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Banjus

En tierras perdidas

En tierras perdidas

Dec 11, 2025


—Señorita Undere ¿puedo hacerle una pregunta?— Le escuché decir a Flins. Este estaba en la parte trasera del vehículo junto a Olanka y Undere. Actualmente estábamos cruzando el páramo, en dirección a las montañas de Kairan.
La chica asintió. — Por supuesto.—
—Entiendo que al resto no le importe porque son descorazonados, pero parece usted una persona de bien. — Empezó, causando estragos entre las expresiones del resto. — Dígame, entonces ¿No le preocupa que su amigo se caiga y muera miserablemente? — 
Inmediatamente todos entendimos a quien se refería; Al único que estaba subido al techo del coche en marcha, es decir: Yo. Me planteé replicar, pero estaba ocupado, y no me apetecía cruzar palabra con Flins. No sabía el qué, pero había algo en él que me inquietaba.
—No, no mucho. — Respondió la chica y en cuanto vio la expresión consternada de Flins ahogó la risa. —  Sun, a parte del vice-líder es nuestro especialista en reconocimiento, no hay nadie mejor que él para detectar a los Banjus. —
—Entiendo, pero ¿no os da miedo que se caiga?— 
—Si eso pasa mi hermano lo atrapará antes de que se dé cuenta, así que no se preocupe.—
Flins alzó una ceja. —¿Tu hermano?— Entonces miró a Olanka quien asintió. — ¿Erais hermanos?—  
¿Estaba ciego? 
—¿No es obvio?— Farfulló Erika desde el volante. No se equivocaba había que ser o muy tonto o muy ciego para no percatarse de que las dos únicas personas del grupo con el pelo blanco y la piel morena estaban emparentados. Y si bien es cierto que la etnia no era un factor determinante, cualquiera que los pusiera juntos diría que eran familia. Ambos eran altos y de buena constitución, con los ojos de un gris oscuro y las cejas redondeadas. Undere daba una impresión más amable, tan vez por las alegres trenzas que enmarcaban su cabeza o por la brillante sonrisa que siempre adornaba su rostro. O tal vez ambas. Olanka por otro lado tenía un semblante duro. Su pelo estaba rapado, y las vendas de sus brazos le llegaban hasta casi el bíceps, e incluso así, todavía asomaban cicatrices debajo de la tela. Tenía todas las papeletas para ser alguien intimidante, pero resultó ser un hombre la mar de educado.
—Sí, y soy la mayor, por cierto. — Continuó la chica. — Ambos somos los especialistas médicos así que si tienes cualquier molestia no dudes en consultárnosla. —  
—También soy el cocinero, por si tienes sugerencias. — Añadió Olanka.
—Denegado. — Intervino Naelia, dejando al cronista con la palabra en la boca. — No tienes permitido hacer nada más que lo que sabes. —
—Escucha rubito, ni se te ocurra darle inspiración. —  Advirtió Erika. — La última vez que se puso creativo la cosa acabó con Ruth intoxicado y Naelia borracha. — Su expresión se volvió oscura, tal vez porque el largo cabello castaño la ensombrecía. — Créeme que no quieres verlo. — 
Solo de recordarlo me estremecí. Olanka se dejó caer cabizbajo sobre la ventana, mientras su hermana, animadamente cambiaba de tema. — ¿Entonces, Flins, cómo cronista sabes mucho de los banjus?—
El chico inclinó la cabeza. —Estoy seguro de que no más que tu cómo mercenaria. —
—No, no hablo de los banjus comunes, si no de los…— Buscó la palabra. — ¿cómo los llaman aquí? ¿altos, superiores? —
— Ah… En ese caso, sí, se un poco ¿Por qué? ¿Hay alguien sobre el que sientas especial curiosidad? — 
—Más o menos. En mi país los llamábamos Andelos, eran prácticamente divinidades. La dama del río Alto, Jerbín el sabio… Pero desde que llegamos a Extor no he visto ningún templo, es casi cómo si fueran un Banju más. —
