Mariela tenía que volver al hospice. Al purgatorio. Le había prometido a su papá volver a ir con Anthony. Aunque Tony estaba atrasado y Mariela no quería dejar a Eusebio solo. El solo pensar en que el duende podía acercarse a su padre y llevarse su alma la tenía terriblemente aterrada. Miró al pobre hombrecito rosa sentadito en la cama de la habitación y le pidió disculpas alcanzando una porción de chocotorta que había quedado de Ale.
“Comé. La Ale no se va a enterar. Dale, no tengas miedo, no voy a volver a pegarte”. Le aseguró Mariela a Eusebio. “Sos una persona muy fuerte para lo delgada que sos…” contestó el duende. Mariela se sentó en la cama de la piecita junto a Eusebio. Este miró la habitación que solía ser de una Marielita chiquita. La cama de dos plazas con el acolchado de una plaza y media, la lámpara de pie antigua de la abuela y las cortinas rosas con flores que solían estar en la cocina. Ahora estaban en la habitación de Mari. El ropero con las perchas de alambre, la compu de escritorio sobre una mesa negra, las paredes que solían tener posters de las Spice Girls y Madonna. El pequeño casi no reconocía el lugar ahora con las paredes pintadas de gris topo y casi sin color.
“Creí que de adulta serías más divertida” dijo con los ojos hinchados de tanto llorar. Tenía la cara rosa casi roja del espanto y sus manitos temblaban. Agarró la cuchara y el plato con chocotorta.
“Perdón Eusebio. Fue muy feo lo que te hice, me doy cuenta que no debí hacerlo. Pero el momento me superó. Fue por los nervios… Igual no se justifica”.
Le dijo al peque la chica de pelo rojo. Mariela levantó del suelo su peluca y la peinó con un cepillo sacandole las pelusas y preparándose para lavarla.
Eusebio dió una mordida a la torta y acto seguido se le iluminaron los ojitos negros hinchados. Pero cuando finalmente él estaba feliz de nuevo se escucharon golpes en la puerta. La chica se sobresaltó. Y se levantó de la cama de golpe. “Ay, no” dijo el duende. Y se metió debajo de la cama. Mari fue a la sala y miró por la mirilla de la puerta. Era Anthony. Mariela sacó del bolsillo de su pollera de jean una llave y procedió a abrir la puerta una vez que vió que Eusebio ya no se veía.
“Amor, llegaste temprano” dijo Mariela al ver a su novio.
“En realidad no, creo que llegué una hora más tarde, jaja. Perdón, se me atrasó todo el viaje por el colectivo que no pasaba más”. Contestó Anthony entrando a la casa. El pelo negro de Tony brillaba con el reflejo de la luz de las lamparas de la sala. Le había crecido mucho desde que Mari le dijo que se lo dejara largo que le quedaba bonito. Y no era mentira. Cada vez que Mariela veía a su novio sentía aún un cosquilleo como el de la primera vez que se besaron. ¿Cómo explicarle a Anthony sin asustarlo que ella lo amaba tanto que quería pasar el resto de su vida con él? Quizás era muy intensa, pero no podía evitar sentir un gran amor por la primera persona que la trató con cariño y respeto. Para ella él era su alma gemela. Pero se habían conocido en un momento muy duro. Cuando Samanta había fallecido ella y Anthony llevaban apenas unos meses saliendo. ¿Cómo olvidarlo? Si hasta una vez su madre la vió llorando porque él la había hecho sentir mal con su frialdad. Tony era un buen pibe pero a veces era muy distante. Y le había costado mucho esfuerzo a Mariela entrar un poquito aunque sea en su corazón. Ahora él era parte de su vida y ella parte de la de él. ¿Quién pensaría que cuando se conocieron él estaba enamorado de otra persona? ¿Quién pensaría que casi casi no se vuelven pareja por ese motivo?
Mariela sintió un gran dolor en su pecho cuando recordó esta situación. Pero no había tiempo para debatir sobre esto ya que debían partir para el hospice. Ella miró a Tony y le ofreció un café antes de salir. Él lo rechazó ya que quería salir lo antes posible para volver temprano a su casa. Mariela no sabía qué hacer. Si salían existía una gran posibilidad de que Eusebio les siguiera.

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