Esa noche tuve un sueño muy similar a aquel que había tenido cuando las hadas recién llegaron a mi vida.
Me encontraba flotando en el espacio. Desde lo alto podía ver toda la ciudad: los edificios, las luces de los coches, el movimiento constante de un mundo que, en ese momento, se sentía ajeno a mí. Mi cuerpo reaccionó solo y comenzó a moverse sin que pudiera controlarlo.
Cuando me di cuenta, estaba dentro de una habitación, flotando cerca del techo.
Entonces lo vi.
Un rostro conocido, sumido en un sueño profundo.
—Ian… —pensé.
Me acerqué instintivamente. Extendí la mano y rocé su mejilla con la yema de los dedos. Su piel estaba tibia; la mía, fría. Ian hizo un leve gesto, como si pudiera sentirme incluso dormido.
Desperté de golpe.
—Vaya sueño más extraño…
Aún con esa sensación en el pecho, comencé a prepararme para ir a la universidad cuando un recuerdo cruzó mi mente.
“La próxima semana será el aniversario de la diosa Estela en el reino mágico. ¿Nos acompañarías?”
¿La próxima semana?
¿Pero qué día exactamente?
¿Debería vestir de alguna forma especial?
¿Y cómo debía comportarme? Yo no conocía a esa persona… aunque decían que había sido mi madre en mi primera vida después de ser una estrella.
El pensamiento comenzó a abrumarme, pero no tenía tiempo para eso. Faltaba menos de media hora para mis clases.
Salí apresurado.
—¡Mierda, el autobús me dejó!
Estaba maldiciendo en voz baja cuando un coche se detuvo frente a mí. El vidrio del copiloto bajó lentamente.
Era Ian.
—¿Vas tarde? —preguntó con una sonrisa relajada.
—Sí… —respondí, un poco incómodo.
—Sube. Me queda de paso, te doy un aventón.
—No es necesario, gracias. La uni queda cerca, solo perderé la primera clase.
—Vamos, insisto.
Dudé un segundo.
—Está bien… te lo agradezco.
El coche era lujoso, tanto por dentro como por fuera. Los asientos de piel color café contrastaban con la piel clara de Ian y su cabello oscuro, que bajo la luz parecía tener destellos rojizos.
—¿Te quedaste dormido? ¿Mucho trabajo? —preguntó, sacándome de mis pensamientos.
—A-ah… sí. No he dormido bien.
El ambiente se sentía extraño. Tal vez porque era la primera vez que estaba a solas con él, o porque no éramos realmente cercanos.
—¿Y qué haces por esta zona? —pregunté para romper el silencio.
—Vivo cerca y trabajo cerca de la universidad. Paso por aquí todos los días —dijo con naturalidad—. Podría darte aventón seguido. Sería más cómodo para ti… y podrías dormir más.
Todo eso salió de su boca como si nada.
—Lo pensaré —respondí, sin rechazarlo del todo.
—Llegamos. Que tengas un buen día. Me agradó pasar el tiempo contigo.
Bajé del coche y, de pronto, sentí varias miradas sobre mí.
¿Qué pasa? ¿Me habré puesto la ropa al revés?
Revisé mi camisa, pero todo estaba en orden.
Al llegar al aula, sentí alivio al ver que estaba casi vacía. Tomé mi lugar y poco después llegó Mathew, quien me abrazó por la espalda.
—Hombre, hoy llegaste a la uni como toda una celebridad.
—¿Q-qué diablos dices?
—Todos hablan de que llegaste con Ian. La estrella de la universidad.
—Ah… solo fue casualidad.
Con razón todos me miraban.
El tiempo pasó rápido. Cuando salí de clases, miré el reloj: 3:30 p. m.
Tenía una hora antes de entrar a trabajar, así que decidí ir a la biblioteca.
Allí me encontré con Mathew.
—Andru, esta noche iremos a cenar y a tomar unos tragos. ¿Te unes?
—E-este… tengo trabajo…
—No pasa nada. Iremos a un restaurante cerca de la cafetería. Te unes cuando salgas. Yo invito.
Mathew siempre había sido así conmigo: atento, solidario. Me había ayudado muchas veces desde que llegué a la universidad.
—Está bien… pero yo pago lo mío.
Sonreí. Mañana mis clases comenzaban al mediodía, podía permitírmelo.
Tiling, tiling.
La campana de la puerta sonó.
Era Ian.
Su presencia contrastaba con el ambiente colorido de la cafetería, llena de flores y tonos cálidos. Mi turno estaba por terminar y había poca gente.
—Buenas noches —dijo.
—Bienvenido. Buenas noches. ¿Lo de siempre? —respondí con profesionalismo.
—Sí, por favor.
Se apoyó en el mostrador, observándome fijamente mientras preparaba su café. Sentí un leve cosquilleo en la nuca.
—¿Qué harás al salir del trabajo? —preguntó, sonriendo.
—Saldré a cenar con unos amigos. Ya me están esperando.
En ese momento, mi jefe pasó detrás de mí.
—Oh, Andru, ¿por qué no me lo dijiste antes? Puedes irte ya. Yo me encargo del cierre.
—¿Eh? Gracias… solo entrego este pedido y me voy.
Mi jefe miró a Ian, sorprendido.
—Disculpe, me emocioné. Andru casi nunca sale, es muy trabajador.
—Ya veo… —dijo Ian, con esa sonrisa que no lograba descifrar—. Yo quería invitarte a cenar. Supongo que será en otra ocasión.
—Lo siento…
—Te perdono —dijo, acercándose un poco más—, pero con una condición.
Estaba demasiado cerca. Podía ver el tono miel de sus ojos, casi dorado.
—¿C-condición…?
—Déjame acompañarte hasta donde te reunirás con tus amigos. Después me voy.
—¿Por qué?
La pregunta salió sola.
—Es tarde. Ha habido muchos asaltos últimamente. Quiero que llegues a salvo.
Dudé, pero asentí.
—Está bien.
Cuando salí, Ian me esperaba en la puerta. Llevaba un traje gris y una corbata roja. Su camisa blanca marcaba sus brazos firmes. Al verlo apoyado contra la pared, con los ojos cerrados, recordé el sueño.
Era exactamente igual.
Me di unas palmaditas en las mejillas para espantar esos pensamientos.
—¿Nos vamos?
—Sí. Es en la calle X. Un restaurante bar llamado Cherry.
—Lo conozco. Voy seguido —respondió—. Sube, te llevo.
Al llegar, Mathew me esperaba en la entrada.
—¡Oh! Qué bueno que llegaste. ¿Quién te trajo?
—E… Ian. Me dio aventón.
Mathew se acercó al coche.
—Oye, ya que lo trajiste, ¿por qué no te nos unes? Entre más, mejor.
Me quedé helado.
—Claro —respondió Ian sin dudar—. Voy a estacionar el auto y vuelvo.
No recordaba que fuera tan sociable.
Tal vez mi imagen de él estaba equivocada.
Pero… comenzaba a ser demasiado común encontrarlo tan seguido.
¿Por qué será?

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