CAPÍTULO 5: El Genocidio
El sonido fue un desgarro. Un temblor que hizo saltar las piedras. La explosión en la mina no fue de fuego, sino de luz concentrada que se expandió en un pulso cegador, volatilizando la entrada, derritiendo la piedra.
En el bosque, Gemma, ahora de catorce años, cayó de rodillas. —¡DANNY!
Del otro lado del portal, el mundo era orden. Blanco, impecable. Emma caminaba por un corredor. Delante, en una plataforma, esperaba Shin, un Arquitecto de Voluntad. Su forma era humanoide pero alargada, antinatural. Su rostro, una máscara lisa.
«Informe.»
Emma se inclinó. De su pecho extrajo un cristal oblongo que pulsaba con imágenes: el plano del valle, los puntos débiles, las caras… y un torrente borroso del amor de Danny por Miguel. Lo extendió.
Shin absorbió la información. Su máscara parpadeó con mapas y rostros.
«El vástago del Traidor. Confirmado. La anomalía de realidad colectiva… interesante. Precaria. Has cumplido. La eficiencia es del 92%. La contaminación emocional en los datos es una imperfección.»
Emma permaneció inclinada.
«La cosecha procede. El brote será extirpado. El vástago será recuperado. El resto… purificado.»
Shin giró. El espacio se activó. Surgieron los Puros: guerreros de luz, creaciones puras sin rostro, sin individualidad. Un ejército silencioso se congregó.
Un mapa holográfico del valle se desplegó, con tres puntos brillando en rojo: los puntos débiles.
«Ataque convergente. Los puntos de falla primero. Luego, contención y purificación. Nada escapa.»
En el valle, era el infierno.
La explosión fue solo el primer acto. El incendio que siguió era feroz. Gemma, Elvio y Lara, con otros, luchaban por contenerlo.
Fue en medio de ese caos cuando Miguel, ahora de catorce años, llegó arrastrado por Benja. El chico había despertado del sueño inducido, confuso. Benja, llorando, lo había traído de vuelta.
—¡Mamá! —gritó Miguel, sus ojos buscando a Danny.
Gemma, de catorce años, lo vio y se le encogió el alma. No había tiempo para suavizar nada. En ese momento, dos figuras emergieron arrastrando una litera improvisada.
Sobre ella yacía Danny.
No estaba totalmente quemada. La explosión de luz había carbonizado la mitad inferior de su cuerpo. Su rostro estaba manchado de hollín, sus ojos abiertos, vidriosos.
Un sonido escapó de Miguel. Un jadeo seco. Corrió, cayendo de rodillas junto a ella. Tomó su mano intacta. Estaba fría.
—Mamá…
Los ojos de Danny parpadearon. Se enfocaron en él. Sus labios se movieron. No salió sonido. Pero Miguel leyó la palabra: «Huye.»
Luego, la luz se apagó en sus ojos.
Miguel se quedó mirando. El mundo se desvaneció en un zumbido blanco.
No tuvo tiempo de llorar.
Porque en ese instante, las alarmas sonaron.
Eran los muros. Gimieron, un sonido agudo de cristal que se resquebraja. Y entonces…
CRAC.
El escudo invisible se hizo visible: una cúpula translúcida de azules y verdes cubriendo el valle. Se agrietó en mil líneas y estalló en una lluvia de chispas.
Segundos después, los muros físicos temblaron. En los tres puntos que Emma había marcado, la piedra se pulverizó. Las defensas se desmoronaron abriendo tres boquetes.
A través de ellos, entró la Luz.
Los Puros fluyeron por las brechas, deslizándose, sus pies apenas tocando el suelo. Formaban un silencio aterrador. Solo avanzaban, y todo lo que tocaban se desintegraba: una choza en ceniza blanca, un barril en vapor, un hombre que oponía resistencia volatilizado en un espasmo de luz.
Era la purificación. Un genocidio metódico, silencioso.
—¡A LAS ARMAS! ¡PROTEJAN A LOS NIÑOS! —rugió Elvio.
El caos se desató. Gemma agarró a Miguel, que seguía pegado a la mano muerta de su madre.
—¡MIGUEL, CONMIGO! ¡AHORA!
Pero el chico de catorce años era una estatua. Gemma lo sacudió. —¡Tu madre te dijo que huyeras! ¡CORRE!
Fue inútil. Miguel no la veía. Veía a los Puros. Veía cómo una lanza de luz atravesaba el pecho de Benja, su amigo de doce años, que había intentado protegerlo. Benja se desvaneció con un grito ahogado.
Algo se rompió dentro de Miguel, el adolescente de catorce años.
El dolor, la rabia, la pérdida absoluta—no hubo filtro. Su poder estalló como un grito del alma.
El arroyo cercano hirvió y se elevó en una columna violenta. Fueron lanza sin formes de agua compactada que salieron disparadas en todas direcciones. Gemma y Elvio se tiraron al suelo. Las lanzas atravesaron a un Puro, pero también la choza de Lara, el almacén, a una mujer que corría con su bebé…
Miguel no veía aliados o enemigos. Solo destrucción.
—¡MIGUEL, DETENTE! —gritó Gemma, pero su voz se perdió.
El chico alzó los brazos al cielo, los ojos inundados de lágrimas. Y entonces, ocurrió.
De la humedad del aire, del vapor, de las lágrimas, Miguel, de catorce años, condensó una cúpula masiva de agua sobre todo el valle.
No era protectora. Era una tumba líquida.
Era opaca, turbia, y empezó a descender, presionando sobre todo, arrastrando a Puros y humanos, aplastando estructuras, ahogando gritos.
Gemma, de catorce años, atrapada bajo el peso líquido, vio a través del agua distorsionada la silueta de Miguel en el centro, de pie, brazos extendidos, consumido por un poder que lo superaba y que, en su agonía adolescente, estaba aniquilando lo poco que le quedaba.
El genocidio ya no era solo obra de la Luz. Ahora, también era suyo.
FIN DEL CAPÍTULO 5
Comments (0)
See all