A la mañana siguiente finalmente despertó, desorientado y con la luz del sol que traspasaba la tela de la tienda dando directo en su rostro, a juzgar por la intensidad de la luz, ya eran después de las 9, un poco tarde para la hora que solía despertar. Miró su alrededor, seguía aun en su viaje, dentro de la carpa, solo. Todo parecía en su lugar, agradecía a los dioses por haberle dejado pasar aquella noche en orden.
Luego de tallar sus ojos y ponerse los lentes, comenzó a vestirse de nuevo, esperaba llegar aquel día al pueblo vecino, debía llegar. Luego de eso tomaría la siguiente ruta.
Improvisó una fogata para poder hacer su café de cada mañana, poniendo un pocillo de peltre con agua, mientras esperaba a que el agua hirviera, mientras tanto, levantó la tienda con cuidado, de nuevo metiendo todo dentro de su mochila principal. Era un mago y en ocasiones como esa, tomaba ventaja, haciendo que las cosas flotaran hacia dentro de su mochila, disminuyendo en tamaño conforme se acercaban a la entrada de la mochila, la tienda igual, comenzó a doblarse cuidadosamente flotando en el aire, mientras los clavos salían de la tierra y se acomodaban debidamente, quedando de forma compacta dentro, de la misma manera que todo lo demás. No usaba la magia para resolver todos sus problemas, pero a veces se facilitaba un poco la vida con ella. Aunque su vida era humilde, se consideraba privilegiado por nacer con aquella “Sangre mágica”, quizá el regalo más importante brindado por su amado padre.
Aquella mochila era pesada, más de lo que pensó que sería, pero todo lo que llevaba era total y absolutamente necesario. Revisó su mapa y tenía un aproximado de su ubicación, marcó la ruta que había seguido, poniendo con una línea punteada la que seguiría ese día, pasaría por el río y luego más adelante estaba el primer pueblo: “Tolka”, era más grande que Peski, por lejos más avanzado, tanto que hasta tenían carretas para llegar a otros pueblos. Planeaba tomar una para llegar más rápido a su próximo destino.
El desayuno de ese día era: Una grande, jugosa y deliciosa manzana roja, con una gran taza de café negro sin azúcar ni leche. No quería perder más tiempo cocinando algo, guardó el café restante en una de sus botellas vacías y apagó la fogata con cuidado para no provocar algún incendio, la vida silvestre para él era un tesoro que merecía ser preservado.
Siguió su camino con normalidad, andando entre los matorrales, practicando algunos hechizos durante su andar. –“Fulgur argenteum” – repetía la pronunciación de un hechizo que intentaba conjurar desde hacía tiempo, de todos los hechizos “Fulgur” era el menos poderoso. Podía sentir la magia recorriendo sus venas al pronunciarlo, pero no podía invocar nada de su varita, lo que debía ser un delgado rayo blanco, se transformaba en una incómoda y casi dolorosa sensación dentro de su brazo. Lo cual hacía que su frustración creciera conforme seguía caminando, practicando y fallando aquel encantamiento.
-¿Por qué? Estoy diciendo el conjuro bien, debería al menos salir una chispa- Mencionó para sí mismo con molestia.
Dejó por el momento aquel conjuro, pues un aroma húmedo llegaba a su nariz. Debido a su visión defectuosa, había agudizado con el paso del tiempo sus demás sentidos; el olfato, tacto, oído y sabor. Podía distinguir sabores fácilmente en la comida, oír ruidos suaves y reconocer aromas, el cual en ese caso era: “Tierra de río”, la cual olía completamente diferente a la tierra húmeda. Había estado caminando por un buen rato en el bosque y justo como lo había visto en el mapa, pasaba el curso de un rio, solo había que cruzarlo y al poco tiempo llegaría al siguiente pueblo, así que aceleró un poco el paso. Agradecía de no haberse encontrado con alguna otra criatura más allá de aves, insectos y ocasionales ardillas de cola esponjada.
