1 : Mariela
Mariela estaba tranquila en su cama cuando comenzó a sonar la alarma. Su pelo rojizo corto brillaba con la poca luz que entraba por la ventana. Apenas se podía ver a través de la persiana el patio lleno de plantas secas y marchitas.
Pero el sol cálido de la mañana iluminaba delicadamente la habitación, haciendo parecer el ambiente una escena de una película de David Lynch. Como era verano amanecía muy temprano. Y el sol salía todos los días alrededor de las 6 AM. Ya eran las 7 treinta y como todos los días debía levantarse.
Mariela se levantó para ir al baño. La puerta del baño se quedó atascada a mitad de camino y tuvo que meterse como podía. Apenas había un espacio de 30 centímetros de ancho para pasar. Por suerte, quizás, estaba muy delgada porque hacía mucho que sus hábitos alimenticios eran deplorables.
El piso estaba humedecido porque la bacha del lavamanos perdía agua. De a pequeñas gotas iba llenando un balde que pusieron debajo del caño y cuando se rebalsaba caía al suelo y mojaba las baldosas. Se miró al espejo. Debía ponerse la peluca para ir al hospice. Peinó su cabello hacia atrás con un peine de dientes finos y luego se colocó la peluca rubia corte carré. Se puso un poco de base y rubor. Se delineó los ojos y se puso un labial discreto. Se puso el rosario que le había regalado su mamá cuando tomó la primera comunión.
Se dirigió a la cocina y preparó un desayuno de tostadas con queso crema y mermelada. Un cafecito bien cargado para empezar el día, si es que la Alejandra le había dejado algo. Esa piba se toma todo el café “ha de tener un problema” pensó. “Necesita siempre estar a full. Es lo que pasa cuando vivís con tus amigas de la secundaria”.
Alejandra ya se había ido, llevó a su beba a la guardería y se fue a trabajar. Mariela no tenía la misma suerte hacía 3 meses que había perdido el trabajo y que no podía subsistir de otra forma que no fuera con la ayuda de Ale y la jubilación de su padre que ella cobraba por ser su apoderada.
Marielita, como le decía su mamá, salió de la casa y se fue cerrando con candado el portón de metal. “Necesita una buena cerradura” pensó “alguien podría querer entrar…”
El problema no era que alguien entrara sin permiso a su casa sino que la casa, que otrora perteneció a su padre, fuera ocupada. Usurpada. ¿Por quienes? Les sorprendería, o quizás no tanto, saber que por sus hermanastros…Siempre habían tenido problemas y desde que Mariela salió del closet como mujer trans las cosas estaban aun más tensas. Y sus hermanastros planeaban hace mucho como sacarla de la casa. Menos mal que la Alejandra se mudó con ella con su beba, si no ahora Mariela estaría en la calle.
Nadie conocía a su fiel amiga, su compinche, como Alejandra. El “La” ya era parte de su nombre. Le decían así los compañeros del secundario y ya le había quedado como una especie de apodo.
La Alejandra quedó embarazada de su primer novio a los 25. Si, tuvo su primer novio de grande, digamos, porque no tuvo la suerte que tienen algunos de tener un amor adolescente. Pero menos mal que fue así ya que su primer novio la embarazó y se borró.
Cuando Marielita estaba transicionando y conociéndose a sí misma fue cuando La Ale le pidió que le de lugar en su casa. La madre de Mariela, que siempre había sido muy comprensiva y solidaría, le dio un lugar. La piecita del fondo donde antes dormía el hermano de Mariela, Edgardo.
Cuando Edgardo se mudó fue cuando la mamá empezó a deteriorarse. Habían sido muy unidos y ahora ella se sentía sola. Aun con Mariela en la casa. Aun con el padre de la joven en la casa. Era un vínculo que no podía explicarse. ¿Cómo explicas el amor de una madre por su hijo primogénito? Mariela, la menor, era muy querida por sus padres. Pero siempre fue una lucha el hecho de que ella fuera diferente. Hubo discusiones y momentos tensos entre ellos. Pero aun así Mariela eligió quedarse en la casa para cuidarlos en sus últimos días de vida.
Mamá Samanta falleció en invierno. Y desde entonces su marido había enfermado. Se dejó estar con un cáncer de estómago y como puede suceder… Más temprano que tarde hizo metástasis y él no lo sabía. Cuando se enteraron ya era muy tarde y debieron llevarlo casi de urgencia al hospice. ¿Qué es un hospice? Es un lugar muy bonito donde las personas que ya no tienen cura van a morir en paz…
Mariela se sentía desolada. Triste. Muy sola y desconsolada. Su hermano Edgardo estaba en el extranjero y prometió volver lo más pronto posible cuando se enteró de la mala noticia. Pero ya habían pasado tres días desde que el padre estaba internado y no se sabía nada de él.
