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Banjus

La ciudad libre de Extor

La ciudad libre de Extor

Dec 11, 2025

    Llegado el medio día Sunny me llevó a comer a una taberna cercana. Allí se me ofrecieron los mejores platillos de la zona, es decir dos raciones de carne barata, y una jarra con vino de dudosa procedencia. Me supo a gloria. Tal vez por la deconstrucción que había tenido mi sentido del gusto desde que me aventuré en los caminos; O, tal vez porque había llegado a aquel lugar al borde de la inanición. Sunny no mintió, definitivamente era la primera vez que probaba sangre humana, porque casi me desangra. Y debió de gustarle mucho.... 

Incluso ahora mientras devoraba su platillo seguía mirando mi brazo con anhelo.

Al terminar me dejé caer sobre el respaldo del banco. —Hacía mucho que no comía tanto, para ser un bar de poca monta está bastante bien. — Canté.

—Me lo tomaré cómo un cumplido. — Dijo alguien a mi espalda. Se trataba de un hombre mayor, de canoso pelo castaño y gruesos brazos cubiertos en cicatrices. Tenía una pierna de metal. Cambió su atención a Sunny. — ¿Y tú qué, muchacho? ¿Tienes reseña también? —

—Seco y duro, como siempre. —

El hombre soltó una carcajada. —Eso es que está bien hecho. — Luego hizo un ademán hacía mí. — Por cierto, ¿Quién es el rubito? Es raro que vengas con gente nueva. —

—Soy Flins, un cronista. — Respondí. — Trabajamos juntos hace poco. —

—¡Ah!— Exclamó, recordando. — Tu debes ser el lunático del que hablaba Ruht. —

—¿Es usted el abuelo de Ruht? — Lo miré de arriba a abajo. —No se parecen. —

El anciano bufó. — No tengo hijos ni esperanzas de tenerlos, solo se queda aquí. — Explicó. — El sitio es viejo, y el chico tiene buenas manos. — Miró a Sunny. — No como otros. —

Este frunció el ceño. —Oye, Ghartan, ya te pagué el precio de esa mesa dos veces ¿hasta cuando vas a recordármelo? —

—Hasta que te cortes esa trenza. —

—¿Por qué rompiste una mesa? — Pregunté.

Sunny se aclaró la garganta. —Un imbécil me tiró del pelo. —

Nuevamente Ghartan se echó a reír. — Puede parecerte muy civilizado ahora pero que no engañe. Deberías haberlo visto hace unos años, era cómo un animal salvaje. Si Naelia no lo hubiera parado entonces, habría matado al chico. —

—Una pena que no lo hiciera. — Espetó el Banju. — Me habría ahorrado muchos problemas. —

Incliné la cabeza, confuso. —¿Qué pasó? ¿Te denunció? — Ambos hicieron una mueca, cómo si acabaran de escuchar la cosa más graciosa y sin sentido del mundo. Abrí la boca para insistir, pero el sonido de un saludo se superpuso a mi voz.

—Sunny, Flins. — Saludó Undere desde la entrada, rápidamente se acercó con su hermano siguiéndola de cerca. — Que coincidencia, ¿También habéis venido a ver a Ruht? —

—A comer, planeábamos ir luego. — Respondió Sunny. — A estás horas todavía debe estar en el taller. —

La chica miró el reloj. —¿En serio? Pero ya pasó el medio día, ¿Come allí? —

—Ojalá— Sunny le dio un toquecito a la bolsa que había junto a él en el banco. — Si no se lo llevas se quedará con el estómago vacío hasta la cena. Tiene una capacidad de concentración temible. —

—Estábamos por irnos, ¿Queréis acompañarnos? — Pregunté.

Undere miró la comida en la mesa, yo ya había terminado, pero a Sunny todavía le quedaba. — No, no queremos molestar- —

—Eso nos viene genial— Interrumpió Olanka, provocando la mirada de su hermana. — No sabemos dónde está el taller. —

La sonriente Undere se giró hacía el hombre. —Olanka ¿Y la educación? — Mientras tanto Sunny cogió todo lo que quedaba en su plato y lo engulló de un bocado, luego se levantó y puso el dinero en la mesa.

Entonces Ghartan paró a Sunny. — Sun, ya que vas hacía el centro ¿puedes hacerme un favor? —

—¿Otra vez?— Dijo, pero se giro igualmente.

