Me encontraba flotando en un cielo oscuro donde lo único que iluminaba eran las estrellas. Una extraña sensación recorría mi cuerpo, como si fuera tan ligero como una pluma, y sin oponer resistencia simplemente me dejé llevar.
De pronto llegué a un lugar donde la noche parecía día. A mi alrededor había una especie de capa transparente con reflejos arcoíris, como un velo que separaba dos mundos.
—¿Qué es esto…? —pensé mientras atravesaba aquella cortina.
En el instante en que la crucé, todo se transformó en blanco. Nieve cubría el paisaje hasta donde alcanzaba la vista, y al fondo se alzaba un enorme castillo en ruinas. Los caminos y las casas parecían haber estado sepultados bajo la nieve durante siglos. Aquella visión me provocó una punzada en el pecho, como si ese lugar me doliera por razones que no podía comprender.
Entonces, un sonido fuerte me sacó de golpe de ese mundo.
—Tiiiiiic… tiiiiiiic…
Mi alarma.
Desperté sobresaltado y tomé el celular con torpeza. Era tarde para ir a clases. Me levanté de un salto, saqué un uniforme limpio del armario y corrí directo a la ducha. Mientras el agua caía sobre mi cuerpo, las imágenes del sueño seguían tan vívidas como si aún estuviera allí.
Tal vez soñé eso por lo de anoche…
Pero una duda insistente apareció en mi mente.
Por cierto… ¿habrán sido reales?
—¡Toc, toc!
—Cariño, date prisa o llegarás tarde a clases —dijo mi madre desde el otro lado de la puerta.
Suspiré. Definitivamente hoy tendría que llevarme ella a la escuela.
Cuando terminé de arreglarme, tomé un sándwich que mi mamá había dejado sobre la mesa, me lo llevé a la boca y salí corriendo.
—¡Me voy a clases! —dije con la comida aún en la boca.
—¡Sube rápido al auto! ¿Y qué te he dicho sobre hablar con la boca llena? —me reprendió.
Llegamos justo a tiempo. Entré apresurado a la escuela y suspiré aliviado.
Justo a tiempo.
El día transcurrió de manera normal. No hubo señales de aquellas pequeñas hadas que me habían visitado la noche anterior y, por más que lo pensé, llegué a la conclusión de que no era buena idea contarle nada a mis amigos. No quería ser tomado por loco ni convertido en objeto de burlas. Además… ni siquiera estaba completamente seguro de que todo hubiera sido real.
Al salir de clases, seguí mi camino habitual. Uno a uno, mis amigos se fueron quedando en sus casas hasta que me encontré solo. Antes de llegar a la mía, me detuve bajo un árbol para descansar un poco. Me recosté en el pasto y cerré los ojos; hacía mucho calor.
Tal vez de verdad lo de ayer solo fue un sueño…
Estaba convenciéndome de ello cuando sentí una brisa fresca acariciar mi rostro y escuché una voz conocida.
—Mi señor…
Abrí los ojos de inmediato.
Vaya… no fue un sueño.
—Por supuesto que no —respondió Jayeon con su tono juguetón—. Ya te dijimos que somos tan reales como tú, jejeje.
—Mi señor, sabemos que tiene muchas dudas —intervino Fugaris con voz serena—. Y aunque aún no es el momento de que conozca su destino, estamos aquí para comenzar a acompañarlo en su viaje.
Su voz me transmitía una calma profunda, casi reconfortante.
—¿Por qué solo yo puedo verlas y escucharlas? —pregunté en mis pensamientos.
—Porque usted es a quien servimos —respondió al instante Meima—. Además, es el único ser especial en esta tierra.
—Tranquilo, te explicaremos todo —añadió Tlalli con suavidad.
—Mi señor —continuó Fugaris—, nosotras lo hemos acompañado desde antes de que usted existiera en este mundo. Por alguna razón, ahora no lo recuerda, pero usted posee el don de reencarnar cada mil años. Puede renacer de la manera que desee, porque antes de todo… usted era una estrella.
—¿Una estrella? —pensé—. ¿De las que hay en el espacio? Debe ser una broma…
—Jamás bromearía con algo así —respondió Fugaris—. Las estrellas que existen hoy son creaciones de polvo formadas por usted mismo para iluminar el universo. Usted es la única y primera estrella real.
—Si soy una estrella… ¿qué hago aquí? ¿Por qué soy humano?
—Usted eligió esto en su última reencarnación, hace quince años —explicó—. Se sorprendería del poder que posee, pero aún no podemos entrar en esos detalles.
Hizo una breve pausa, y su mirada se tornó más seria.
—Hay cosas que aún no podemos decirte… especialmente sobre el Rey.
Sentí un ligero escalofrío recorrerme el cuerpo.
—Nos acercamos ahora porque, al no haber recuperado sus recuerdos a esta edad, debíamos hacerlo —continuó—. Si usted no nos provee de su energía, desapareceremos.
—Hemos sobrevivido gracias a pequeñas dosis —intervino Aither—. Cada vez que usted cambiaba el clima, hacía florecer las plantas o ayudaba a quienes lo rodean.
—¿Mi energía…?
—Sí —asintió Fugaris—. Nosotras vivimos gracias a usted. Al ser hadas de los elementos, cada vez que desea algo relacionado con ellos, somos nosotras quienes trabajamos para cumplir su orden.
—Entonces… ¿la lluvia, las plantas… fueron ustedes?
—Así es, mi señor —respondió—. Pero ya no podemos sobrevivir solo con esas pequeñas dosis. Necesitamos que nos recuerde y nos otorgue su permiso para permanecer a su lado.
Me explicaron que compartir mi energía era tan sencillo como creer en ellas, hablarles y darles tareas. Ese acto crearía nuevamente el vínculo, esa conexión entre un amo y sus hadas.
Cuando terminaron de explicarme todo, me sentía agotado mentalmente. Ellas lo notaron enseguida.
—Mi señor, debería descansar —dijo Fugaris con una sonrisa amable—. Permítanos acompañarlo de ahora en adelante. Poco a poco le contaremos más. Tenemos fe en que pronto comenzará a recordar sus vidas pasadas.
Aun así, una inquietud se instaló en mi pecho. Sentía que había cosas que no me estaban diciendo… o tal vez simplemente aún no era el momento.
Me levanté y continué mi camino a casa.
Desde ese día, ellas permanecieron a mi lado. Poco a poco me contaban pequeñas anécdotas de nuestras vidas pasadas, mientras yo comenzaba a aceptar aquella verdad imposible.
Aún no lo sabía, pero aquel rey del que no podían hablar… ya había dejado una marca en mi alma.
Y así, sin darme cuenta…
Pasaron seis años.
El destino ya había comenzado a moverse…

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