Volteé a ver a mi madre. Se mantenía completamente ajena a lo que estaba sucediendo frente a mí; al parecer, ella no veía nada. Solo yo podía ver a aquellas pequeñas hadas y solo yo podía escucharlas. Llegué a esa conclusión mientras el shock me mantenía en silencio.
—Andru… —una de ellas interrumpió mis pensamientos.
Mientras divagaba, intentando comprender lo que estaba pasando, su voz suave logró traerme de vuelta.
—Tranquilo, no te haremos daño —continuó—. Te hemos servido desde antes de que existieras en esta tierra. Tú eres alguien muy especial y único en el universo.
No podía entender de qué hablaba.
¿Antes de que yo viviera?
—Sí —respondió casi al instante otra de ellas—. Nuestro Andru, entendemos que no recuerdes nada. No te presiones. Comenzaremos por presentarnos.
—Yo soy Fugaris, el hada del fuego.
Parecía ser quien dirigía a las demás. Su cabello era tan rojo como las llamas y sus ojos, de un tono marrón intenso, combinaban perfectamente con él. Destellos dorados emanaban de su cuerpo y caían bajo sus pies, dando la impresión de que estaba envuelta en fuego vivo. Vestía un pequeño vestido naranja con finos detalles dorados que marcaban su silueta esbelta y delicada.
—Mi nombre es Aither, y soy el hada del aire —habló otra de ellas mientras daba ligeros giros en el aire, como una bailarina.
Aither tenía el cabello azul con destellos plateados y ojos de un color celeste claro. Su piel era tan blanca que casi parecía transparente. Al igual que Fugaris, llevaba un vestido entallado, aunque el suyo estaba decorado con pequeñas piedras preciosas de distintos colores. Los destellos celestes que desprendía daban la sensación de una brisa fresca; al verlos, lo primero que vino a mi mente fue la imagen de una playa y el aroma salino del mar al chocar el viento contra el rostro.
—Hola, mi señor. Estoy para servirle. Soy Meima, encargada de las aguas de los ríos y mares, de la lluvia en las nubes… —dijo la siguiente con un tono respetuoso—. Todo aquello que contenga agua en este mundo está bajo mi jurisdicción.
A diferencia de las demás, Meima llevaba un traje completo que la cubría de pies a cabeza, en un profundo azul marino con detalles brillantes. Su vestimenta parecía estar hecha de agua en constante movimiento. Su cabello era de un tono negro azulado y sus ojos eran tan profundos que daba la impresión de estar mirando el fondo del océano. Destellos azules caían bajo sus pies como una lluvia pura y silenciosa.
—Yo me llamo Tlalli, y soy el hada de la tierra —habló entonces otra de ellas.
Vestía un vestido color café, decorado con líneas doradas que parecían raíces envolviendo la tela. Su cabello, rizado y abundante, del mismo tono que la tierra, era rebelde pero armonioso. Su rostro redondo combinaba con sus grandes ojos color café. Los destellos que emanaba eran dorados, aunque más oscuros que los de Fugaris.
—Y por último, pero no menos importante… —dijo una voz alegre—. Yo soy Jayeon, y a veces pienso que soy tu favorita.
Habló con una voz dulce mientras me guiñaba un ojo.
—Soy el hada de la naturaleza.
Acercó su rostro al mío y me observó con curiosidad, con ojos brillantes y una sonrisa traviesa, aunque llena de felicidad. Vestía un vestido verde decorado con hojas, y en su cabello negro llevaba una pequeña corona de flores. Sus ojos eran de un intenso color verde esmeralda, y los destellos que desprendía eran del mismo tono. A su alrededor revoloteaban pequeñas mariposas de colores. Sin duda, era la más animada y alegre de las cinco.
Yo no sabía qué decir. Estaba completamente anonadado.
De pronto, a lo lejos, escuché la voz de mi madre.
—…dru… Andru…
Cuando reaccioné, ella ya estaba frente a mí. Ni siquiera había notado en qué momento había bajado del coche; incluso ya había abierto la puerta de mi lado.
—Andru, ya llegamos. ¿Dónde tienes la cabeza? —me reprendió—. Baja del auto, ayúdame con las cosas y luego te vas a dormir. Se nota que ya te estás muriendo de sueño.
—¿E-eh…?
Miré a mi alrededor. Solo estábamos mi madre y yo. No lo pensé demasiado y me apresuré a bajar del coche.
Entramos a la casa y dejé las compras en la sala. Luego fui directamente a mi habitación y me senté en la orilla de la cama.
—Fuuu… —suspiré—. Todo debe haber sido cosa de mi imaginación.
—No, Andru, no lo fue —escuché la voz de Fugaris.
—¿Q-qué…? —volteé a todos lados, pero no encontré a nadie.
—Descansa, Andru. Mañana hablaremos de todas tus dudas, jejeje —esa vez fue la voz de Jayeon la que resonó suavemente.
Dormir… ¿cómo podría dormir después de todo esto?
Bueno, quizá mañana no pase nada.
Me quité los zapatos y me acosté en la cama, cubriéndome por completo de pies a cabeza.
Tenía que dormirme, quisiera o no.

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