El hombre señaló una puerta trasera. — Tengo que llevarle un pedido a Harret, pero es un poco pesado y la mano de obra está muy cara estos días. Lo llevaría yo mismo, pero ya tengo una edad, un negocio, una pierna amputada… —

—Lo pillo. —Interrumpió el Banju. — Yo me encargo.—

—Siempre se puede contar contigo. — Río, arrojándole una llave. — Las cajas están en la parte de atrás. —

—Ya se dónde guardas las cosas. — Espetó, atrapándola.  — Y te aviso, como sea otra estratagema para juntarme con ella, voy a dejar de venir aquí. —

—¿Por qué eres tan gruñón? Harret es una chica fantástica y os lleváis muy bien. — Mientras hablaba le hizo un movimiento de cejas que no puedo calificar como otra cosa que lascivo. — Deberías aprovechar ahora, que aún tienes pelo, buen cuerpo, ener- —

—Vámonos. — Rápidamente Sunny se escabulló fuera del bar. Frente a aquello los hermanos y yo intercambiamos miradas.

 


          

    Después de su huida Sunny pasó por la parte trasera y recogió tres grandes cajas del almacén. Eran grades y pesadas, lo suficiente como para necesitar que un par de hombres llevase cada una. Sin embargo, Sunny las cargaba con una facilidad pasmosa. Este iba con dos, una sobre cada hombro mientras que Olanka y yo arrastrábamos la restante. O bueno lo intentábamos.

—¿Por qué tengo yo que ayudar?— Gruñí mientras caminábamos. Era imposible, no tenía cuerpo para cargar cosas.

Desde el frente, Sunny sonrió con malicia. No le veía la cara, pero estaba seguro. —¿No querías empezar a entrenar? Tómatelo como un primer contacto con el ejercicio. —

Que hijo de puta. Actuaba como si no me hubiera vaciado las venas esa misma mañana. Al final lo solté, dejando tirado a Olanka. — Llévalo tu. — El peso estuvo por aplastar al muchacho. Sin embargo, rápidamente Sunny puso la pierna en medio y con un suabe golpe encestó la caja sobré otra de las que llevaba. Siguió caminando como si nada.

—Vaya fuerza. — Comentó Olanka, recuperando el aliento. —Sun ¿Eres siquiera humano? ¿Qué tipo de entrenamiento haces? —

—¿Uh? Lo normal, supongo. —

—Con lo normal no se matan Banjus de grado ocho. — Respondió el hombre, divertido.

—Entonces será genético. —Sunny se encogió de hombros, que pudiera hacerlo con todo lo que llevaba encima, era arrogante. — Ya lo dijo Ghartan, tengo buen cuerpo. — Bromeó.

Olanka sonrió y se pasó la mano por la cabeza rapada. —Claro, debe ser el pelo, que da poderes.—

Ambos continuaron bromeando y se adelantaron.  Por detrás, Undere se me acercó. — Parece que ya arreglasteis las cosas. —

Alcé una ceja. — ¿De qué hablas? No recuerdo habernos peleado nunca. —

Ella se rio, con burla. —Por favor, desde que os fuisteis solos en Kairan Sunny se ha arrastrado como un gatito lastimero. — Cambió la atención al Banju. — Hoy se le ve mucho mejor. ¿Hiciste algo, ya sabes, especial? —

Ahora que lo decía era cierto. Sunny estaba de mucho mejor humor, ya no respecto al viaje, si no a esa misma mañana. Desde que bebió mi sangre. Al pensarlo quise reír, pero me contuve.  —Solo le di comer. — Respondí. — Es sorprendentemente fácil de contentar. —

La conversación quedó ahí, aunque Undere parecía tener muchas cosas que preguntar. Sin embargo, justo Sunny se paró frente a un edifico de piedra, la casa de Harret, asumiblemente. Este llamó a la puerta y al poco una muchacha salió. Esta era alta, tanto cómo el Banju. Tenía el pelo largo y rizado, de un rojo sangre, casi tan brillante como la deslumbrante sonrisa que pintaba sus labios. Por otro lado, sus ojos eran redondos y castaños, similares a su piel, suabe cómo el caramelo.

Frente a Sunny, eran como el día y la noche.

—¡Oh! ¡Sun, mi recadero favorito! — Exclamó al verlo. — ¿Ya está volviendo ese viejo a aprovecharse de ti? — Harret se apartó, dejándole espacio al chico para pasar. Entonces reparó en nosotros. — Veo que vienes con compañía, ¿No podías dejarles echar una mano? —

—Se las hubieran roto. — Respondió dejando la mercancía en el suelo. Lo hizo con cuidado, pero el golpe fue lo bastante sonoro como para dejar claro el porque de sus palabras. —Es más rápido si lo hago yo. —

Al verlo la chica suspiró. — Oye, Sun, a estas alturas ya eres su trabajador regular, ¿Por qué no le pides un sueldo o algo? —

—Da igual, nos pillaba de camino. —

—Te lo digo enserio, si sigues haciendo cosas gratis, te van a comer. —

—Un placer verte, Harriet. — Y dicho eso salió del lugar.

