Samanta se levantó preocupada esa mañana. Iba a ser el cumpleaños de Raíl, su bebé, y no tenía para pagar una fiesta. Eran las 9 a.m. y se sentó en su cama junto a Adel. Acarició en su dedo anular la alianza y lo hizo girar rápidamente. Luego vió su alhajero. Lo abrió y sacó el anillo de oro grabado que le había regalado su abuela. Las iniciales “SR” en el anillo brillaban en el lustroso oro. Se puso el anillo en el dedo índice y lo miró. Pensó en su abuela Lucrezia llegando de Italia en barco en 1925. Ese verano que azotaba Buenos Aires, Lu con su pelo largo rubio y enrulado atado detrás de las orejas. La muchacha con un vestido de gabardina y lino que le llegaba por debajo de las rodillas. Llevaba puesta una camisa arriba y un saco lanilla. Con sus guantes de lana debajo escondía el anillo que le había regalado su padre. Con las iniciales “LB” de Lucrezia Buonanotte. Quién hubiera pensado que años más tarde su nieta vendería uno muy similar. Uno que le había costado comprar con su jubilación mínima. Pero que no le había costado tanto en comparación con la felicidad de su nieta. Con la felicidad de pasarle un legado.
Samanta salió de la casa y fue a vender su anillo. Ese año Raúl cumplía los 4 años. Y ella soñaba con darle a su hijo un fiesta con su familia y con sus amiguitos del jardín. Una fiesta con globos, una torta con granas verdes imitando pasto y una figura de cartón del gato Tom arriba; papitas, chizitos, palitos y una bonete grande, como el de un duende, en modo de corona. El príncipe de la casa. El hijo menor de Samanta y Adel.
Mientras Sam preparaba esa tarde su clásico mantel con dibujos de payasos. Por un instante sintió un escalofrío en la pierna. Una caricia fría. Era Mili, una duende que solía seguirla cuando era niña. La pequeña se paró junto a ella y le tocó el tobillo. Sus manitas diminutas rosadas y sin dedos tocaron la media de nylon y la hicieron estremecer de miedo. “Aún no…” pensó Sam. Mili la miró con sus grandes ojos negros. A Sam le recordó a una beba que había fallecido un año atrás: Milagros.
“Yo sé que no es un buen día pero vine por alguien.Dijo Mili: “No te lo tomes personal”. “No es en contra tuya, pero hoy debo llevarme a tu mamá”. Sam se sintió helada. Tragó saliva y se acomodó el pelo hacía atrás. Sus mechones rubios brillaron bajo la luz del sol de octubre. Y acto seguido se desplomó en el suelo y se puso a llorar. Ese día no hubo fiesta. La abuela Rizzollini se había descompensado en la calle. Iba en compañía de su hija menor: Filomena. Había sufrido un ACV. Ese día toda la familia corrió al hospital a ver a la abuela que por suerte solo estuvo inconsciente un momento. Estuvo muerta pero regresó gracias a los médicos que la estabilizaron. Dijeron que era casi un milagro. Y Samanta pensó: “Milagro”. Era una gran coincidencia. Sam era muy supersticiosa y siempre le achacó el ACV de su madre al duende. Sam no podía ni ver una escultura de ellos. Les temía. Y como no hacerlo si son los ángeles de la muerte.

Comments (0)
See all