—Para empezar “Banju” no es más que un término para referirse a todo aquello que no entendemos. — Explicó. — Según a donde vayas o a quien le preguntes los percibirá cómo dioses, cómo animales o cómo monstruos. Pero jamás cómo algo similar. — Sentí que aquello último iba con más intención, pero permanecí en silencio. — Los Banjus superiores son llamados así a falta de un término mejor. Criaturas poderosas, conscientes e imperecederas, pero cuyo origen desconocemos. Cualquiera les llamaría dioses, sobre todo en lugares cómo el capitolio. — Se giró a la chica. — ¿Dime Undere has oído hablar del rey de la sangre? — 
—¿Y quién no?—
—Arkaedes, el señor del pantano, el rey de la sangre; El rey de los Banjus. — Flins miró por la ventanilla. — En las montañas de Kairan hay un enorme valle en forma de medialuna, según cuenta la leyenda el rey de la sangre trató de cazar un conejo cómo favor a su contratista, y en el proceso destruyó la mitad de la cordillera.—
Inconscientemente bufé. — Tonterías ¿Cómo va alguien a destruir media codillera para matar a un animalillo?—  Me llevé una mano a la boca, lo había olvidado, no quería hablar con él. Me preparé para algo incómodo.
—Ya lo he dicho, no es más que una leyenda. — Contestó Flins, traicionando todas mis expectativas. — Pero ¿Quién sabe? Tal vez sea cierto, los dioses no son racionales después de todo. — 
Me contestó con normalidad. Casi me muero de vergüenza. ¿Me había asustado solo? ¿Era mi imaginación? —Los Banjus no son dioses. — Repliqué, tragándome aquel sentimiento. 
—Mira, en eso estamos de acuerdo.— Y dicho eso volvió a dirigirse a Undere. — Cómo iba diciendo, es el rey de los banjus, pero además también es el protector del capitolio y de todo Extor, en general. Según tengo entendido la gobernadora es su contratista. —
Undere frunció el ceño. — ¿En serio? — Rápidamente se giró hacía el resto. —¿Lo sabíais? — 
Erika esbozó una sonrisa. —Llevas aquí dos semanas, lo raro es que no lo supieras ya.—
Undere se dejó caer en su asiento. — El rey de los banjus… Me pregunto cómo será.—
—Es un tipo muy alto. — Contestó Naelia. Inmediatamente todas las miradas se posaron en ella. 
Olanka parpadeó. — ¿Lo conoces?—
—No, pero me he cruzado con él un par de veces en la oficina de la gobernadora.— Su ceño se arrugó. — Es… abrumador. Me cuesta creer que alguien así tenga tratos con algún humano.—
Flins contuvo una sonrisa. — No te molestes en pensarlo, los dioses no están para ser entendidos. — 
—Que no son dioses.— Repetí, aunque mi replica fue tan atendida como el polvo que volaba.
—Pero ¿Qué tipo de trato puede tener con la gobernadora?— Preguntó Undere.
—Ahora que lo dices. — Esta vez quien se unió a reflexionar fue Erika. — Nunca he entendido porque los Banjus hacen tratos con humanos, he oído que el rey de la sangre puede crear lo que quiera con ella, lo mires por donde lo mires es un dios, por mucho que le fastidie a Sunny. La gobernadora no tiene nada que ofrecerle a cambio. ¿verdad? — 
—No necesariamente. — Continuó Flins. —Desde tiempos innombrables los Banjus han pactado con los humanos. Se dice que solo aquellos de corazón puro y alma fuerte pueden recibir el poder de los Banjus, y que son los Banjus quienes eligen a esa persona. — Hubo una pausa extraña. — Quiera ella o no. — Un extraño sentimiento me subió por la nuca. Parecí ser el único que lo notó. — Así que ¿quién sabe? ¿tal vez les quitan algo importa—
—Silencio todos. — Irrumpí. — Algo viene. — 
—¿Detalles? — Se apresuró a preguntar Naelia, antes de poder responderla ya tenía su corto pelo negro ondeando a mi lado. Era rápida.
—Este, a las tres en punto. Son dos, muy veloces, nos alcanzarán en tres minutos. —
—Deben ser pequeños, entonces. ¿Grado dos? — Asentí, luego desenvainó la hoja de su espalda y se giró. — Sunny conmigo, Ruth danos cobertura desde atrás, Olanka y Undere proteged al cronista, y Erika — Bajó la mirada. —  tu ya sabes que hacer. —
