Punto de vista de Flins:
Brutalidad. Eso fue todo cuanto pensé al verlos. Una fuerza abrumadora, calculada e imbatible.
Una fuerza deslumbrante.
Cuando calló la noche el grupo acampó junto a un río cercano. La árida tundra era cada vez más escasa a medida que nos acercábamos a Kairan, habíamos recorrido un largo camino desde el Capitolio de Extor. Sin embargo, y pese a haber tenido una batalla esa misma tarde, nadie parecía especialmente cansado, es más a Naelia todavía le sobraban fuerzas para perseguir a Sun alegando que olía mal. Y, aunque reconozco que ver a Naelia y a Erika amordazando al chico mientras le sumergían medio cuerpo en el rio era un espectáculo bastante entretenido de ver, algo requería mi atención. Alejándome del jaleo me escurrí hasta la parte trasera del furgón, donde cierto niño pelirrojo trasteaba con el armamento. —Hola ¿Ruth, cierto?— Al escucharme el chico se giró, sorprendido. Y frente a su cautela le dediqué la mejor de mis sonrisas. —¿Puedo ver que estás haciendo? —
Punto de vista de Sun:
—Así que ¿Esto es Kairan? — Exclamó Olanka mientras cruzábamos el valle. A nuestro alrededor se extendía una amplia cordillera rebosante de vida. De camino habíamos visto algo de maleza y ríos, pero nada que ver con lo que tenía delante. El cielo estaba nublado, pero aun así la hierba resplandecía a los tímidos rayos de luz que asomaban entre las nubes. Las lejanas hojas de los bosques se mecían suavemente mientras que las pequeñas pinceladas de color tejían las flores de los barracones.
—La cordillera de Kairan — Respondió Flins en respuesta a Olanka. — O más concretamente, la garganta de Arkaedes. —
Entonces recordé la leyenda que el cronista había contado el otro día, ¿era aquella garganta el resultado del ataque? Nadie lo ponía en duda ahora. Al fin y al cabo, aquel hueco no era natural. Entre las cumbres se habría paso un túnel tan redondo, alto y perfecto que no podía haber sido formado por el movimiento orgánico de la tierra. Incluso tras cientos de años, de lluvias derramadas y verde teñido, aquel lugar gritaba poder.
Una cicatriz ahora convertida en camino.
Y ahí estábamos nosotros, cruzándola en un furgón.
Erika rio, sin ganas. — Cuesta creer que esto se haya hecho solo para matar un conejo. —
Mientras los chicos conversaban en la parte baja, yo estaba haciendo guardia en el techo, cómo era habitual. Me gustaba. La brisa de las montañas era mucho más amable que el desierto, también lo eran la música de las flores y el suabe silbido de la hierba. ¿Siempre había sido así de bonito aquel lugar? ¿Entonces por qué atacarlo? ¿Merecía la pena por un conejo? ¿De verdad había sido por un conejo? No podía dejar de preguntármelo. Sin embargo, ese pensamiento fue rápidamente interrumpido por mi líder.
Naelia se asomó por la ventanilla. —Sunny ¿Situación? —
—Han pasado tres Banjus por la boca del valle, grado uno todos. — Respondí, acostado a meced de la brisa. — Van en dirección opuesta, así que relájate. —
—¿Y más adelante?—
—Parecido, es zona limpia ¿recuerdas?—
—Cierto. — Concordó. — Pero no bajes la guardia, no querría que nos pasara cómo al Cronista. — Un pobre iluso y confiado, atacado por un Banju en una zona limpia.
Iba a responderle algo ingenioso, pero la visión de ciertas formas grisáceas me exigió otra cosa. — Ya hemos llegado. — Anuncié y, de inmediato todos se asomaron para ver la ciudad.
En lo más profundo del valle se erguía una pequeña ciudadela, los muros que la rodeaban estaban destrozados e incluso desde la distancia podían apreciarse los prominentes restos de batalla que pintaban las fachadas de sus edificios.
Incluso desde allí, olía a sangre.
