Capítulo 7: NOUS
La figura inclinó ligeramente su cabeza. Cuando habló, la voz era un sonido curiosamente familiar, como el rumor de un río en una cueva olvidada.
Has tocado el Umbral. Has activado la Espiral. El linaje del Agua… ha regresado.
Miguel no pudo responder. Solo miró, con los ojos desorbitados, al ser de alas triangulares que había emergido del portal.
La figura flotó un metro más cerca, y la luz azul que emanaba de ella iluminó detalles imposibles: su armadura líquida y oscura parecía respirar, y sus alas triangulares, rígidas como obsidiana, reflejaban el agua del pedestal como espejos negros. Los dos puntos de luz azul que hacían de ojos se fijaron en él.
Yo soy Nous, resonó la voz en su cabeza, ahora con un dejo de curiosidad amable, casi paternal. Guardián de este cruce. Tejedor de los senderos que tus actuales…amos… pretenden haber borrado.
Miguel encontró la voz, temblorosa. —¿Eres… un dios?
Un eco que podría haber sido una risa suave. Una palabra tan limitada. Yo soy un hada. Un hada antiguo, de los que tejían realidad antes de que la Luz decidiera que todo debía tener un dueño y un Floto alrededor de Miguel, observándolo. Veo el dolor en ti, hijo del Río Traicionado. Veo la pérdida fresca. El poder que te quema por dentro porque no sabes cómo sostenerlo sin quemarte.
Nous se detuvo frente a él. Los que gobiernan ahora, esos ‘Seres de Luz’, son avariciosos, sí. Pero son también… aburridos. Su genocidio tiene reglas. Un orden tedioso. Mi locura, en cambio, es creativa.
Miguel sintió un escalofrío. —¿L-locura?
¡Oh, sí! La llaman así. Porque colecciono lo que ellos desechan o destruyen: almas perdidas. Almas como la tuya en este instante, rota y brillante, llena de potencial puro. No para purificarlas… sino para preservarlas en su momento más hermoso: el instante del dolor, de la elección, del cambio. Su tono era de pura fascinación, como un científico ante un espécimen raro. Y a cambio de esa preservación… ofrezco regalos. Los elementos. Todos. No como ellos los distorsionan, sino en su esencia verdadera.
Extendió una mano larga y esbelta. Sobre su palma, siete símbolos se materializaron en el aire, hechos de gotas de agua, motas de tierra, chispas quietas de fuego, remolinos de aire, fragmentos de luz y oscuridad, almas o personas y el tenue latido de algo que parecía realidad misma.
Poder, Miguel. Control. La capacidad de no volver a sentirte impotente mientras tu mundo arde. De vengar a tu madre. De proteger a los que quedan. La voz de Nous era una serpiente seductora en su mente. Solo hay una pregunta inicial, simple y clara.
Los puntos de luz azul se intensificaron, clavándose en los de Miguel.
¿Vas a venderme tu alma?
La pregunta flotó en la cámara silenciosa, más pesada que la piedra, más fría que el agua del pedestal. No era una metáfora. Nous hablaba en serio.
—¿Y… qué pasa si digo que sí? —logró preguntar Miguel, su voz apenas un hilo.
Serás mi pieza estelar. Te otorgaré un elemento, o todos, según tu crecimiento. Te guiaré por caminos de poder que los dioses actuales ni recuerdan. Tu dolor no se desperdiciará; se convertirá en arte, en poder, en leyenda. Nous se acercó hasta que su frío helado erizó la piel de Miguel. Y cuando tu historia alcance su cénit, cuando tu alma brille con su máximo fulgor… pasará a formar parte de mi colección eterna. Inmortalizada. Perfecta. Lejos del fastidioso ciclo de vida y muerte que ellos controlan.
—¿Y si digo que no?
Entonces te despertarás en la superficie, con solo el recuerdo de un sueño extraño. Y enfrentarás a la cazadora que viene por ti —¡sí, la siento acercarse!— con solo el poder roto que ya tienes. Probablemente morirás. O peor: ellos te capturarán, y tu alma será…arreglada. Como la de esa pobre Emma. Vacía, útil y sin brillo. Nada que un coleccionista desearía.
Un sonido llegó desde el túnel de entrada: el crujido de tierra desplazada. Emma estaba cerca. El tiempo se acababa.
Nous flotaba quieto, ofreciendo un pacto con el diablo con la elegancia de un hada antiguo y la sonrisa implícita de un lunático que encontraba la poesía en el desastre.
Miguel, de catorce años, con el lodo del valle en sus ropas y el peso de decenas de muertos en sus manos, miró los símbolos de los elementos flotando en el aire. Miró hacia el túnel por donde venía la muerte ordenada. Miró las alas triangulares de oscuridad que prometían un caos creativo.
Era la elección más antigua del mundo. ¿Mantener su alma y probablemente perderlo todo?¿O venderla, y ganar el poder para cambiarlo todo… a un precio definitivo?
FIN DEL CAPÍTULO
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