—¿Ya os vais? ¿No queréis pasar a tomar algo? —

Sunny bufó. — ¿A desempacar y ayudarte a colocar? No gracias. —

—Que malpensado. — Replicó, no tenía claro si iba con sarcasmo. — Entonces, ven esta tarde a la arena, hace mucho que no te veo por allí. —

Los hermanos y yo nos miramos —¿La arena? — Preguntamos al unísono.

Harret inclinó la cabeza. —¿Sois nuevos en la ciudad? Que mala suerte, os ha tocado el peor guía posible. —

—No soy el guía de nadie— Replicó el Banju —¿Y por qué soy el peor? —

—Veréis, la ciudad libre de Extor es un punto casi exclusivo de mercenarios. — Explicó, ignorándolo. — Aquí la reputación lo es todo, una mejor reputación te asegura unirte a mejores equipos, recibir misiones del capitolio e, incluso tal vez llamar la atención del rey de la sangre. — Cuando dijo eso último Sunny hizo una mueca, cómo si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo. —Un gran médico se hará un nombre en el hospital voluntario, un tecnólogo en la torre del capitolio… Pero un luchador tiene más opciones; Puede matar Banjus de alto grado, o — Hizo un gesto. — Competir en la arena. Por norma general la segunda opción es mas segura. —

—Y aburrida. — Acabó el Banju. Después se paró a observarme un momento. Pareció tener una idea. — Bueno, tal vez nos pasemos luego.— Le contestó a Harret. — Hay que enseñar la carne fresca.—

 


            Después de eso nos despedimos de la pelirroja y continuamos calle abajo. El taller de Ruht estaba bastante cerca de su casa. Se trataba de una armería local, un complejo grande al que todos los especialistas del pueblo podían ir a trabajar. Era algo bastante común en la mayoría de los enclaves. Normalmente ningún herrero, ingeniero o armero puede costearse un taller personal lo suficientemente completo cómo para almacenar y crear todas las armas de su negocio. Principalmente porque las espadas, lanzas y armas de fuego que se usan contra los Banjus son especiales. Sus hojas están creadas con materiales resistentes y difíciles de trabajar como el acreo, los huesos de Banju y hasta sabía de huevo de Banju. Esa dificultad conlleva el uso de maquinaria específica, gigante y cara. Las armas no eran mi fuerte, pero tenía entendido que el puesto del taller era alquilable.

Mientras divagaba seguí a los chicos dentro de la fragua. Más bien, seguimos a Sunny quien se dirigió directamente a una mesa del fondo donde una cabecilla naranja asomaba entre los metales. Carraspeó y tan pronto como le escuchó un escalofrío recorrió la nuca de Ruht.

 


Al minuto siguiente ya estábamos en un banco en la parte trasera del taller. Ruht estaba sentado sobre las rodillas de Sunny disfrutando su almuerzo y llenando la trenza del Banju con migas. Mientras tanto Olanka revisaba su nuevo equipo.  —Increíble, son exactamente cómo los pedí.— Exclamó, revisando sus guantes. Estos estaban hechos de acreo y acabados en duras puntas metálicas. — ¿Pero, donde está la hoja? —

Frente a eso el niño hizo el gesto, como arrancándose algo del antebrazo. Y siguiéndolo Olanka tiró del seguro, revelando una enorme hoja plateada. —Es bastante práctico, buen trabajo. —

Ruht infló el pecho, orgulloso y extendió la mano. Era obvio lo que quería. Así pues, Olanka sacó su cartela y le pagó. El niño guardó el dinero profundo en su ropa y siguió comiendo.

Olanka miró su billetera, ensombrecido. — Espero no romperlos nunca. — Murmuró.

—Si te ves mal de dinero siempre puedes ir a la arena. — Comentó Sunny.— Hacen muchas apuestas, si eres fuerte o tienes buen ojo, renta casi tanto como matar Banjus. —

—Suena cómo un lugar importante —

—Puedo llevarte si quieres. — Miró los guantes. — Siempre hay muchos novatos, si tienes suerte quizás puedas estrenarlos con alguien decente. —

—¿Es algo así cómo un torneo de peleas?— Preguntó Undere, emocionada. Sunny asintió. — ¡Que divertido! Olanka, vamos, seguro que haces mucho dinero. —

En el regazo del Banju, Ruht compartió la emoción, parecía querer sumarse también. Viendo aquello me levanté. —Pasadlo bien, entonces. Yo iré a- —

—Quieto ahí, Flins. — Interrumpió Sunny. —Al que más le interesa ir es a ti. —

dmorantevila
Morisk

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