Alejandra estaba en la casa cuando llegó Mariela. Llevaba puesto su ambo y estaba sola. Con las manos alrededor de la cafetera. Se acomodaba el corpiño por arriba de la ropa, que se le subía, lo tenía gastado y las tiras se salían de lo largas que estaban. Era incómodo. Pero no tanto como ver a Mariela caminar con un bulto al costado de la pollera.
“¿Qué tenés ahí, Mari? ¿Te escondiste un pollo asado en el bolsillo? jajajaja” dijo riendo La Ale.
Mariela se acomodó la pollera y con la delicadeza que su apuro le permitía agarró a Eusebio y lo tiró detrás del sillón.
“No es nada. Una… Una media. Se me rompió en la calle y me la saqué y la guardé en el bolsillo” contestó Mariela.
“Que raro. ¿Por qué no la tiraste si está rota?” cuestionó Ale. Mariela inhaló profundamente y cuando soltó el aire muy rápidamente dijo:
“Es que… Me dió pena tirarla. Era de mi abuela ¿Viste? Algunas abuelas te heredan terrenos pero la mía me dejó un par de medias”.
Ale la miró extrañada.
“Respirá, Mariela, respirá. No pasa nada. No hay que dar tantas explicaciones. Te la querías quedar. Se entiende” dijo Ale. Mariela se sentó en el sillón, detrás de ella contra un almohadón estaba Eusebio. Mari lo apretó contra el sillón y trató de esconderlo de su amiga.
“¿No tenías que ir a ver a tu papá hoy? Pensaba que Raúl hoy iba tarde, por eso, vos tenías que ir a la mañana”. Preguntó la muchacha con una taza de café en la mano. Le acercó otra a Mariela y la miró fijo.
“No, no. Es que… ¡Volvió Edgardo! Él va a ir a verlo hoy a papá. Por eso volví a casa. Así descanso un poco” contestó la chica quitándose la peluca.
Mariela puso su peluca rubia en un costado del sillón y se sorprendió al ver que cayó sobre la cabeza de Eusebio. El duende corrió por el living con la peluca encima como un mini tío Cosa. Mari recordó las madrugadas mirando Los locos Addams con Ale cuando ella estaba embarazada y ninguna de las dos podía dormir. Pero le dió mucha vergüenza que Ale viera a Eusebio correr por ahí por lo que agarró la escoba y lo corrió como si fuera un ratón. De golpe se escuchó un golpazo.
“¿Qué fue eso?” Dijo Ale que estaba mirando su pc en ese momento.
“¡Una rata! ¡Una rata! ¡Se metió debajo de mi peluca! AAAAAH, corre Ale, corré al cuarto que la mato”. Dijo Mariela sacada mientras golpeaba al duendecillo con la escoba.
Eusebio dió unos saltos en la cocina haciendo a la peluca dar vueltas en el suelo. Se escuchó por un momento un: “¡Basta Mariela!” Que Mariela creyó que podía ser Eusebio pero era La Alejandra.
“¡No la aplastes! ¡Es un animalito! ¡Sacala afuera, que se la coma la gata de última, pero no la aplastes así!” La joven ignoró las palabras de su amiga y de un escobazo mandó a Eusebio detrás de la heladera. El pequeño se quedó quieto detrás de la heladera y no se movió para que no lo siguieran golpeando.
Alejandre apagó su pc y metió una notebook en su cartera. Enojada agarró las cosas y se acercó a la puerta.
“A dónde vas?” preguntó Mariela.
“Me voy. No quiero ver como matas un animal. Qué vergüenza, Mari. Te tenía más estima. Te creía incapaz de algo así”. Y de un portazo se fue la Ale de la casa. Cuando se escuchó cerrar el portón de la casa Eusebio salió de la cocina. Lentamente y tambaleándose con la peluca en la mano dijo:
“Tenemos que hablar…”.

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