Desembarcamos a las puertas de la ciudad, desde ahí la destrucción era todavía más notoria. Originalmente la ciudadela de Kairan era famosa por ser el enclave favorito de todos, debido a su localización estratégica era un buen lugar para los viajeros y mercenarios que se dirigían al norte o a Extor. Además, la garganta de Arkaedes era un elemento cultural digno de mencionar. Era un sitio bonito y con más ajetreo que un enclave corriente. Eso podía verse en los numerosos letreros de posadas, en los balcones de flores y las calles bien pavimentadas, aun si ahora no quedaba de ellos más que el arañazo de un Banju, una vieja mancha de sangre o las grietas que dejaban los agujeros de bala. Una catástrofe.
Pero una catástrofe común, al fin y al cabo.
Todos bajamos del coche sin mucha vacilación y, tan pronto cómo lo hicimos Naelia empezó a organizar. — Antes de nada, un recordatorio rápido. Nuestra misión es proteger al Cronista mientras realiza el registro no la eliminación de Banjus. Si nos encontramos con cualquier amenaza por encima del grado cuatro, daré la misión por terminada y nos retiraremos. ¿Entendido? — Todos asentimos. — Bien. Puesto que el equipo de exterminio ya acabó con los Banjus que atacaron la ciudad ahora es zona limpia, pero eso no quiere decir que estemos a salvo de toda amenaza. — Explicó, más para Flins que para otros. — Todavía pueden nacer más Banjus, así que lo primero será eliminar todos los posibles “huevos” que hayan aparecido desde entonces. Para eso nos dividiremos en grupos; Yo me encargaré del distrito norte, Ruth y Undere iréis al Este, Olanka y Erika al Oeste y Sunny al Sur. — Dirigió su atención al Cronista. — Llévate contigo a Flins. —
—¿Qué?— Exclamé. — ¿Por qué yo? —
—Porque eres el único que puede encontrar los huevos sin necesidad de aparatos, estará más seguro contigo.— Abrí la boca para contestar, pero me tragué mis quejas. No tenía ningún buen motivo para negarme, o al menos no se me ocurrió. —Nos reuniremos aquí a las siete, no quiero a nadie deambulando de noche. Ahora, dispérsense. — Y dicho eso cada uno marchó por su lado.
Y así acabé yo, condenado a una tarde a solas con la misma persona que había estado evitando hablar desde hacía dos días. —Acabemos esto rápido. — Pensé mientras me movía entre las ruinas de los edificios.
Flins me seguía de cerca. — Señor Sun. — Dijo, y su voz me puso los pelos de punta. — ¿Es impresión mía, o no se siente usted muy contento de tenerme como compañero? Si es por el incidente de Clark - —
—No. — Le corté. —Es solo que no me gusta cargar con gente. —
—Ah, entiendo. Es usted una de esas personas calladas y sin amigos ¿verdad?—
—¿Qué?— Me detuve en seco. —¡No!—
Su sonrisa se ensanchó. — Tranquilo, ser tímido no es nada de lo que avergonzarse. Hay gente así. —
—Oye, que te quede claro, yo tengo amigos por todo el capitolio. — Tengo que recocer que lo dije con más confianza de la que realmente tenía. —¡Por todo Extor! —
—¿Ah, sí?—
—Sí.—
—¿Entonces eso significa que su aversión por mí es especial?—
— No tengo aversión por ti, cronista. — Lo miré mejor. — todavía. —
—Estupendo. — Flins se acercó y alegremente estrechó mi mano. — Eso nos convierte en amigos pues ¿puedo llamarte Sunny? —
—¡No!— Rápidamente lo aparté. — Y deja de acercarte tanto. —
—No seas así, Sunny, tú y yo tenemos mucho en común. —
—¡Que no te acerques!— Una vez más lo alejé y, justo cuando me preguntaba cómo podía salir de esa situación, algo llegó a mis sentidos. Rápidamente me giré y me dirigí a los restos de una posada cercana.