Conforme se acercaba al río, el húmedo aroma se intensificaba cada vez más, suponía estar a unos 100 o 200 metros, sin embargo un ruido lo tomó de sorpresa, le hizo detenerse casi en seco. Puso más atención al sonido, venía de diferentes lugares, entre las hierbas y no era uno, eran dos… tres… Grandes. ¿Animales? ¿Otro Biven? No, no eran animales, el sonido parecía organizado, todos acercándose a él con sigilo. Tuvo un mal presentimiento y comenzó a buscar su varita con urgencia, lo cual solo provocó que aquello se acercara más a él con rapidez.
-¡ALTO!—Lo sabía, no eran animales, su oído no le había engañado. Un grupo de tres hombres salieron de entre los arbustos altos y árboles, no parecían tener una buena pinta, su ropa era holgada, parecía sucia, andrajosa, El hombre más viejo llevaba una funda de cuchillo enganchada en el cinturón, algo que el mago notó al instante, frunciendo el cejo, llenándose de desconfianza, viendo de pies a cabeza la pinta de cada uno de esos hombres, apuntándoles con su varita, estaba casi rodeado.
-Disculpa amigo, no era nuestra intención asustarte, solo vamos de camino al río. Tú también vas para allá. ¿No es así? Parece que no eres de aquí. ¿Estás perdido?— Dijo el que parecía ser el líder, la mitad de su rostro estaba cubierta por una espesa barba negra, “Que aspecto tan desaliñado? ¿Cómo quiere que no me “asuste” si me salen de repente? Idiota.” Pensó para sí mismo al verlo.
-No tengo porque decirles esa información. ¿Por qué me están rodeando?- No guardó su varita, aunque los hombres levantaran las manos, dando entender que no tenían armas.
-Vamos hombre, guarda eso. Solo somos unos pescadores, vinimos a ver si cazábamos algo en el bosque. Te ves muy intimidante con esa cosa, Bájala, por favor. ¿Vas al pueblo? Te podemos acompañar, vamos para allá también, conocemos un camino— Otro hombre habló, a diferencia del barbudo, él no tenía ni un solo pelo en la cabeza. El grupo avanzó, lo que puso de nervios a Nikolay, pero no respondió, quizá se estaba dejando llevar por sus prejuicios, si fueran cazadores y pescadores quizá tenía sentido que llevaran armas y se vieran andrajosos.
-Disculpen, creo que quizá los juzgué mal, como los vi de forma sospechosa saliendo entre los arbustos, pensé que podían ser ladrones o algo así, les pido una disculpa.— Mencionó con una pizca de culpa luego de un suspiro y guardó su varita dentro de la gabardina nuevamente.
-No te preocupes, hombre, nos veremos mugrosos, pero somos muy buenas bestias.— El más joven de ellos habló, caminando al lado de Nikolay, viendo con detenimiento la vestimenta del mago, acercándose como un gesto amigable. Aquello fuera de darle confianza a Nikolay, lo puso más nervioso, mirando a aquel hombre sonriente, algo estaba mal. “Estoy jodido.” pensó para sí mismo, pero antes de mover un músculo, sintió como le sostuvieron por detrás, jalándole de la mochila, haciendo que perdiera el equilibrio y tirándole al suelo, sus lentes salieron volando con la caída, todo era borroso. Rápidamente buscó su varita, pero una patada en el vientre le dejó sin aire, dejándole sólo sacar el poco aire de sus pulmones en un grito de dolor.
Aquellos hombres, efectivamente eran ladrones, pero Nikolay lo descubrió muy tarde, era ingenuo. Al ver como buscaba su varita, el más joven de los tres lo tomó de la trenza con firmeza y le acercó el puñal al cuello. –Quieto, que si haces una estupidez, aquí mismo te matamos, bastardo. Sólo deja que nos llevemos tus cosas y todos a mano. ¿Qué te parece?—
Los otros dos le quitaron la mochila grande y el maletín cruzado, al igual que la gabardina. El mago no pudo hacer nada, sin su varita era un inútil, La ira lo recorrió, dándose cuenta de su propia impotencia, no sabía conjurar hechizos sin su varita, si fuera un mago más experimentado, más capaz, podría fácilmente usar sus manos, pero no lo era. Era débil, ingenuo, inexperto, inútil. Tenía un cuchillo en el cuello, estaba sometido, atrapado y no sabía pelear, tampoco tenía fuerza, sin su varita no era nada. El mago no podía hacer nada que no fuera esperar a que terminaran de robarle.