Sonriendo, la chica afianzó su agarre en el volante, lo volteó y al giro pintó una medialuna en la arena del desierto. Tomamos la ofensiva. Al poco la figura de los Banjus se dibujó entre del polvo de las montañas lejanas. Tal cómo previmos eran dos criaturas. Median aproximadamente ocho metros cada una, pero ahí acababa su parecido. La primera corría a seis patas, ondeando los cristales grisáceos de su melena y presumiendo de su alargado hocico felino. Su compañero en cambio era cuadrúpedo y blanquecino, tenía dos cabezas, cada una adornada con escamas rojizas y unos saltones ojos dorados. Ninguna parecía delatar mucha inteligencia.
—No parece que vayan a pasar de largo. — Observé mientras extendía la lanza, luego miré a Naelia. — ¿Alguna preferencia?—
—El blanco. — Contestó. — Tiene más cabezas para cortar. — Y dicho aquello alzó la mano y gritó. — ¡Fuego!— Una bala cruzó el páramo y abatió la pierna del seis patas, la criatura chilló de dolor y al segundo estaba dando vueltas por el suelo. Su compañero no tardo en seguirle cuando Ruth volvió a disparar.  A primera vista parecería que la potencia de aquella arma era suficiente para arrancarles las extremidades y hacer que volase sangre. Pero, si forzabas la vista, te darías cuenta de que ambas criaturas tenían a lo sumo, un moretón. Por el momento, al menos. 
Cuando el coche alcanzó a los monstruos, Erika rodó el volante y, aprovechando el giró Naelia y yo saltamos directos a los Banjus. Planeaba aterrizar sobre la cabeza el animal, pero este fue más veloz y trató de apartarme de un manotazo. No lo esquivé, en su lugar, apreté el agarre en la lanza y tracé un firme tajo entre la pata del monstruo y yo. El mineral de su piel se separó cómo mantequilla caliente al filo del cuchillo. Antes de caer, clavé la lanza en el muñón, y giré hasta aterrizar sobre él. La hoja del arma se hundió en su piel y entre los gritos de la bestia. Trató de aplastarme con las patas restantes, pero esta vez yo tenía margen para correr. Así pues, y aun con el arma hundida en la carne del animal, avancé implacablemente hacía su cuello. La sangre volaba a mi paso, la criatura se sacudía y chillaba, pero mis botas pisaban el mineral con una fuerza imparable. Pronto escalé su cuerpo hasta la nuca, inspiré hondo y enterré en filo en lo más profundo de su columna. El chasquido húmedo de sus vertebras fue delicioso. Pero lo fue aún más cuando la lanza cortó el tejido restante. De un rápido movimiento, pateé el mango del arma, abriéndole paso entre la carne y separado definitivamente la cabeza del cuerpo. Y, así de fácil, la bestia cayó al suelo en un desastre de sangre y piel destrozada.
Por su parte Naelia fue más limpia, al igual que yo ella se había escurrido directamente hasta las cabezas de su Banju. No obstante, sus movimientos eran más eficaces, o más bien robóticos. Cómo una máquina bien engrasada, Naelia se alzó entre los cuellos de la bestia y, de un solo balanceo de su espada, un círculo de sangre los arrancó del resto del cuerpo. Un movimiento rápido, eficaz y silencioso, cómo su propia persona. 
Naelia y yo terminamos casi a la vez, por lo que el peso del cuerpo de los Banjus se sumó en una sola y sonora caída. El polvo se alzó entre la sangre derramada y los ojos de bestias sin brillo. Y ambos aterrizamos entre todo aquello. Ni siquiera tuvimos que recuperar el aliento.
—Sucio. — Dijo la chica al acercarse. No se equivocaba, tenía las botas pringadas en sangre, y las manos casi teñidas en carmesí. Sin embargo, me tendió un pañuelo. — Pero buen trabajo, cómo siempre. —
Lo acepté de buena gana. —Igualmente, jefa. — 
—No, igualmente no. — El asco en su voz. — Aprovecha que estás en el techo y límpiate durante el viaje, si no esta vez te bañaré delante de todos. Estás avisado. — Y dicho eso me pasó de largo y se dirigió junto a Erika y el resto.
Antes de seguirla miré mis manos, sucias por las vísceras del Banju, y, cuando nadie miraba, disimuladamente las lamí. 

dmorantevila
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