La tía Filomena era una señora de 57 años. La hermana menor de Samanta. Cuando la tía Filomena se casó Mariela tenía 4 años. Al año nació su primer hijo, el primo de Mariela con quién ella había sido muy cercana en la infancia. Al crecer Mariela comenzó a notar que no podría fingir no ser trans toda la vida. Que algún día tendría que decírselo a su familia. Y comenzó a alejarse de su primo para evitar que se burlaran de él en la escuela, después de todo, iban a la misma pero en distintos grados. A veces Mariela se sentía una tonta por haber alejado a su primo, pero en el momento pensó que lo estaba cuidando…
La tía Filomena olía a pucho y perfume caro. Ese día de verano particularmente su perfume parecía calar lindo en la nariz de Mariela. La tía la saludó en la entrada del hospice. “¡Marielita, tanto tiempo! ¿Cómo estás? Si, ya sé, ¿qué pregunta, no?”
Mariela tragó saliva. La tía Filomena se acercó a Eusebio y miró detenidamente al hombrecito. “¡Qué pequeño es! Jajaja es graciosisimo”.
“Tía, ¿lo ves?” preguntó Mariela. “Obviamente, ¿quién podría ignorar a un duendecillo como él?” La tía Filomena puso su mano en la cabeza de Eusebio. Lo acarició como si fuera un gato. Y curiosamente Eusebio ronroneó acorde.
“Es una señora muy amable”, dijo el pequeño. Mariela asintió con la cabeza sin despegar sus ojos de la tía.
“Hay Marielita ¿Por qué estás tan asustada? Ni que hubieras visto un fantasma” dijo la tía.
Sacudió su tapado viejo y polvoso y se acomodó el pelo. Con la mano derecha sacó del bolsillo del abrigo un cigarrillo y se lo colocó en la boca. Con mucha destreza tomó con la mano izquierda un encendedor y trató de prender el pucho pero el encendedor no tenía combustible. Tuvo que sacar un fósforo viejo y mohoso de su bolsillo. Pasó el fósforo por una piedra del paredón del hospice y el fósforo se encendió en una llama muy grande.
“¿Cómo…? ¿Cómo está tu pierna?” dijo Mariela a Filomena. La tía dió un salto en el aire. Cayó al piso muy grácilmente mientras estiraba los brazos como una bailarina, dió unas vueltas sobre su pierna derecha y dijo: “¿Qué te parece, Marielita?”
Mariel aún más asustada le preguntó: “No entiendo ¿Qué hacés acá?” “Vine de visita. Yo siempre paso por acá. Es uno de mis lugares favoritos. Y ahora que tu papá está acá tengo con quien conversar”. Contestó la tía.
“Pero bueno. Ya se me hace tarde. Debo irme. Fue un gusto verte. A vos también, amiguito. Nos veremos muy pronto Marielita. Saludos a tus hermanos”. Dijo Filomena caminando suavemente hacia la parada del colectivo. Sus pies se movían lenta y grácilmente, como si se movieran sin tocar el suelo. Parecía flotar en el aire. Eusebio miró a Mariela. La notó muy triste. “¿Qué pasa? Te ves mal,, estás muy callada ¿Te comió la lengua la tía? Jajajaja” Dijo burlonamente él.
Mariela se mordió los labios, como si quisiera decir algo pero no pudo, miró a Eusebio y tomó su mano. Corrió a la parada con él pero allí ya no había nadie.
“¿Cómo te explico, Eusebio? ¿Cómo te lo puedo decir? Que la tía Filomena falleció hace más de 10 años luego de que le diera una hemorragia cuando le amputaron la pierna derecha” pensó para sí misma.

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