En estos seis años terminé mis estudios en el colegio e ingresé a la universidad. En seis meses será mi graduación y, por ahora, trabajo a tiempo parcial en una cafetería.
Tal como lo dijeron aquellas hadas, no se han separado de mí ni un solo día.
Mudarse de mi pueblo a la ciudad para estudiar no fue tan pesado como imaginé. Jamás me sentí solo; su compañía y las historias que me contaban llenaban mi día a día.
—Buenas tardes —me saludó un cliente habitual al acercarse al mostrador.
—Hola, bienvenido. ¿Un café americano sin azúcar, cierto? —respondí de forma automática.
—Veo que ya sabes mis gustos —dijo con una sonrisa orgullosa, como si recordar su pedido fuera el mejor cumplido del mundo.
—Viene todos los días a la misma hora y siempre pide lo mismo.
—¿Debería pedir algo diferente? ¿Qué me recomiendas?
Nunca había tenido una conversación tan larga con él. Solo sabía su nombre porque estudiaba en mi misma facultad. Era un año mayor que yo, se graduó el año pasado y prácticamente todos lo conocían: había sido la estrella del equipo de fútbol de la universidad.
—Lo que a usted le guste está bien —le sonreí—. ¿Entonces le preparo el café?
—Por supuesto. La verdad, bebería cualquier cosa que viniera de tus manos…
¿Qué…? pensé.
No entendí su sentido del humor, pero sin decir nada comencé a preparar el café. Al entregárselo, su mano rozó la mía y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
—Los mejores cafés los venden aquí a esta hora… justo en tu turno.
—Gracias. Supongo que es un cumplido, aunque todo lo hace la máquina.
—He venido en otros horarios y no sabe igual.
Por cierto, mucho gusto. Mi nombre es Ian.
Extendió su mano y, por cortesía, la tomé.
—Un gusto, yo soy Andru.
Su mano era grande. Me apretó con suavidad y sentí su pulso acelerado… o quizá era el mío.
—Andru… me gusta tu nombre. Tanto tiempo viniendo aquí y nunca habíamos tenido la oportunidad de platicar. ¿Aún estudias?
—E-este… s-sí… —respondí torpemente.
No soltaba mi mano.
—Ah, disculpa —rió—. Me sentí tan cómodo tomándote la mano que olvidé que es tuya, no mía.
Recién entonces pude observarlo mejor. Sus ojos eran color miel y su cabello oscuro, aunque bajo la luz parecía tener un leve tono rojizo. Era mucho más alto que yo y vestía un traje negro con una corbata azul. Se veía elegante… demasiado.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta.
—Toma. Cuando te gradúes, tal vez te interese postular donde trabajo.
—Oh… gracias —la guardé en el bolsillo de mi pantalón.
—Bueno, me voy. Mañana regreso por otro café.
Me sonrió y me guiñó un ojo antes de salir.
Qué persona tan extraña…
No pensé que fuera tan extrovertido.
¿Y por qué me dio su tarjeta?
Terminé mi jornada y cerré la cafetería. Ya había oscurecido. La luna iluminaba el cielo de la ciudad, pero las estrellas apenas eran visibles, ocultas por la contaminación.
Sentí una punzada de nostalgia.
En mi pueblo, el cielo era tan limpio que se podían ver las constelaciones.
Caminaba de regreso a casa cuando, como siempre en estos últimos años, las llamé mentalmente.
Tierra… aire… fuego… naturaleza… agua.
Entre destellos de colores aparecieron frente a mí.
—¡Andruuuu! —gritó Jayeon, tan efusiva como siempre.
—¿Cómo están? Díganme… ¿cómo va lo que les encargué?
—De maravilla —respondió Fugaris con tono serio—. Todo va tal como lo pediste. Gracias a la energía que nos has brindado, hemos creado una capa protectora que cubre de orilla a orilla tu tierra natal. Tu pueblo está a salvo.
Desde hace tiempo, al volverme más consciente de mis poderes, comprendí que ellas podían ayudarme en muchos más aspectos de mi vida. Protegían a mi familia, a mis seres queridos… incluso cuando mi control no era perfecto.
Aun así, seguía sin recordar nada de mis vidas pasadas.
Ellas me habían contado fragmentos: que al principio fui una estrella; que al sentirme solo creé otras para iluminar el universo, aunque sin vida ni conciencia. Que existía alguien más… alguien a quien llamaban el Creador.
Pero nunca daban detalles.
Mi segunda vida fue en un mundo mágico, donde las conocí. Allí renací como el hijo de la diosa de ese planeta, heredando parte de su poder. De mis otras vidas… no hablaban. Decían que debía recordarlas por mí mismo.
—Andru… —la voz de Fugaris dudó—. Debemos decirte algo.
—La próxima semana será el aniversario de la diosa Estela en el reino mágico.
¿Nos acompañarías?
Estela.
Ese era el nombre de quien había sido mi madre en aquella vida.
—Está bien… pero ¿cómo? Nunca he viajado entre mundos.
—Por eso mismo —continuó—. Necesitamos practicar.
Tienes la habilidad de viajar entre mundos tal como son ahora. No al pasado… sino al presente de cada uno.
—¿Qué…?
Me sentí abrumado.
Justo entonces llegué a la puerta de mi departamento.
Bip. Bip. Bip.
Entré y dejé mis cosas en la pequeña sala.
—Chicas… no pueden soltarme algo así de la nada —dije, llevándome una mano a la cabeza—. Denme tiempo de asimilarlo. Empezamos mañana, ¿sí?
—Está bien —respondió Fugaris con dulzura—. Descansa, nuestro señor.
Entre destellos, desaparecieron.
¿Viajar entre mundos…?
¿En qué me estoy metiendo…?
No imaginé que todo llegaría tan lejos.

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