“Una píldora te hace grande, una píldora te hace pequeña. Y las que tu madre te dió no hacen absolutamente nada. Ve a preguntarle a Alicia…” cantaba el duende.
Eusebio y yo salimos a caminar por la avenida cerca del hospice. Los autos pasaban muy rápido y no pudimos cruzar.
Una mujer cruzó a las corridas y luego de pasar muy accidentada entre dos autos se chocó conmigo. Eusebio se metió dentro de mi pollera y se escondió en la parte de atrás. Parecía un bulto en mi nalga como en La sustancia. Maldito gnomo. Me hace quedar mal.
La mujer era Alicia, una vecina del hospice, se sentó en la vereda junto al vivero y se quedó un momento en blanco. Estaba callada y sin moverse. Eusebio susurró:
“Está más dura que vida de huérfano”. “Callate, Eusebio” le dije en voz muy bajita.
Me acerqué a ella y le hablé calmadamente. Lo más calmada que un duende escondido en mi ropa podía tenerme: “Buenos días… ehm… ¿Se siente bien?”
Alicia no se movió, solo habló sin mirarme: “Esta mañana… Esta mañana ha fallecido mi madre”.
Sentí un dolor muy profundo en mi pecho mientras ella hablaba. Eusebio comenzó a temblar.
“Llevo tres meses en el hospice. Yo tenía que irme primero… Pero ella se acuesta a dormir y puff… se va. ¿Qué debo pensar ahora? ¿Qué puedo sentir ahora? Mis hermanos tardaron unas horas en decirmelo. Estuvieron debatiendo si era buena idea decirmelo… Que hijos de puta.”
Dijo Alicia apretando un paquete de cigarrillos vacío en su mano.
Para apaciguarla le pregunto un poco sobre su madre. “¿Qué cosas le gustaban? ¿Tienen lindos recuerdos juntas?”
Alicia suspiró fuertemente. “Mamá era una mujer muy fuerte. En muchos sentidos. Siempre le gustó el deporte, era fisicoculturista y le gustaba mirar los partidos de la selección tanto como a mi papá. Le gritaba a la tele, jajaja. Como se enojaba cuando erraban un penal. Le gustaba levantar pesas. Recuerdo estar muy chica, como de 4 años, y verla levantar 30, 35 kilos. Yo pensaba que era mucho. Ella me decía: yo antes levantaba 150 kilos. Esto no es nada.
Mamá ya estaba grande… Cansada, sin fuerza. ¿Cómo podía ser ese el cuerpo de mi mamá? Aquel cuerpo delgado y frágil el de aquella reina guerrera que alguna vez me levantó con una mano sobre su cabeza cuando yo era una nena…” Dijo con lágrimas en sus ojos. “Ella ya no está y yo estoy acá…”
Su cabeza calva estaba sudando con el sol del verano pegando de frente. Le ofrecí llevarla de vuelta al hospice. Ella dijo que quería quedarse en la esquina del vivero. Dijo que el perfume de los jazmines le daba tranquilidad. En el hospice también había jazmines. Pero supongo que ella necesitaba algo de aire fresco lejos de aquellos muros.
Alicia me preguntó si podía comprarle cigarrillos. Sacó unos billetes del bolsillo y me indicó la marca que fumaba. “Conejo blanco, la marca que le gustaba a mi mamá…”
Crucé al kiosco frente al vivero, el que estaba en la parada del colectivo. Compré los puchos y volví a la esquina. Eusebio comenzó a resbalarse de mi pierna por el sudor. Caminé apenas unos metros y vi el colectivo yendose de la parada, sobre el estaba Alicia. La miré, me miró y sonrió. Me saludó con la mano mientras se alejaba lentamente. Miré la caja de puchos con un dibujito de un conejo. “Conejo blanco”. Tenía unas letras blancas grandes y una imagen de un feto podrido con la frase “Fumar puede causar aborto espontaneo”.
Me quedé fría. Y pensé en Alicia yendo al velorio de su madre, escapando del hospice. Las coincidencias de la vida me parecían muy crueles. Eusebio de repente ya no estaba escondido en mi ropa. Lo veo cruzar del kiosco con un encendedor que se había robado. “¡Corré Mariela!” me dijo.
Corrimos al hospice y en la puerta antes de tocar el timbre el duende me dijo: “Da para fumar, ¿No?”

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