Capítulo 8: El Precio Estelar
El silencio en la cámara de los portales era absoluto, roto solo por el latido del agua en el pedestal y los cada vez más cercanos pasos de Emma en el túnel. Los puntos de luz azul que eran los ojos de Nous brillaban con una paciencia infinita, como si los segundos no tuvieran peso para un ser que había visto pasar eras.
Miguel, de catorce años, sintió cómo cada una de sus pérdidas —el calor de la mano de su madre, la risa de Benja, la confianza en la mirada de Gemma— se convertía en un peso muerto en su pecho. Un peso que, Nous sugería, podía ser transformado en poder. En venganza. En control.
—¿Un precio definitivo? —repitió Miguel, su voz resonando extrañamente clara en la cámara.
El más definitivo, confirmó Nous, su voz ahora no un eco mental, sino un sonido real, susurrante y claro que salía de su figura flotante. Pero también el más glorioso. No serás un esclavo, como los conversos de la Luz. Serás una obra de arte. Un canto épico congelado en su clímax.
Los pasos de Emma eran ya un eco nítido. Cualquier segundo.
Miguel cerró los ojos. No vio paz. Vio el rostro carbonizado de Danny. Vio el destello que borró a Benja. Vio a Gemma ahogándose bajo su propia cúpula de agua. Vio la sonrisa de satisfacción de Shin al recibir el cristal de Emma.
El miedo se solidificó en una decisión fría y afilada en su corazón.
—Acepto —dijo, abriendo los ojos. Ya no temblaban. —Vendo mi alma. Dame el poder para detenerlos. Para quemar su luz perfecta.
La sonrisa que se dibujó en el rostro sin rasgos de Nous no fue malvada. Fue depura y absoluta dicha, la de un coleccionista que acaba de adquirir la pieza que completará su vitrina.
¡Celebremos! exclamó, y chasqueó los dedos.
No hubo relámpago, ni dolor, ni un vacío súbito en el pecho de Miguel. Solo una sensación de desenganche, como si un hilo que lo había unido a algo vasto e innombrable se hubiera cortado limpiamente. Un escalofrío le recorrió la columna, y luego… nada. Se sintió extrañamente ligero. Vacío por dentro, pero claro por fuera.
En el mismo instante, el portal de agua y oscuridad detrás de Nous se expandió, envolviéndolos a ambos. Miguel no tuvo tiempo de gritar. El mundo de piedra, agua y portales giratorios se disolvió en un remolino de colores silenciosos.
La conciencia regresó con la sensación de hierba fresca en su nuca y un cielo estrellado infinito sobre él.
Miguel se incorporó de un salto. Estaba en medio de un césped perfecto, de un verde intenso y antinatural, que se extendía en todas direcciones. El espacio era vasto, del tamaño de una cancha de fútbol, pero estaba claramente delimitado: más allá del césped, solo había una niebla impenetrable y oscura que se arremolinaba con lentitud, como las paredes de una celda cósmica.
No había luna, pero una luz clara y fría, como de un millón de estrellas concentradas, iluminaba el claro. En el centro, flotando a un metro del suelo, estaba Nous. Parecía más…real. Sus alas triangulares de oscuridad acuosa brillaban con constelaciones minúsculas, y su armadura líquida reflejaba el campo de estrellas de arriba.
¡Bienvenido al Patio de Entrenamiento! anunció Nous, extendiendo los brazos como un anfitrión. O, como a mí me gusta llamarlo: el Taller donde se forjan Obras Maestras. Tu alma ya es mía, Miguel. Un trato justo. Pero no puedo simplemente soltarte con todo ese poder crudo. Sería como dar una espada legendaria a un bebé. Te harías trizas a ti mismo y arruinarías la belleza del caos que podrías crear.
Se acercó flotando. Aquí, en este espacio fuera del tiempo de tu mundo, aprenderás. Dominarás cada don que te he otorgado. No serán los elementos distorsionados y avariciosos de los Seres de Luz. Serán las esencias puras, las fuerzas primordiales.
Nous hizo un gesto amplio. Delante de Miguel, flotando en el aire, aparecieron diez objetos, cada uno suspendido en su propia burbuja de espacio quieto:
Alma :Una esfera de un cristal traslúcido y cálido que palpitaba con un ritmo suave, como un corazón. En su interior, formas de colores danzaban.
Fuego: Una llama quieta y perfecta, sin combustible, sin humo. No emitía calor a distancia, pero su núcleo era blanco y terrible.
Aire: Un remolino de viento cristalizado, atrapado en el acto de girar. En su interior centelleaban motas de plata.
Tierra: Un cubo de roca viva, de cuyas caras brotaban pequeños cristales y líquenes que crecían y se replegaban en un ciclo acelerado.
Oscuridad: Un fragmento de vacío absoluto, una mancha que devoraba la luz de las estrellas a su alrededor. No era amenazante, solo… ausente.
Luz: Una esfera de luz amarilla pura, no blanca ni dorada. Brillaba con una calidez constante y alegre, como un sol en miniatura.
Destrucción: Un líquido blanco y espeso, como lejía cósmica, que burbujeaba lentamente en su contenedor invisible. Donde una gota cayó al césped, la hierba no se quemó, simplemente dejó de existir, dejando un parche de nada.
Reparación: Un líquido rosa y viscoso, brillante como un caramelo. Fluía con lentitud melosa, y donde tocó el parche de nada dejado por la Destrucción, la hierba brotó de nuevo, más verde y perfecta que antes.
Poder: Un bloque de hielo negro y turbio, dentro del cual se atisbaban formas en movimiento. No emitía frío, sino una presencia opresiva, una promesa de fuerza bruta.
Tiempo: Un reloj de arena de cristal verde. La arena en su interior no caía. Flotaba, suspendida, y a veces fluía hacia arriba o se agitaba en remolinos.
Miguel los miró, abrumado. Eran hermosos. Y aterradores.
Tu herencia del Agua sigue dentro de ti, continuó Nous, señalando el objeto de la Tierra. Pero ahora es solo una nota en tu sinfonía. Empezarás por lo más simple: la Tierra. Para entender la firmeza, la paciencia. Luego, el Aire, para la libertad y el pensamiento. Después, el Fuego, para la pasión y la purificación… y así. Hasta llegar a los conceptos mayores: Realidad, Alma, Tiempo.
Nous flotó hasta quedar cara a cara con Miguel. Su dicha se había transformado en una intensidad de maestro exigente.
Dominarás cada uno. Harás de ellos extensiones de tu voluntad. Y cuando lo logres… Su voz bajó a un susurro cargado de anticipación. …te soltaré de vuelta en tu mundo. Para que muestres a esos dioses de pacotilla lo que es un verdadero portador del caos. Para que mi obra maestra brille.
Miguel miró sus propias manos. Ya no sentía el vacío. Sentía…potencial. Un océano de poder dormido, esperando a ser liberado. Miró a Nous, el hada lunático que ahora era su dueño y su maestro.
Y por primera vez desde la muerte de su madre, una sonrisa —fría, determinada, y vacía de todo lo que antes lo hacía Miguel— se dibujó en sus labios.
El entrenamiento comenzaría al amanecer de aquella noche eterna. Y el mundo de la Luz no estaría preparado para lo que saldría de ella.
FIN DEL CAPITULO 8
FIN DE LA TEMPORADA 1
-ˋˏ ༻EL FIN༺ ˎˊ-
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