La Alejandra y su nena a veces acompañaban a Mariela al hospice. Llevaban cartas para jugar con el señor y le leían la biblia. No es que Mariela fuera creyente, pero sabía que a su padre le gustaba leerla y quería acompañarlo. A veces la leía cuando estaba sola. Era raro. No le interesaba demasiado la religión, de hecho era atea, pero le tocaba la historia de Job.
Esa historia, quizás ya conocida por muchos, sobre el hombre que tenía de todo y lo perdió por una apuesta que hizo dios con el diablo. Mariela pensó: “Job perdió todo; sus bienes materiales, su familia, pero no perdió su fe… Suena un poco tonto si lo piensan literal. Pero visto desde otro punto de vista si lo piensan es una historia de resiliencia. Job sí perdió todo pero no perdió las ganas de vivir. Es algo que puede sonar muy mágico y medio new age, ¿pero saben qué? No perder la fe es algo muy importante. Y no hablo de la fe en dios, si no en la fe en uno mismo o en lo que sea, lo que te sirva. Porque perder la fe, la esperanza… Es algo que te puede hundir hasta lo más profundo de tu propio infierno. No hay nada peor que vivir sin sentir un poco de esperanza. Quizás esa es la palabra. Más que la fe es importante no perder la esperanza. ¿Por qué lo digo? porque si hubiera perdido la esperanza ahora no estaría acá…”
Mariela reflexionaba en el camino al hospice en el colectivo. Debía tomar dos, uno hasta la estación de tren y luego otro hasta el hospice. El camino no era largo pero era tedioso. Se aburría, a veces se dormía y debía despertar antes de llegar a la parada. No era una opción el pasarse la parada ya que el mismo colectivo que tomaba iba al lugar por la ruta y no paraba hasta llegar a capital. Sería un garrón pasarse.
La muchacha se acomodó su pollera de jean y se peinó un poco con los dedos la peluca. En la parte de atrás del transporte un muchacho la miraba. Se sintió un poco incómoda. Pero siguió mirando hacia el frente mientras se ponía los auriculares y preparaba el celular para poner una canción de su playlist. No le gustaba que la gente la mirara, menos los hombres. Bueno, no todos. Algunos de cara un poco sospechosa. ¿Cómo explicarlo? Te das cuenta cuando alguien te mira porque le gustas o porque quiere hacerte daño. Este tipo la tenía perpleja. Era raro. Tenía el pelo muy corto y unos ojos oscuros que normalmente le parecerían bellos, pero no era el momento para pensar en eso. Ya que la expresión de su rostro era demasiado seria. Tenía un detalle en la nariz: un tatuaje. Era un camaleón. Le llamó la atención porque era raro tener un tatuaje tan grande en medio de la cara. Además tenía una nariz aguileña lo que lo hacía más vistoso. Muy conspicuo. Se acercó finalmente el colectivo a la parada y Mariela debía bajarse. Al bajar notó que el extraño la seguía mirando. No bajó con ella, lo que la dejó más tranquila, pero si la seguía mirando mientras el bondi se alejaba.
“Rarito” pensó mientras caminaba. La muchacha no entendía qué había pasado, pero prefería pensar que no se trataba de una situación de transfobia ya que quizás ese día se había vestido muy llamativa y quizás el tipo la miraba por eso. Aun así no podía evitar sentirse extraña pero aliviada de estar lejos de aquel sujeto.
En la puerta del hospice Marielita tocó el timbre y esperó a que llegara una de las voluntarias a abrirle. Las voluntarias eran muchas, como 12 distintas había contado. Y un cocinero y una cocinera. Sin contar a las enfermeras y médicas. Sin contar al dueño (que también era médico) y a la secretaria. Se sorprendía de que tanta gente se tomara el trabajo de estar ahí, totalmente gratis por voluntad propia. Ella querría hacer algo como eso pero simplemente no podía imaginarse una vida donde después del trabajo ella tuviera energías para estar en un lugar así. Un lugar bello, tranquilo pero con la constante presencia de la muerte. Solo pensar en estar en un lugar donde quizás todos los días muere alguien… La estremeció de miedo.
Mientras caminaba por el patio vió la gran imagen de la virgen y pensó en su madre.
Samanta. Sentada en el patio de la casa trabajando en un proyecto de carpint

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