Llevaba tres días sin dormir. Y esa tarde no había comido nada. Alejandra llegó con su beba y se sentó en el patio del hospice. No se podía fumar dentro, obviamente, pero en el patio sí. El olor a pucho me dio nauseas. Mi estómago vacío se retorció. No sabía cómo explicarle a Ale que me sentía mal. La cabeza pesada, el estomago duro y en mis oídos la voz de mi padre pidiéndome que le lleve un postre... Extraño mi vida antes del purgatorio. Extraño mi vida antes de todo esto. Si mamá no hubiera muerto nada de esto hubiera pasado. Pero no es su culpa, ni mía ni de nadie... No había forma de evitarlo.
A veces quisiera dormirme y no despertarme más. Pero... ¿Cómo se lo explico a Tony? ¿Cómo se lo explico a Ale? Ahora ellos son mi familia. Y yo no quiero decepcionarlos. Pero no sé cuánto más pueda aguantar.
El olor a monjas y a sopa me perseguirá para toda la vida.
Detesto mi vida y estoy obligada a vivirla. No disfruto nada. Ya nada me llena. Nada me hace realmente feliz. Quizás algunas tardes de mates con Ale y su nena. Haciendo dibujos para Lina y que ella los coloree. Quizás algunas noches con Tony, mirando una peli abrazados. Aun cuando esa peli sea una clase b de zombies que se repite en loop.
Me gustaría ver esa peli con papá, pero hay escenas de tetas y sería incómodo. No quiero nada de lo que está pasando. Quiero volver el tiempo atrás como en "Zombies viajeros del tiempo". Pero no puedo. Siempre seré una mujer triste porque el tiempo decidió quitarme lo que más amaba... Lo más importante que tenía. A mis padres…

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