Samanta estaba en el patio de su casa. Se levantó de la reposera y caminó hasta su taller. Era verano en el año 2020. La pandemia azotaba el país y al mundo, a Samanta y su familia. Eran ya las 19 horas pero aún no oscurecía afuera, dónde si estaba oscuro era en su casa ya que había ocurrido un apagón. No sabían cuándo regresaría la luz. Samanta vio el taller a oscuras y pensó para si misma “la puta madre… todavía sin luz”. Volvió a la reposera dónde al lado la esperaba su marido con el termo con agua caliente y el mate ya preparado para ser servido. “Vení viejita, sentate conmigo” dijo Adel.
Adel era un buen marido, muy compañero. Un buen padre, quizá de dudosos métodos de enseñanza, pero con muchas buenas intenciones.
Aún recordaba Samanta cuando nació Edgardo y para callar sus llantos sugirió darle un traguito de vino. Pobre Edgardo. Se podría decir que fue el experimento de sus padres para luego saber que hacer y que no con Raul y Mariela. Si, los recuerdos eran muchos y esa noche de verano dónde estaban solos sin electricidad abundaban. Que cuando Raúl se cayó de la bicicleta y se dislocó el brazo, que cuando Marielita perdió su último diente de leche de un portazo. Todos eran recuerdos más o menos descuidados pero lindos habían calado en Samanta. Adel la miró alcanzandole el mate. el agua estaba demasiado caliente para ese día de verano. Pero el calor no le iba a impedir disfrutar de un buen mate amargo al lado de su amor. Cuando se llevó la bombilla a la boca sintió un inmenso olor a perfume. Un perfume hermoso, cómo el de los jazmines. Un perfume como el de las flores que se llevan a los cementerios. Y triste mirando a Adel le dijo: “la próxima soy yo”.
Esa tarde Mariela no estaba en la casa. Se había ido a lo de una amiga y al enterarse que no había luz, por una llamada de su madre, decidió quedarse a dormir allí.
Adel dijo: “¿cómo la próxima? No hables pavadas, viejita. Disfrutemos el día que la noche ya se viene encima y se va a ir la luz”.
Samanta tocó torpemente con los dedos el mate y se le cayó al piso. Al mismo tiempo comenzó a llorar. Había algo que ella no quería decir. Algún dolor o malestar que la aquejaba. Pero su necedad para consultar médicos le superaba el miedo que sentía de estar alejándose de este mundo.
“Mí mamá… mí mamá cuando falleció vino a despedirse de mí así. Ese día cuando probé el mate tenía olor a perfume. Dicen que esos perfumes repentinos que no tienen explicación vienen de seres más elevados que vienen a decirnos algo… y creo que entendí el mensaje”.
Samanta sollozo mientras levantaba el mate y buscaba una escoba.
Adel se paró detrás de ella y fue por la pala de mano para levantar la yerba que había caído al suelo. Olió la yerba y no notó ningún olor a perfume. Algo le pasaba a Samanta. Su superstición era muy profunda y la llevaba a creer cosas irracionales. Mientras Samanta terminaba de levantar la yerba su marido le propuso una idea.
“Traigamos el sol de noche y cenemos afuera, total la luz parece que no va a volver hasta mañana”.
Samanta asintió con la cabeza mientras con un trapo limpiaba el mate que había caído al suelo.
Esa noche las pocas estrellas que se veían parecían estar iluminandolos solo a ellos. Cómo más tarde contaría Sam “ esa noche cenaron bajo la luz de la luna” que no era del todo cierto porque había un sol de noche. En la oscuridad de la casa vacía, en aquel patio solamente se oían el cantar de los sapos, las luciérnagas y el zumbido de algún que otro mosquito.
La cena esa noche era arroz hervido con huevo frito. No había mucho en la casa pero tampoco había ganas de cocinar. Sin Mariela en la casa la comida dejaba de ser elaborada. Y sin ella presente no había quién se quejara del valor calórico de la comida. O de la cantidad de aceite y sal. Cenaron muy a gusto. Cómo rememorando aquellos primeros años de matrimonio. Una lágrima se le escapó a Samanta cuando sintió un roce en su pierna. Era Calisto la gata de la vecina. La gatita solía meterse en el patio de la casa y buscar comida. Su caricia era como un beso en el cachete. Era como si le estuviera diciendo “todo va a estar bien”.
O quizás era como una despedida. Los gatos acompañaban a los faraones egipcios en sus tumbas. Eran momificados para que pasaran la eternidad con sus…¿dueños? Samanta se preguntó si los egipcios consideraban a los gatos mascotas o quizás más bien parte de su familia.
La mujer acarició a la gata blanca de manchas negras y naranjas. Hizo sonar su cascabel. Se lo quitó y la dejó ir.
“¿Por qué hiciste eso? La vecina se va a enojar”
Cuestionó Adel. Samanta dijo que los cascabeles tan cerca de las orejas de los gatos les hacen daño al oído y que si la vecina la veía sin cascabel que no importaba, quizás asumiría que lo perdió al trepar un árbol.
Esa noche las luciérnagas los rodearon y un canto lento y tierno de los sapos inundó el momento. Adel ya cansado, con sus buenos 65 años, miró a Samanta. Sam, su Sam, con su cabello ya canoso y su rostro más parecido al de su suegra. Pero reconoció en ella, en sus ojos, la luz que aunque estuviera oscuro iluminaba todo el lugar. Era el amor. Samanta sintió un escalofrío. Una pequeña mano se posó en su pierna. Un ser pequeño, muy, muy pequeño se paró junto a ella. Era un duende. Samanta no quiso mirarlo. El duende en una voz baja y muy aniñada le dijo: “no tengas miedo, yo lo voy a cuidar”. Y Sam de nuevo sintió una lágrima caer de su ojo izquierdo. Algo le pasaba, sin duda, serían alucinaciones? No tenía forma de saberlo a menos que fuera con un médico. Pero lamentablemente eso no iba a pasar…

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