas en su piel, el color de su cabello, su figura y sus ojos eran un fuerte atrayente para el hombre. Al menos en eso justificaba su tan complicado sentir… Pero también quería ser escuchado, sentir esa cercanía como las veces anteriores.
La tarde llegó, ya se habían ido todos,, como todos los días, comenzó a acomodar los últimos libros, regar las plantas de los vitrales y sacudir las mesas. Aunque fácilmente podía hacer todas esas cosas con magia, prefería hacerlas él mismo.
Escuchó la puerta abrirse, Nikolay estaba entre los estantes, no podía ver quien había entrado, pero no pensaba atender a nadie más.
-Ya estoy cerrando, vuelva mañana.— Dijo con seriedad saliendo de los estantes con trapo húmedo en mano. Era aquel elfo moreno llevando bolsa en mano, sonriéndole y moviendo con entusiasmo su mano para saludarlo.
-Lástima, traigo un pedido para la familia Petrov ¿Deberé volver mañana igualmente?— Preguntó coqueto, sus ojos recorrían el lugar con descaro, deteniéndose en cada detalle: las paredes de piedra, los ventanales altos que filtraban la luz como en una pequeña iglesia, las bancas de madera, los candelabros que colgaban del techo.
-Llegas tarde, tienes suerte de haberme encontrado aún aquí, estaba por irme— Aunque el corazón de Nikolay iba más rápido, trató de actuar con normalidad. No debía de ponerlo nervioso algo como eso, solo tenía que recibir aquel paquete y ya, no pasaría nada más…
-Se me hizo un poco tarde porque estaba haciendo… un encargo, pero llegué ¿No crees? Si hubiera llegado a tu casa, quizá me habría tardado más y ahora mismo no tengo tanto tiempo disponible.—Caminó hasta donde estaba el bibliotecario, viendo los estantes.
-¿Encontraste todo lo que mi madre te pidió?—Preguntó viéndole caminar, cuando se adentró a los pasillos notó como la camisa que llevaba tenía un gran escote en la espalda, dejando ver una gran cantidad de líneas en su espalda, acompañada de algunas cicatrices, no pudo evitar verlas con detenimiento.
-Que grosero eres. ¿No preguntarás cómo me fue en esta semana? Interesado… Y si, si lo conseguí todo.—Comenzó a revisar los libros, desacomodándolos de forma intencional solo para fastidiar al otro.
-No soy grosero… A eso viniste ¿No es así?.—Sentía su ansiedad subir al ver como estaba desordenando los libros. Pero no le dijo nada, algo le impedía decir palabra, quizá su propia timidez.
-No exactamente, Niko, Vengo a verte, esto es solo una excusa. Se lo habría llevado a tu mamá directamente si viniera solo a eso ¿No crees? En cambio, aquí estoy— Sonrió y se agachó para “alcanzar” otro libro en el fondo del estante, exponiendo su apretado pantalón, haciendo que su trasero y caderas se marcaran más, acercándolas al mago de forma intencional, quitando su cabello largo para que se pudiera ver mejor su piel, sabía lo que hacía, quería ser juguetón y coqueto, después de todo, no había nadie cerca.
Ahí estaba de nuevo con esa actitud coqueta. Nikolay en lugar de corresponder, se dio la vuelta avergonzado, su rostro de nuevo estaba rojo y si su corazón ya latía con fuerza, ahora sentía que iba a explotar en su pecho, se sentía molesto, indignado… y a la vez, atrapado en una sensación que no quería reconocer.
-¿Umm? ¿Qué pasa? ¿Es mucho?—Aquella reacción no fue del agrado del elfo, pensó que quizá le seguiría el juego y entendería lo que quería.
-¿Por qué haces esto?... No he podido sacarte de mi cabeza, ahora vienes aquí, dices y haces estas cosas. No sé qué es lo que buscas con esto, tápate por favor…-Mencionó con dolor en el pecho, realmente se sentía incómodo de solo pensar en el elfo de esa manera, la forma tan provocativa en que se expuso hacia él, pero no era desagradable.
-Porque me gustas, creí que era algo obvio ¿Acaso no te gusto también? Eso es lo que pensé. Quizá… ¿Lo malinterpreté? —Las orejas de Lanzeloth se bajaron un poco al pensar que quizá se había propasado.
-No lo sé, no sé cómo me siento sobre esto, me haces sentir extraño y eso no me gusta, cuando pienso en lo que pasó en mi casa, me hace sentir raro, me duele el vientre, me cuesta respirar pero… también me gustó. Pero esto… no sé, es mucho, no me siento listo—Tragó saliva intentando acomodar las ideas en su cabeza, ahora se sentía culpable, pero no cambiaría ni una sola palabra de lo dicho.
