4: El árbol
En el hospice las cosas son muy eficientes. Hay horarios de desayuno, almuerzo y cena. Hay lavandería todos los días y las enfermeras se encargan de chequear que los pacientes estén cómodos. Los médicos vienen una vez a la semana y se intenta que los pacientes no estén solos y puedan pasar sus ratos de ocio entreteniéndose con alguna actividad. A veces los misioneros vienen a leerles la biblia y a veces las monjas que pasean por el lugar entran a las habitaciones a conversar.
Mariela llegó temprano, sintió que se desmayaba, una voluntaria le ofreció un café y tuvo que aceptarlo. Hacía dos días que no comía. Y aunque era joven su cuerpo ya no le daba para pasar tanto tiempo en ayuno. Quizás si lo hubiera hecho a los 14 cuando era anoréxica. Pero esos años ya quedaron muy atrás por suerte. Ahora algo más le pasaba, una angustia, un dolor que le impedía comer. No podía seguir una rutina normal de alimentación. Pero si seguía la rutina de ir a ver a su padre. Aunque si, no es mentira que a veces no iba a verlo para ir a ver a Tony. Ya que la familia tenía sus problemas con él. Mariela no tenía tiempo para pensar en eso ahora, aunque podía admitir que era algo que la distraía de pensar en lo inevitable. Papá iba a fallecer. Y nada iba a cambiar eso.
Mariela se sentó un momento en el patio del hospice a mirar el viejo árbol que tenían en el fondo. El árbol tenía un gran hueco en su parte inferior y parecía sacado de un cuento de hadas. Pensó ella que tal vez si miraba hacia abajo vería al conejo blanco y a Alicia. Mariela se acercó al árbol y al mirar dentro del hueco se sorprendió al mirar que dentro del había un ser pequeño. Muy pequeño. De color rosa y con un traje verde oscuro, de ojos grandes y sin orejas. Era un duende. El ser se trató de levantar pero no podía salir del hueco. “Ayuda por favor” le dijo a Marielita. La joven dudó. Pensó que se estaba volviendo loca. Pero pensando en lo absurdo de la situación decidió acercar sus manos para sacar al hombrecito. Después de todo, si no era real no sacaría nada, o no?
El hombrecito subió a sus manos. Y con una voz aguda dijo: “gracias, llevo días buscando este lugar. Y cuando al fin lo encuentro un gato me corre y termino escondido en un hueco de un árbol”, “ quién hubiera dicho, seguramente yo no porque no me di cuenta, que no iba a poder salir del hueco”.
Mariela se quedó callada. ¿Era esto real?
El duende la miró con su ojo bueno. “Mariela, no te acordás de mí? Yo iba a visitarte cuando eras una nena. Bueno, no te veías como ahora. Pero los dos ya jugábamos a que eras una princesa”. “¡Cómo creciste! No lo puedo creer. Pero no te preocupes. Yo no vine a inmiscuirme en tu vida adulta, estoy acá por tu papá”.
“¿Por mí papá?” Logró balbucear Mariela.
“Si, porque ya falta poco para salir del cascarón. Y volar hacía un lugar lejano. Es un lugar muy lindo. No tengas miedo. Yo vengo de ahí. Hay nubes de algodón de azúcar, los árboles están hechos completamente de flores, los edificios son de la más resistente roca y brillan con el reflejo del sol, todos los días cantan los pájaros y hay lluvia de helado de limón como lo prometió Dorothy”. Dijo el duende.
“No puede ser… Eusebio… ¿sos vos?” Preguntó Mariela.
“Por supuesto, hija. Yo siempre te cuidé. Y ahora me toca cuidar a tu papá que está muy enfermo. Así somos los duendes, un día cuidamos bebés y al otro a sus ancianos padres”.
Mariela le contestó: “ pero es que vos no sos real. Yo te inventé. Porque estaba sola. Porque no tenía amigos…”
“ No me inventaste querida, yo aparecí porque vos lo deseaste. Vos eras una nena tan cariñosa y me cuidaste con tanto amor que ahora vine a retribuir el cariño que me diste acompañando a tu papá hasta el camino amarillo”.
“No…” pensó Mariela. Algo no cuadraba. El camino amarillo era algo de ella. Algo que ella creía luego de ver el Mago de Oz. Pero no era real. ¿Cómo alguien al morir se va a ir al camino amarillo? ¿No debería ir al cielo? Si había vuelto a leer la biblia era porque quería creer que había una oportunidad de que exista el cielo. Pero esto era muy raro.
Eusebio se bajó de sus manos. Y a duras penas con sus cortas patas caminó hasta el hospice. Mariela se mordía los labios para no gritar “¡no vayas! ¡No te lo lleves!” Pero le pareció tan tonto gritarle a un duende en medio de un hospice católico que decidió correr tras el y meterlo entre sus manos.

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