—¡Andru! —exclamó Ian, alarmado, al verme caer de la cama—. ¿Estás bien? ¿Te duele algo?
—E-eh… no —respondí aún aturdido—. Perdón, te hice pasar dificultades anoche…
—Descuida, no fue ningún problema —dijo con calma—. Te traje a mi casa porque no me diste tu dirección.
—Lo siento… tenía mucho que no bebía y el alcohol se me subió rápido.
—Ya te dije que no hay problema, hombre —respondió mientras se ponía de pie y se colocaba una playera blanca—. ¿Te apetece desayunar algo?
Llevaba puesto un pants gris y su cabello despeinado al amanecer contrastaba con la luz que entraba por la ventana. Parecía salido de una telenovela.
Es muy guapo, pensé.
¿Guapo? ¿Qué diablos estoy pensando…?
Miré mi ropa y noté que aún llevaba el mismo atuendo de la noche anterior. Ian pareció darse cuenta.
—Puedo prestarte algo de ropa para que estés más cómodo, aunque… —dudó— creo que te quedará enorme.
Tenía razón. Él medía por lo menos un metro noventa y ocho, y yo apenas alcanzaba el metro sesenta y cinco.
Me lavé el rostro y salimos de la habitación. Su casa era amplia, luminosa y sorprendentemente ordenada. Carecía de mucha decoración, pero reflejaba perfectamente su estilo: limpia, sobria, elegante. En el centro había una sala gris que claramente no había sido barata. A un costado, un ventanal enorme con cortinas blancas casi transparentes, acompañado de algunas plantas.
Detrás de la sala había un pequeño comedor con cuatro sillas, y a un lado, una cocina moderna en tonos grises y negros. Todo el lugar era, al menos, el doble de grande que mi departamento.
Ian abrió un refrigerador enorme de dos puertas, movió algunas cosas y comenzó a cocinar.
Yo me sentía un poco inútil, recargado en la barra, observándolo de espaldas. Aun así, no me sentía incómodo.
—¿No eres alérgico a nada? —preguntó sin dejar de cocinar.
—Mmm… no, no que yo sepa.
—Bien. Estoy preparando un omelette. ¿Podrías sacar unas latas de refresco del refrigerador y ponerlas en la mesa?
—Ah, claro, ya voy.
Al abrir el refrigerador noté que había pocas cosas: latas, jugos y comida instantánea.
¿Cómo puede sobrevivir alguien así…?
Sirvió dos platos con omelette y tostadas. Nos sentamos frente a frente.
—Buen provecho —dije mientras tomaba el primer bocado.
No sabía mal, aunque se había pasado un poco de sal.
—Espero que te guste —dijo, claramente nervioso—. Cocinar no es mi fuerte.
—Sabe bien —respondí—. La próxima vez permíteme cocinar a mí.
Lo dije sin pensarlo.
—La próxima vez… —murmuró.
Sus mejillas se sonrojaron un poco y esbozó una pequeña sonrisa.
—Entonces esperaré con ansias la próxima ocasión.
¿Por qué se puso tan feliz…?
Miré la hora.
—Tengo que irme o llegaré tarde a clases… otra vez.
Busqué mis zapatos, pero Ian ya los tenía en la mano.
—Aquí están. Déjame llevarte a tu departamento y de paso a la universidad.
—No quiero causarte más molestias…
—No es ninguna molestia. Vamos.
Tomó las llaves y salimos. La ropa casual le quedaba peligrosamente bien.
—¿Hoy no trabajas? —pregunté mientras entrábamos al ascensor. Recién entonces noté que vivía en el octavo piso de un edificio elegante.
—No. Me tomé el día libre —respondió—. Y qué bueno, así pude cuidarte.
Agaché la mirada. Sentí las orejas arder. No entendía qué me pasaba, ni por qué su forma de decir esas cosas me hacía sentir así.
El trayecto fue tranquilo. Para mi sorpresa, Ian vivía muy cerca de mi departamento. Subí rápido a ducharme y cambiarme. Justo cuando estaba por salir, Fugaris apareció frente a mí.
—¡Andru! ¿Quién es esa persona? ¿Pasaste la noche con él? —preguntó con preocupación.
—Oh… es un amigo. Bueno, sí pasé la noche con él. Me puse un poco ebrio y él me cuidó. No sabía dónde vivía, así que me llevó a su casa.
—Tan astuto como siempre… —susurró.
—¿Qué?
—Nada. Ve a tus clases. Esta noche comenzaremos con tus lecciones para viajar al mundo de Estela. No lo has olvidado, ¿cierto?
—Claro que no —respondí riendo mientras salía del departamento a toda prisa.
—Abróchate el cinturón —fue lo primero que dijo Ian cuando subí al auto.
Al llegar a la universidad, todas las miradas volvieron a posarse sobre mí. Al menos esta vez ya sabía por qué.
En la entrada del aula estaba Matthew.
—¿Llegaste bien a casa anoche?
—Sí, todo bien —respondí, dándole una palmada para que entráramos.
—Una chica me pidió tu número. ¿Te parece bien si se lo doy?
—No… ahora no tengo tiempo para pensar en cosas románticas.
—Deberías —dijo—. No dejes que tu juventud se vaya solo en estudiar y trabajar.
El profesor entró y la conversación terminó. Las clases pasaron rápido.
Eran las seis en punto cuando salí. Y al salir, ahí, justo frente a la puerta, vi un coche negro elegante y, recargado en él, una silueta que ya era muy familiar para mí.
Era Ian.
No llevaba traje de oficina. Vestía una sudadera negra, un saco gris largo, jeans y el cabello alborotado. El sol del atardecer detrás de él lo hacía parecer sacado de una película romántica.
No creo que me esté esperando a mí, pensé, mientras lo saludaba con la mano e intentaba pasar de largo.
—Andru, espera —dijo alcanzándome y tomando mi muñeca.
—¿A dónde vas? —preguntó.
—Voy a la biblioteca. Tengo que hacer tareas antes de ir a trabajar.
—¿Todos los días haces lo mismo?
—Sí. Es más práctico… además, cerca venden sándwiches.
—¿Todos los días comes sándwiches? —me miró con desaprobación.
Dijo el hombre con puro ramen en su refrigerador, pensé, sonriendo.
—Ven —dijo—. Te invito a comer. Puedes hacer tus tareas mientras comemos algo decente y luego te llevo a trabajar.
—¿Por qué…?
—Me agradas.
Nuevamente estaba atrapado con esta persona que estaba rompiendo toda mi rutina y, al parecer, todas mis barreras.

Comments (1)
See all