-Ey, mira, es el palo de este enclenque, Uuuuy— Dijo el barbudo burlesco, imitando como si lanzara un hechizo, antes de pisarla y romperla a la mitad, riéndose todos de aquella pobre imitación.
-Hijo de puta… Si no estuviera tirado aquí, haría que te tragaras tus asquerosas palabras.- Gruñó Nikolay con desprecio, lo cual solo le hizo ganarse un puñetazo en la cara que lo dejó aturdido y llorando por el dolor ardiente en el rostro, sentía un goteo caliente en sus labios, seguramente era sangre, el sabor metálico no duró en hacerse presente, seguido de más patadas en los costados, que le hacían retorcerse cual gusano y gritar por el dolor. Cada respiro dolía cual puñal clavándose en su piel, sus quejidos se mezclaban con las risas de los ladrones.
-Boris, la mochila grande no tiene nada—Dijo el hombre calvo, el líder solo levantó los hombros con simpleza. -Déjala ahí, con la otra es más que suficiente, tiene unas monedas y más cosas dentro. Nos darán algo de plata por tus cosas. Disfruta tu viaje, forastero— Dijo por último el barbudo antes de patearlo una vez más antes de irse corriendo con los demás bandidos, dejando a Nikolay jadeando del dolor.
Mover cada músculo de su cuerpo era un martirio. Solo podía escuchar los pasos alejarse poco a poco de ahí mientras él se intentaba torpemente reponer, apoyando sus manos en la tierra para comenzar a buscar sus lentes. Su ropa estaba sucia, al tocar su rostro, el dolor se hizo presente, su nariz estaba chueca y sangrando, seguramente estaba rota, su cabello desordenado y no tenía su varita, estaba indefenso.
-No debí dudar… Mierda.—Gruñó molesto para sí mismo conteniendo las lágrimas mientras seguía buscando sus lentes en el suelo, encontrándolos chuecos, de milagro no los habían roto. Ponerse de pie era un reto, pero no podía darse el lujo de quedarse tirado, podía llegar otro grupo de ladrones o alguna bestia, pero ahora estando completamente indefenso.
Su mochila, que para otros pareciera vacía, realmente estaba casi llena, pero a diferencia de las mochilas de viaje común, ésta estaba encantada. Era especial para almacenar muchas cosas y tenía aquel hechizo, a menos que fuera el propietario de dicha mochila, se vería vacía para quien quisiera robar. Ese hechizo era especialmente usado para cofres de dinero, joyas o baúles importantes, pero también en bolsos de mujeres y equipaje de viaje, como era el caso de Nikolay.
Con algo de desesperación metió la mano dentro, buscando con el tacto una botella de poción restauradora, la misma que días atrás le había dado a Lanzeloth. Sin tardar le dio un trago grande, le ayudaría a llegar al pueblo próximo, no iba a regresar a casa, estaba decidido a seguir, sería una decepción para su madre si volviera en ese estado.
Se trepó la mochila en la espalda y siguió caminando, el dolor en sus costados era intenso, pero no iba a soltarla, era lo único que lo acompañaba ahora, había perdido su diario, su mapa y la comida que tenía, así como varias monedas, su brújula y algunos amuletos. No paraba de reprocharse e insultarse. “No puedo creer que sea tan débil, pudieron matarme… y no pude hacer nada para defenderme, inútil”.
Durante el camino hacia el río, encontró una rama gruesa, necesitaba una varita y al menos esa sería la que lo acompañaría. No sabía que tipo de madera era, pero en ese momento no importaba, al menos podría sacar los hechizos más básicos en caso de algún problema, luego haría una decente.
Escuchó el ruido del agua, había llegado al rio al fin, del otro lado entre los árboles lejanos veía algunas columnas de humo, seguramente de las primeras casas de pueblo, estaba por llegar.

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