-Quizá fui muy rápido contigo, Niko. ¿Quieres que deje de verte?- Acomodó su cabello para cubrirse lo más que podía. No podía negar que había sido bueno, de verdad le gustaba aquel hombre, pero no haría algo que el otro no quisiera.
-No es eso… - Dijo frustrado tratando de acomodar las palabras en su cabeza, no quería decir algo equivocado, en el fondo, él tampoco quería dejar de verlo.
Fue y cerró la puerta de la biblioteca con llave, no quería que nadie fuera a interrumpirlos, no podía que alguien los viera.
-Sígueme, es mejor que hablemos de eso en otro lado.—Nikolay volvió y el moreno lo siguió en silencio, no sabía que le diría, no entendía nada.
Lo guio al fondo de la biblioteca, había una vieja puerta de madera y al abrirla un aroma a humo de cigarro, libro viejo y pegamento los envolvió, era un cuarto pequeño lleno de libros rotos, frascos de pegamento, brochas, agujas e hilo.
-Una disculpa por el lugar, es mi taller de reparación de libros, no está ordenado.- Dijo, encendiendo una vela, el lugar terminó de iluminarse, dejando ver un poco de polvo suspendido en el aire. El mago extendió su brazo a un sofá a modo de ofrecerle asiento a Lanzeloth.
El moreno seguía esperando a que el otro dijera algo, en principio pensó que lo correría, pero ahora parecía que tenía algo que decirle, imaginaba el caos en la cabeza del mago. De una de las bolsas de su pantalón sacó una pequeña caja de metal.
-Quizá esto te ayude… vi que te gustaba fumar así que… te traje unos cigarros del viaje que hice.— Comenzó Lanzeloth con algo de timidez, Nikolay tomó la caja y miró con detenimiento un diseño de lirios en relieve, era delicado, bonito, un detalle lleno de atención.
-Yo… Gracias.—Dijo con gratitud y abrió dicha caja para tomar uno. Al igual que en el bar, lo encendió con la yema de sus dedos para dar una fuerte calada.
-Lanzeloth, Eres muy amable, eres bello ¿De acuerdo? No puedo evitar notarlo, Lo que ha pasado entre nosotros me ha gustado, pero hay veces que no sé qué hacer… Me siento como un estúpido, eso no me gusta. Pero aun así, Quiero seguir viéndote. Soy nuevo en esas cosas, no puedo ir al mismo ritmo que tú.- Un ligero tic se notaba detrás de sus lentes, ni siquiera podía verlo a la cara.
-Niko, no busco casarme o algo así… Tranquilo.— respondió Lanzeloth, poniéndose de pie para abrazarlo. Esperó rechazo, pero no lo hubo. Al principio, el joven Petrov permaneció rígido, hasta que poco a poco, sus brazos rodearon la cintura del elfo.
-Vengo porque me gustas, Entiendo que quizá fui muy rápido. Desde que te conocí me he dado cuenta de que eres un poco… complicado, pero solo quiero que pasemos un buen rato juntos. A decir verdad, yo tampoco creo poder entablar una relación en este momento… así que, mi plan era solo venir a verte, darnos unos besos, cariño y ya volver a mis asuntos… Tengo una reunión importante esta noche y no puedo faltar ¿Te parece bien si hacemos eso? Estar juntos un ratito. No lo pienses o busques el por qué, solo tienes que sentirlo, deja de pensar, estas cosas se sienten, no se piensan.— Podía escuchar el corazón del otro latir. Suavemente acarició el pecho del mago y levantó la mirada encontrándose con la del otro. sonrió suavemente con ternura, ver tan confundido al blanco le parecía lindo, quería estar con él. Cerró los ojos en espera de un beso.
Para Nikolay era difícil “No pensar” pero, la propuesta no era del todo mala. Él tampoco se sentía seguro siquiera de hablar de una relación o algo así, pero quería seguir con él, verse y pasar tiempo juntos. Al menos para conocerlo mejor, era agradable.
Notó como Lanz levantaba sus labios esperando un beso, luego de un par de segundos terminó por ceder, besándole suavemente, correspondiendo de la mejor manera que podía, sus besos eran torpes y desincronizados, pero el elfo encontraba el ritmo para seguir con aquel beso lento, suave y reconfortante.
Al tortuoso final, Lanz soltó un suspiro relajado, aquello había sido lindo, sentía “mariposas en el estómago”. Volvió a sentarse en el sillón, sonriendo nuevamente con picardía. --¿Ya ves que no fue tan malo?... En fin ¿Pensaste lo que te dije sobre tomarte un tiempo?—
La actitud tranquila del elfo hizo que Nikolay se calmara un poco, siguió fumando un poco, después de todo no habría problema mientras el humo no llegara a la biblioteca y saliera por la diminuta ventana en una de las paredes del taller.

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