La cafetería a la que me llevó Ian era acogedora. Todo estaba decorado en tonos rosados, con plantas repartidas aquí y allá, y de fondo sonaba una melodía suave y romántica.
—¿Están listos para ordenar? —preguntó una mesera, observando a Ian con una mirada claramente seductora.
Él parecía no notarlo… o tal vez simplemente la estaba ignorando.
—Yo quiero un café americano sin leche, por favor —ordenó Ian mientras le devolvía el menú.
—Eh… yo, pues… —dudé. Por alguna razón me sentía nervioso; todo en el menú parecía estar fuera de mi alcance.
—Tal vez un café tambi—
—Por favor, para él traiga un baguette relleno de queso con jamón, una malteada y el postre del día —interrumpió Ian.
—Oye, es demasiado para mí…
—He notado que te gusta lo dulce —dijo con una risa ligera.
—Sí, pero…
—Pero nada. Tienes que alimentarte bien, todavía te espera una jornada de trabajo. Yo invito esta vez.
¿Que había en la mente de este sujeto? ¿Por qué era tan amable conmigo?
Mientras esperábamos el pedido, saqué mi libreta y comencé con mis tareas. Ian estaba concentrado en su teléfono. A pesar del silencio, no se sentía incómodo. Poco a poco, Ian se estaba convirtiendo en parte de mi vida diaria.
—Aquí está su orden… —dijo la mesera al regresar.
Primero le entregó el café a Ian, inclinándose de una forma que dejaba ver más de la cuenta. Sin embargo, él no apartó la mirada del celular ni un segundo. La expresión de la mesera se endureció.
Con una actitud más fría, me entregó mi pedido.
—Que lo disfruten —dijo con un tono más cortante que amable.
—¿Qué tal tus clases? —preguntó Ian mientras tomaba un sorbo de café.
—Mmm… bien. Nada fuera de lo común —respondí, dando una gran mordida al baguette—. Está delicioso…
—¿Por qué fuiste hoy a la uni? ¿Tenías algún pendiente por ahí?
—No. Solo se me ocurrió ir a buscarte.
¿Qué? ¿Pero por qué? Dame más detalles, pensé, aunque no me atreví a preguntarlo.
—Ya veo…
—¿De qué es tu tarea?
—De matemáticas financieras.
—¿Necesitas ayuda? Me fue bien en esa materia cuando estudiaba.
—N-no, gracias. Terminaré el resto en casa… ya casi es hora de irme a trabajar.
—Es cierto. ¿A qué hora entras?
—A las ocho.
—¿Todos los días?
—Sí. Solo los sábados trabajo el día entero.
—¿Y a qué hora sales?
—A las doce.
—¿Y qué haces los días que descansas?
Ian hacía todas esas preguntas con total naturalidad.
¿Qué es esto, un interrogatorio?
—Me quedo en casa… haciendo tareas o descansando.
—Mmm, ya veo.
¿Eso fue todo?
Ian levantó la muñeca para mirar su reloj, dio el último sorbo a su café y se puso de pie.
—Iré a pagar la cuenta. Espérame aquí.
—Sí.
Lo vi caminar hacia la caja. Definitivamente, su imagen no encajaba en aquel lugar lleno de flores y tonos rosados. Desde mi asiento, vi cómo la cajera le sonreía y le entregaba una tarjeta.
¿Será su número? Claro… él es muy popular.
Cuando regresó y nos disponíamos a salir, lo vi tirar la tarjeta en el cesto de basura.
Subimos al auto y emprendimos el camino hacia mi trabajo.
En la cafetería donde trabajaba, el tiempo transcurrió con normalidad. Hubo pocos clientes, a diferencia de otros días. Ian no vino por su café de siempre; tal vez porque ya había tomado uno antes de traerme.
Cuando llegó mi hora de salida, sentí una extraña nostalgia en el pecho. Quizá, después de haber pasado tanto tiempo con él, esperaba encontrarlo al salir… pero no estaba ahí.
