LOS SERES DE LUZ
Capítulo 1: Las Cenizas del Pasado
El humo aún se aferraba al cielo, años después, como un fantasma renuente a abandonar el mundo. Gemma, de trece años, caminaba sobre cenizas que ya se habían convertido en parte de la tierra, sus botas gastadas levantando un polvo gris que olía a memoria y a derrota. Había cumplido catorce hacía un mes, pero los cumpleaños habían dejado de importar cuando los Seres de Luz quemaron su aldea y se llevaron a sus padres. Ahora, con trece años que parecían treinta, la ceniza era parte de su piel.
Los Seres de Luz no dejaban nada a su paso. O adoración, o el silencio carbonizado. Gemma eligió el silencio. Prefirió la soledad nómada a arrodillarse ante aquellos dioses cuya avaricia brillaba más que su divinidad. Llevaba a cuestas una mochila liviana y una pesadez infinita.
Su conocimiento era lo único que no se había quemado. Sabía qué raíces eran comestibles, cómo encontrar agua bajo las piedras, cómo leer las nubes no para adivinar el tiempo, sino para adivinar el peligro. Las nubes teñidas de un dorado antinatural eran el presagio de una visita.
Fue en uno de esos días de cielo inquietante cuando los encontró.
No los vio primero; los oyó. Un susurro urgente y el sonido de pasos apresurados. Gemma se deslizó tras los restos de un muro de piedra, su cuchillo de supervivencia firme en la mano. Asomó la cabeza.
La mujer, Danny, intentaba calmar a un chico de trece años, Miguel, que caminaba junto a ella con la cabeza gacha pero los ojos alerta. No llevaban casi nada. La ropa de Danny estaba rasgada, pero no por la batalla, sino por la huida larga y desesperada. Sus ojos, cuando por un instante miraron hacia arriba, reflejaban un terror específico, íntimo, el terror de quien conoce el rostro del monstruo.
—Cerca, Miguel, quédate cerca —murmuraba Danny, pero su voz temblaba.
Gemma evaluó la situación. No parecían una trampa. Bajó el cuchillo y dio un paso, haciendo crujir una rama a propósito.
Danny se interpuso frente al chico, un gesto feroz y maternal. Sus ojos se clavaron en Gemma, desafiando, suplicando y advirtiendo al mismo tiempo.
—No vengo de ellos —dijo Gemma, manteniendo la voz baja y plana. Levantó las manos, vacías, excepto por el cuchillo que sostenía por la hoja—. Soy como tú. Huyo.
Danny no se relajó. —¿Y adónde huyes? —preguntó, su voz áspera—. No hay adónde.
—A cualquier parte que no sea donde están ellos —respondió Gemma. Su mirada se posó en Miguel, que la observaba con unos ojos azules profundos, inusualmente serenos para un chico de su edad—. No pueden caminar mucho más así. Tienen sed.
Era una observación práctica, no una simpatía. Pero fue la practicidad lo que quebró un poco la defensa de Danny. Asintió, casi imperceptiblemente.
Gemma les ofreció agua de su cantimplora y un puñado de bayas secas. Mientras comían, vigiló el horizonte. El dorado en las nubes se intensificaba.
—Una redada se acerca —anunció, sin emoción—. No aquí, pero cerca. Moviéndose en diagonal. Tenemos tal vez una hora.
Danny palideció. —¿Cómo lo sabes?
—Porque he sobrevivido. Y para sobrevivir, se aprende a leer lo que ellos dejan atrás, incluso en el cielo. —Gemma guardó la cantimplora—. Vengan conmigo. Conozco un desfiladero cerca.
—¿Por qué lo harías? —La desconfianza en Danny era un muro.
Gemma miró a Miguel, que bebía con cuidado. —Porque un chico que llama la atención es un riesgo. Y porque —añadió, su voz perdiendo por primera vez su frialdad— estar solo demasiado tiempo te hace olvidar por qué vale la pena esconderse.
Esa verdad resonó en el vacío entre ellas. Danny bajó la guardia, solo un centímetro.
—Él… Miguel… es especial —susurró Danny, como si confesara un crimen—. Lo buscan más que a otros.
Gemma no preguntó. En este mundo, “especial” podía significar muchas cosas, casi todas malas. —Entonces más razón para moverse.
Caminaron en silencio, Gemma guiando. El paisaje era un cuadro de desolación. Al caer la tarde, llegaron al desfiladero. Era un lugar áspero, pero con una cueva superficial. Gemma señaló un arroyo lejano.
—Agua. Y tierra buena al fondo del valle. Podría darnos raíces, quizás incluso cultivos, si pudiéramos…
—¿Qué? —preguntó Danny—. ¿Quedarnos? Construir algo? Ellos lo quemarán. Siempre lo hacen.
—No siempre —dijo Gemma, con una terquedad que no sabía que aún conservaba—. Mis padres… tenían una granja. Estaba escondida. Duró años. Hasta que no duró. —Hizo una pausa—. Pero duró.
Danny la miró, estudiando su rostro curtido por el sol y la pena. —¿Qué sabes hacer, además de huir?
—Sé hacer que las cosas crezcan —dijo Gemma, y por primera vez hubo un atisbo de algo que no era dolor en sus ojos—. Sé de tierra, de semillas, de paciencia. Sé construir refugios que no se vean. Y sé que huir sin un destino solo retrasa lo inevitable.
Miguel se acercó al borde de la cueva, mirando el valle bañado por la última luz. Extendió una mano, como si quisiera tocar los colores.
Y entonces, sucedió algo.
De la nada, una ligera bruma se levantó del arroyo distante, atravesó el valle y se enroscó suavemente alrededor de los dedos de Miguel, como un saludo, antes de disiparse.
Danny contuvo un grito. Gemma contuvo el aliento.
No había sido el viento. Había sido el agua. Respondiendo.
Miguel miró su mano, confundido, y luego a su madre.
Danny se acercó a él, tomando su rostro entre sus manos. —No —murmuró, su voz cargada de un pánico amoroso—. No otra vez. Tienes que guardarlo dentro.
Gemma observó, las piezas encajando. El terror de Danny. La advertencia. Aquel milagro acuático.
—Su padre —dijo Gemma, no como una pregunta, sino como una revelación—. No era un hombre cualquiera, ¿verdad?
Danny cerró los ojos, vencida. Cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas y de una verdad terrible. —Era el dios del Agua. Y lo mataron por dejarnos escapar. Ellos… los otros Seres de Luz. Porque Miguel no debería existir.
El silencio cayó sobre ellas. Gemma miró al chico, ahora una criatura de leyenda, y luego al valle.
Afuera, el último vestigio de luz dorada desapareció de las nubes. La noche los envolvió.
En el horizonte, muy lejos, una estrella parpadeó con una intensidad antinatural, como un ojo que, lentamente, se abriera.
FIN DEL CAPÍTULO 1
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