—¿Sunny? ¿Qué pasa? — Flins me siguió y para cuando me dio alcance yo ya había echado abajo el muro del edificio. Lo que rebeló pareció ponerle los pelos de punta. —¿Eso es un huevo de Banju?—
—Y uno grande. — Señalé. Bueno, nosotros lo llamábamos huevo, pero era más bien cómo una pequeña esfera cristalina que orbitaba sobre un extraño brote negro. —¿Es la primera vez que ves uno? —
—No, pero los que conozco son azules, no morados. —
—El color depende del grado. —Expliqué, mientras extendía la lanza. — Cuanto más cercano sea al rojo, más alto será. Este deber rondar el grado cinco. — Le clavé el arma y el cristal se arrugó hasta marchitarse, cómo una rueda que pierde aire. — Hemos tenido suerte, parecía que iba a eclosionar en cualquier momento. —
Flins me miró, sorprendido. —¿También puedes saber eso por el color?—
—Por el brote.— Señalé el tallo negro. — ¿Ves esas hojas? Un huevo tarda más o menos cinco días en eclosionar, y las hojas del tallo nacen cada dos. Ahora sigamos, puede que haya más así por aquí. — Y dicho eso salimos de la posada y proseguimos la búsqueda.
—Entonces, Sunny.— Empezó Flins. ¿De verdad iba a seguir llamándome así? — ¿Tienes algún truco para detectar a los Banjus? —
—¿Eh? ¿Cómo va a haber un truco para eso? —
—¿Y qué haces para encontrarlos? —
— Bueno, lo cierto es que no lo se. — Reconocí, la sonrisa de Flins no vaciló, pero sentí su frustración. Me lo volví a pensar. —S-Supongo que después de cazar tantos años uno empieza a fijarse en cosas, a ver señales. —
—¿Qué tipo de señales? —
—Mmmm… ¿Cómo explicarlo? — Hice memoria. — Cuando alguien camina deja huellas ¿no? Deja olor, pelo, ramas pisadas; Eso hace fácil seguir su rastro. Cuando alguien quiere hacerte daño, a veces también se puede percibir esa intención. Es algo que puede verse en los juegos de manos, en la forma de caminar, en sus expresiones. Una sola puede no ser nada, pero cuando se acumulan empiezas a sospechar. Con los Banjus es similar — Expliqué, mientras escalábamos una columna derruida. — Cuando caminan el suelo se estremece, también emiten mucho calor así que el ambiente se carga, sus alaridos a veces rechinan contra las montañas y las plantas se contraen. — Me llevé una mano a la nariz. — Y siempre huelen a sangre. —
—Guau…— Flins soltó un silbido, impresionando. — Es un discurso muy largo solo para presumir de que tienes buenos sentidos. —
Lo miré un momento, luego respiré hondo. Es posible que de no haberlo hecho hubiera roto su cuello ahí mismo. Por fortuna para él yo tenía mucha más paciencia de la que aparentaba así que, amablemente le di la espalda y seguí buscando en silencio. Era mejor centrarse en encontrar huevos y eso hice. Sin embargo, el cronista no cooperó. —Pero, bromas aparte, Sunny ¿No eres alguien muy especial?—
—¿Eh? ¿Especial cómo? —
Los ojos del cronista se entornaron, la sonrisa seguía intacta. — Llevo pensándolo desde que nos vimos la primera vez, pero tu pelea con los Banjus del otro día lo confirmó. — Se acercó aún más. — ¿No eres demasiado fuerte? —
Alcé una ceja. — ¿Lo dices por subyugar a un par de Banjus de grado dos? — Era un poco humillante que me reconociera por tan poca cosa. — Agradezco el cumplido, pero por si no lo sabías, nuestro grupo es uno de los mejores de todo el capitolio, hay mucha gente que puede hacer lo mismo. Naelia por si sola puede lidiar incluso con grados och- —
—No te estoy preguntando por Naelia. — Interrumpió, estaba muy cerca, pero siguió acortando la distancia. — Quiero saber de ti ¿Cómo te hiciste tan fuerte? —
Bufé. — Cazando, obviamente. —
—¿Y al inicio? ¿Cómo cazabas cuando eras débil? —
— Exactamente cómo lo hago ahora. — Volví a caminar. — Entiendo lo que quieres de mí, pero ríndete, no creo que mis maneras te sean de ayuda. Olanka podría enseñarte mejor, es bastante competente. Ahora sigamos, creo que hay un par debajo de ese edific- —
—Te equivocas. — Dijo, interrumpiéndome de nuevo. Su sonrisa tenía un tinte escalofriante. — Eres justo lo que he estado buscando. —

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