Como de costumbre, mientras caminaba a casa, invoqué en mis pensamientos a mis hadas.
Tierra… Aire… Agua… Naturaleza… Fuego.
Entre destellos de colores, aparecieron revoloteando sin parar.
—¡Andruuuuuuuuu! —gritó Jayeon emocionada.
—¡Aish, cállate! —le reclamó Meima, empujándola ligeramente.
—Mi señor… —comenzó Fugaris—. ¿Se encuentra muy cansado hoy? Me gustaría que comenzáramos con la práctica para que viaje al mundo de Estela.
Tal vez podemos practicar un rato antes de ducharme y dormir.
—Por supuesto, mi señor. Confío en que lo dominará pronto.
—¡Andru, Andru! ¿Qué hacías con el León? —preguntó Jayeon exaltada.
Fugaris le lanzó una mirada asesina, mientras Aither le cubría la boca con ambas manos. El ambiente se volvió tenso y misterioso.
¿El León?
—A-ah… se confunde —intervino Tlalli—. Ya sabe cómo es Jayeon, mi señor. No le preste atención.
—No es nada —añadió Fugaris con un tono nervioso—. Jayeon confundió un sueño con la realidad.
Mmm… está bien.
Llegué a casa y dejé mi mochila en la pequeña sala de estar. Me senté a la orilla de la cama mientras las hadas me observaban atentamente.
—Bien, ¿por dónde empezamos? —pregunté dando una palmada.
El comentario de Jayeon seguía dando vueltas en mi cabeza, pero debía concentrarme.
—Mi señor, primero debe estar relajado —explicó Fugaris—. Cierre los ojos y busque un punto de energía en su pecho. Su núcleo mágico está ahí. Cuando lo encuentre, visualícelo en sus manos.
No entendía del todo lo que esperaba que hiciera, pero seguí sus instrucciones al pie de la letra. No sabía cómo encontrar esa energía, pero lo intenté con todas mis fuerzas.
Con los ojos cerrados, comencé a sentir una presión en el pecho. Era una emoción intensa, similar a la adrenalina. Un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo y escuché a las hadas decir al unísono:
—¡Eso! ¡Ya lo tienes! ¡Ahora llévalo a tus manos!
—¡Vamos, Andru! ¡Tú puedes! —animó Jayeon, feliz.
¿Tengo que guiar esa sensación hacia mis manos? Bien… lo intentaré.
No sé cómo lo hice, pero la sensación comenzó a fluir: pies, pecho, espalda, cabeza… hasta concentrarse en mis hombros, bajar por mis brazos y, de pronto, quedarse solo en las palmas de mis manos.
—¡Lo lograste, Andru! —exclamó Fugaris, casi gritando. Nunca la había escuchado así.
Abrí los ojos y vi una especie de energía fluyendo en mis manos. Era azul, con destellos amarillos, como si sostuviera una galaxia.
Glup.
Tragué saliva, completamente sorprendido… y entonces desapareció.
—¿Eh? ¿Qué pasó?
—Tranquilo, mi señor —dijo Fugaris con calma—. Es la primera vez que se concentra tanto. Esto puede llevarle días de práctica.
—¿Cómo te sentiste? —preguntó Meima.
—Bien… sentí cosquillas por todo el cuerpo. Fue extraño. Cuando tenía quince años, una vez me sentí así, pero fue un sueño… aunque la sensación continuó incluso al despertar.
—¿Qué tipo de sueño? —preguntó Tlalli intrigada.
—Soñé que volaba por los cielos… y luego atravesaba una capa transparente con destellos de arcoíris. Al cruzarla, llegaba a un lugar cubierto de nieve, pero en ruinas.
—¿Qué dijiste? —preguntó Fugaris sorprendida.
Jayeon, con una expresión imposible de descifrar —miedo, sorpresa… o terror—, murmuró:
—Andru… no puede ser…

Comments (1)
See all