A la edad de quince años, aún sin saber de dónde provenía aquella suerte divina que parecía acompañarme, ya la había aceptado como parte de mi vida. No conocía la magnitud de ese poder ni si algún día llegaría el karma por recibir tantas “bendiciones”. Simplemente continué usándolo para cosas buenas, convencido de que, mientras lo hiciera con el corazón, nada malo podría sucederme.
Una tarde, al llegar de clases, mi madre me ordenó que comiera y me cambiara el uniforme de inmediato. Íbamos a visitar a una de sus hermanas, quien vivía en la ciudad. El trayecto era de aproximadamente una hora por carretera y, como siempre, la idea de ir a casa de mi tía me entusiasmaba.
Corrí a mi habitación, lancé la mochila sobre la cama y abrí el armario. Tomé unos jeans azules y una camiseta a cuadros amarilla, me puse mis tenis favoritos y coloqué sobre mi cabeza una gorra negra. No tardé ni diez minutos en prepararme. Al salir, cerré la puerta con fuerza.
—¡PUM!
—Andru, ¿qué te he dicho sobre cerrar la puerta de ese modo? ¡Este niño parece un animal! —me reprendió mi madre desde su habitación.
No me importó. Yo estaba feliz de salir de paseo.
Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando salimos de casa. Tomamos la autopista y comenzamos el viaje. Solo íbamos mi madre y yo. Desde el asiento del copiloto observaba el paisaje por la ventana; me gustaba ver los pastizales pasar frente a mis ojos mientras el coche avanzaba.
Como de costumbre, cuando veía campos secos y a punto de morir, en mis pensamientos repetía:
Que todo sea verde.
Permanecí absorto durante todo el recorrido hasta que, casi sin darme cuenta, ya nos encontrábamos frente a la casa de mi tía. Bajé del coche y, entusiasmado, corrí a tocar la puerta. Ella abrió casi de inmediato y la saludé con un beso en la mejilla.
—¡Andru! Pero qué enorme estás, cuánto has crecido… y qué guapo —exclamó—. Desde que eras pequeño supe que ibas a ser todo un galán. Dime, ¿ya tienes novia?
Mi tía comenzó a acosarme como siempre. Ante sus ojos, yo era el más guapo del mundo.
¿Novia? pensé.
—¡Qué va! Ese chico se la pasa jugando con sus amigos de aquí para allá —respondió mi madre antes de que yo pudiera hacerlo, acercándose a nosotros.
Se saludaron con un abrazo y enseguida nos invitó a pasar. Al entrar, percibí el aroma de algo delicioso cocinándose. Su casa, como siempre, estaba impecable; mi tía tenía una obsesión casi admirable con la limpieza.
Nos invitó a comer. Había preparado sopa de pollo, una de las mejores que he probado en mi vida. La tarde transcurrió de manera amena: salimos de compras, dimos un paseo y recorrimos varias tiendas. La ciudad era grande y llena de gente; el bullicio constante de los autos, las personas y los negocios no dejaba a la mente ni un solo momento de silencio.
Era tan diferente a mi pacífico pueblo.
Cuando era más pequeño, deseaba vivir en un lugar así, pero ahora, a mis quince años, no cambiaría la tranquilidad de mi hogar por nada del mundo.
Al caer la noche, mi madre indicó que era momento de regresar a casa. Eran cerca de las nueve. La ayudé a subir nuestras compras a la cajuela del coche y luego corrí a despedirme de mi tía con un abrazo.
Ya dentro del automóvil, me coloqué el cinturón de seguridad y mi madre inició el viaje de regreso.
El camino era el mismo, pero a esa hora todo estaba cubierto por la oscuridad. Solo podíamos distinguir las luces de los vehículos que iban y venían por la carretera y, a lo lejos, algunas luces aisladas que probablemente pertenecían a pueblos cercanos.
Me encontraba hundido en mis pensamientos mientras en la radio sonaba una canción tranquila que me hacía sentir relajado. El cansancio comenzaba a vencerme cuando, de pronto, una luz resplandeciente me dejó cegado por unos segundos y aparecieron ante mí cinco pequeños seres flotantes que desprendían destellos que caían bajo sus pies como lluvia de pequeñas estrellas de colores .
Sentí un leve cosquilleo recorrerme el pecho, como si algo dentro de mí hubiera despertado y solo pude pensar:
Estoy imaginando cosas.
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, una de ellas respondió con una voz suave y dulce:
—No. Somos tan reales como tú.
¿Qué…?
No sé por qué, pero continué respondiendo con mis pensamientos, quizá porque creía que todo era producto de mi imaginación. Aun así, aquella conversación se sentía demasiado real para ser un simple sueño.
—¿No nos reconoces? —dijo otra de ellas—. Somos tus hadas, mi señor. Tus fieles sirvientes.
¿Mis sirvientes? ¿De qué están hablando? ¿Por qué me llaman su señor?
No comprendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero aquellos pequeños seres no se veían amenazantes. Al contrario, emanaban una energía extraña que me envolvía en una profunda sensación de seguridad y paz.

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